Histórico
10 junio 2012Jesús Camacho

España: El Déjà vu de Fernando Torres

Aunque se enfundaba el disfraz de la travesura para lanzar juguetes por la ventana, desde niño siempre fue un tipo muy tranquilo. Todo era susceptible de vuelo en aquel entonces para el joven Fernando Torres, que en el mágico instante en el que tomó contacto con aquel objeto esférico que rodaba por la casa y pertenecía a su hermano Israel, descubrió su mayor vocación. Tenía tan solo dos años y el niño que fue y en cierta medida sigue siendo, experimentó un Déjà vu, una desambiguación, una paramnesia.

La extraña sensación de experimentación de algo nuevo como ya vivido se apoderó del pequeño Fernando, que nada más patear la pelota se vio a sí mismo anotando el gol decisivo en una final de un gran campeonato. Aquella imagen atrapó a Fernando, hizo trastabillar sus sentimientos y destellar sus emociones. El Niño siempre intuyó su destino mientras creció al cobijo de su hermana Mari Paz, el espejo de su hermano y la educación de sus padres. Y aunque quiso experimentar la soledad y el dolor del portero, el alma del delantero acabó floreciendo para apoderarse de sus sábados y domingos en su natal Fuenlabrada. También de sus vacaciones en Gastrar, una pequeña aldea del Concello de Boqueixón (A Coruña) en la que las ansias de un niño que era inmensamente feliz con una pelota se vieron sumamente colmadas.

Luego llegó lo de Parque 84, su primer equipo, la influencia de su abuelo, seguidor del Atlético de Madrid, su primera visita a la sala de trofeos rojiblanca, que le dejó impactado y seguro de sentirse parte de ella. Su crecimiento y evolución en las inferiores del Atleti, su consolidación como gran estrella del primer equipo. En todo momento buscando el espacio, la carrera y el radio de acción fatídico para el rival, en el que Fernando regresaba mentalmente a aquella paramnesia en la que se había visto enviando el balón decisivo al fondo de la calle Alemania…

Nacido para golear, para crear espacios y vivir de ellos, la famosa grada ‘The kop’ le adoptó como su Niño y puso letra a sus goles rojos. Aquellos que precedieron al instante mágico en el que Fernando supo que había llegado su hora, la hora del Déjà vu: Domingo 29 de junio de 2008, en el precipicio de la memoria el Prater vienés y un gran pase en profundidad de Xavi al espacio, que le sitúa en poderosa carrera junto a Lahm y frente a Lehmann, que le aguarda al fondo de la calle Alemania, en la que reside su incesante paramnesia.  Fernando ha nacido para protagonizar ese momento, para hacer aquel gol, para hacernos saltar de nuestros asientos, entrar en la leyenda y revivirlo cada vez que golpea una pelota.

Y subido en el carro de la fortuna, Anfield le dejó patente que nunca caminaría solo, le honró con la hoy desterrada “Torres Song”, pero como todo tiene un comienzo y un final, llegó el día en el que la canción de Fernando dejó de sonar. En aquel momento la afinación del delantero de Fuenlabrada desapareció de la faz verde de la leyenda, tan solo quedaron débiles retales y destellos de aquel Niño que desapareció junto a sus sueños rojos. El desierto azul se abrió inmenso bajo sus pies y devoró al héroe, que abrumado por el peso de su traspaso, por la nula creatividad ofensiva de un equipo en el que acusó en exceso la falta de oxígeno y espacio, dejó por un momento de experimentar el Déjà vu del gol, el Déjà vu de Fernando Torres.

Un futbolista del que todos hemos dudado en algún momento pero en el que también todos hemos confiado. Aquel que con sus movimientos genera espacios vitales para sus compañeros, un futbolista que en la inolvidable Eurocopa de Luis no solo firmó el gol decisivo, sino que trabajó a destajo para que Villa iluminara nuestro camino hacia la final. Ese es Fernando, un delantero al que la fala de continuidad le pasa factura, al que se le nota demasiado cuando no está  bien. Un tipo de jugador que como dice Luis necesita del refuerzo y apoyo en la autoestima goleadora, la confianza. Un número nueve de grandes contrastes, al que hemos visto errar ocasiones clamorosas, pero al que de la misma forma le hemos visto firmar goles de superclase.

Pues Fernando como buen glorioso ha nacido para ella, para vivir una y otra vez su Déjà vu goleador. Para experimentar una paramnesia que es la nuestra, y que hoy al verle ilusionado con una sonrisa dibujada en su rostro, representa para nosotros el hecho inevitable de revivir aquella tarde de junio de 2008. Una tarde en la que el destino se citó con el Niño de Fuenlabrada, al fondo la calle Alemania… Y aquel Fernando ha regresado, en su mirada se intuye nuevamente el brillo perdido en los momentos más complicados de su carrera. Torres se siente otra vez ‘Niño’ y comienza a recuperar ese instinto, ese Déjà vu que le transporta al instante en el que el golpeo a la pelota revela su verdadera razón de ser como futbolista. Por ello ahora que todos nosotros experimentamos el Déjà vu de “Podemos”, cobra si cabe mayor importancia el concurso de un punta que lleva reviviendo su cita con el gol desde que tenía dos años. Aquel “Niño” del que como ya dije todos hemos dudado en algún momento, pero sobre el que depositamos la certeza de que ha nacido para protagonizar y vivir grandes momentos como los venideros.

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