Histórico
10 junio 2012Jose David López

Euro 2012: Los males de España ante Italia

La primera cita de una fase final, un paso determinante y hasta obsesivo para todas las selecciones, guarda una premisa absoluta en todas ellas, la que habla de minimizar riesgos, impedir deterioro moral y agigantar las sensaciones positivas. En esa línea, el empate entre España e Italia tendría lecturas positivas y también negativas, pero jamás una aureola de excesiva preocupación tras veinticuatro horas de reposo. Cierto es que se tuvo más la pelota como todo analista hubiera supuesto, que se dominó el tramo decisivo de partido y que hasta en el fondo físico (otro temor por la cantidad de partidos acumulados en un curso), la Roja sí fue más consistente y enérgica. Sin embargo, con la presión que se ejerce sobre el campeón de mundo y conscientes de lo que puede dar de sí, las causas del empate se explican en cinco pasos que van desde dudas concretas en defensa, hasta falta de dinamismo medular, pasando por una ausencia de contundencia rematadora en el tramo donde la superioridad fue tan manifiesta como para haber logrado la primera victoria. Se reabre aún más el debate de ‘nueve’ por ahora, con responsabilidades globales.

El ‘experimento del falso nueve’ no sorprendió en exceso: Sí a los medios. Sí a los análisis previos. Sí a los hermanados con el debate Torres-Negredo (incluso Fernando Llorente), pero no a Cesare Prandelli. Todo lo que se había convertido en una búsqueda de delantero centro, acabó quedando en la basura cuando Vicente del Bosque decidió que Cesc Fábregas ocuparía la posición más adelantada. Con ello, intentaba que su capacidad asociativa y que sus filtraciones, abrieran y desestabilizaran más a la selección italiana pero no solo no fue así, sino que sus aportes se limitaban a hablar y responden en el mismo idioma automatizado que Iniesta-Xabi-Xavi-Silva, algo que no profundizaba ni alteraba el ritmo del partido. El gol sí le da validez al experimento y probablemente se gane más oportunidades pero también llegó producto de la necesidad española de reaccionar tras el gol de Di Natale. Por cierto, una de las grandes noticias el haber sabido esquematizar y encontrar soluciones de manera tan inmediata, pues a pesar de esa falta de contundencia definitiva en el gol, sí se ampliaron alternativas ofensivas en el tramo final.

Falta de pegada en el tramo de mayor fluidez y dominio español: La última media hora de partido (con momentos ocasionales de la primera mitad), no sólo fue el tramo decisivo, sino el que congregó todas las cualidades de España sobre la mesa. Superaba a su rival, había reaccionado, venía con la moral más poderosa y hasta generaba fluidez por su mejor final físico, pero la apuesta por Fernando Torres no acabó de ser productiva. Sí en presencia por alto, en lucha sobre los centrales italianos y en creación de espacios a espaldas de estos, pero no por decisión y definición. Y es que el delantero del Chelsea tuvo tres clarísimas ocasiones de gol que pasaron de alto cumpliendo una línea argumental similar en todos ellos, la de la falta de convencimiento en su verdadero potencial. Un mano a mano sin definición alguna pese a tener todo de cara ante Buffon, un balón perdido cuando el remate era accesible y una vaselina no tan complicada sin portero bajo palos (y con Navas a su lado). Sí fue factible en lo que supuso romper el esquema y las alternativas antes resumidas, pero no lo fue en la productividad que debió haber generado en esos minutos de máximo apogeo español.

Riesgos y dudas defensivas: En ningún momento fueron la tónica habitual en la zaga de la selección española, donde las debatidas sensaciones previas entre Piqué-Ramos iban a estar sobre el foco, pero sí faltó claridad en la toma de decisiones. Casillas arriesgó en exceso en balones iniciadores de posesión, intentando avanzar rápidamente unos metros que, fríamente, suponían un riesgo demasiado alto para una ganancia pobre. Tres pérdidas en el primer pase, todas por precipitación, que ofrecían cierta seguridad y confianza a los delanteros italianos, conscientes de que su presión podría generar incluso mayores réditos de los esperados. El sevillano también fue dubitativo en un par de balones corriendo hacia atrás, siempre territorio molesto para los zagueros pero especialmente cuando ante la facilidad de un despeje o ruptura de posesión, la opción es intentar forzar un riesgo inútil. Suficientes sensaciones tibias como para mantener en alerta al rival incluso cuando ya no era necesario.

Falta de fluidez medular: Xabi Alonso y Xavi Hernández dominaron la posesión de la pelota para España y eso, como ya estaba más que previsto, siempre otorga la iniciativa y el poder de gestión, aunque es necesaria una enorme fluidez y dinamismo para que la receta conserve su potencial favorable. Lo hubo por momentos, incluso se rozó un altísimo nivel de producción cuando las asociaciones cercanas encontraron fisuras italianas pero no fue la dinámica general de un partido donde Busquets, más irregular y frío de lo habitual, erró en demasiadas acciones aparentemente accesibles. Eso obligó a retroceder demasiado su posición a otros como Silva y hasta Cesc (que era falso nueve), y lo que es peor, a hacer que en ese cambio de rotaciones en torno a la pelota, Xavi apareciera en más de una ocasión aislado y excesivamente adelantado.

Sólo un ‘iluminado’ con electricidad, Iniesta: No sólo fue el MVP, sino que reunió por momentos todo aquello bueno que estaba generando la selección española para darle forma, para colocarle el toque definitivo que aportara el ‘perejil’ del plato ideal. Con muchísima movilidad, siempre ofreciéndose y sobre todo, el más atrevido y confiado en sus cualidades para desmoronar el sólido organigrama defensivo de Italia. Arrancadas, pases en corto, avances tras desmarque y buenas diagonales que pudieron acabar en gol si Buffon, tras una gran mano donde rozó la pelota, no hubiera aparecido. Pero de nuevo, Andrés fue el más convencido de que el guion era el adecuado y él, el protagonista para ejecutarlo.

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