Histórico
16 mayo 2012Jose David López

Bayern: Robben-Ribery, explosividad irritante

Con este post iniciamos nuestra cobertura para la Final de la Champions 2012 del sábado. Esperamos que os gusten las historias que estamos elaborando.

La potencialidad de los extremos en el fútbol actual ha quedado en desuso. Solo unos cuantos románticos alargan las doctrinas de la línea de cal, el desborde, la profundidad y la velocidad de crucero para romper las estructuras defensivas rivales. Pasajes de un futbol arcaico, otrora vertical y dinámico, veloz e imprevisible, directo y físico. Otrora, espectáculo. La versión resultadista que la mayoría de clubes han instaurado en su memoria, ocupa la totalidad de su disco duro, anulando alternativas y mostrando déficit enorme de alternativas. Necesitan un ‘extra’ de memoria virtual que readapte a su sistema estas premisas que unos cuantos quisieron desterrar pero que sólo unos privilegiados mantienen como estandarte de su propuesta deportiva. El Bayern de Múnich sigue estando a la vanguardia a base de explosividad en sus extremos.

Porque más allá de la extraordinaria pegada de un poderoso killer como Mario Gómez en estado de gracia, de un portero creciente e instalado en la portería alemana como Manuel Neuer y hasta de dos líderes canteranos con la misma experiencia que carácter ante las masas (Lahm-Schweinsteiger, lo que realmente diferencia al Bayern de un grupo competitivo, son las individualidades desequilibrantes de sus bandas. Velocidad, imprevisibilidad, técnica individual y, casi por inercia, polémicas constantes. Dos turbulencias. Personalidades fuertes e identificadas con el éxito subjetivo, irremediablemente enfrentadas en un sistema que ofrece a ambos libertad y privilegios, pero que les condena a entenderse mutuamente. Una relación tan rentable en épocas de sol, como anárquica entre nubarrones. Una irritante relación que ha vuelto a explotar.

Arjen Robben, ese hombre de cristal eterno que puede ser comparado con los mejores de la historia una semana y la siguiente unirse a la agenda de sobrevalorados, es y será víctima de sus lesiones. Un físico potente, de velocista y de fuerza extensora en sus piernas, que llevó al Bayern hace dos años y casi en solitario (marcó 23 goles en un registro impropio y excelso para sus cualidades), a la finalísima de la Champions League con una exhibición tras otra en partidos donde el entonces grupo de Van Gaal había quedado a merced de su rival (recordemos los duelos en Turín, Florencia y sobre todo Manchester). Clave en aquél ‘doblete’, parecía haber encontrado su mejor hábitat en el Allianz Arena y, probablemente, sí responda Múnich a su nivel de exigencia y esperanzas de éxito. Sin embargo, su alter ego ocasional, lo ha llevado a polemizar con los directivos que controlan al gigante bávaro (Rumennige-Hoennes) y hasta a cabrear al mismísimo Beckenbauer, que lo tachó de “egoista” cuando se demostró que no pasaba la pelota a sus compañeros a conciencia en algunos partidos y celebraba en solitario sus goles.

Hace un mes, en el partido clave del curso en Bundesliga ante el Borussia Dortmund, nos retrotrajo a la finalísima del Mundial 2010. Allí, pudo coronarse como uno de los elegidos por la historia si en las dos acciones que desperdició ante Casillas, hubiera sabido elegir la mejor opción. En el Westfalen, la pesadilla se repitió. El holandés, fue tan frío al no salir en una clara jugada de fuera de juego defensivo que significó el gol local (clara culpa suya por falta de concentración) como inestable al errar el penalti que giraba el campeonato y hasta una ocasión a puerta vacía sobre la hora. Un par de escenas nada agradables para los muniqueses que impulsaron las dudas de su entorno para seguir en Munich, donde acababa contrato en un año, se dejaba querer por Premier o Juventus. Hoy ya ha ampliado su vínculo y todo se ha solventado pero, para ello, tuvieron que mejorar las cosas glpbalmente con el acceso a la final.

Franck Ribery, un rostro tan pálido como agresivo pero al mismo tiempo intimidatorio, vive en la irregularidad. Su ‘modus operandi’ sigue transitando entre lo soberbio y lo categórico. Un estilo incuestionable, una velocidad desequilibrante y unas cualidades técnicas que desarmarían cualquier engranaje defensivo mundial. Ha sido más puntual y reluciente esta campaña, pero no lo suficiente como para romper con una línea aciaga que empezó hace ya casi tres años. Aquél polémico amante de la prensa, de los rumores y de las declaraciones infravalorando al equipo que le estaba dando de comer (pasó más de un año dejando caer que tenía ofertas de medio planeta y que en Baviera no estaba su tope), desestabilizaron la verdadera progresión del francés.

Un crack en potencia con exceso de narcisismo, al que había que rebajar su carácter de celebridad. Perdido en batallas contra la justicia de su país por casos de prostitución posteriormente desenmascarados, metido de lleno entre los causantes de la revuelta mundialista que hizo fracasar a Francia en Sudáfrica 2010 y hasta demandado por su antiguo agente (al que ha tenido que pagar más de 2.6 millones de euros), el galo no sorprendió a nadie cuando hace unos meses aseguraba que “el curso 2010-2011 fue el peor de mi vida profesional y personal”.

Hace unas semanas, en el descanso del Bayern-Real Madrid, la tensión por un lanzamiento de falta en el que ambos no lograron ponerse de acuerdo, volvió a provocar un cisma en el vestuario. En el descanso, Robben y Ribery llegaron a agredirse, algo desvelado por los medios germanos a raíz de indagar en una herida en la cara del oranje, alcanzado por un puñetazo del bleu. Un episodio más, una multa ‘extra’, una línea añadida a ese libro peligrosamente esquemático que Heynckes saca a escena cada semana en busca de explosividad ofensiva, por más que esta, irritante, le siga estallando en las manos incluso en ‘su’ finalísima.

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