Histórico
15 marzo 2012Jose David López

PSV Eindhoven: Balbino, Mr. Frits y la butaca 43 del Phillips Stadium

Una enorme deficiencia de mano de obra respecto al crecimiento exponencial de su nación, supuso que Holanda abriera sus puertas a emigrantes españoles en la década de los 70. Las malas condiciones de trabajo que por entonces se establecían en España, facilitaron la ‘marcha oranje’. La esperanza surgía muy lejos de casa pero suponía un estímulo optimista en la búsqueda de empleo, mejoras financieras y estabilidad laboral. La empresas holandesas no lograban auto-abastecerse con sus obreros y el acento castellano se extendió de norte a sur, aunque Eindhoven, pronto se convirtió en el núcleo principal. El culpable no era otro que el gigante internacional de la electrónica: Phillips.

La multinacional holandesa tiene en Eindhoven uno de los laboratorios de investigación más importantes del mundo, el afamado Strijp-S, orgullo industrial de la ciudad. Allí fue donde la Reina Juliana pronunció en 1927 su primer discurso emitido por radio o donde se crearon tendencias mundiales como el Cassette, el CD, el vídeo y el DVD. Pese a que la producción se ha ido trasladando a otros lugares, la empresa ha habilitado la zona a pequeños empresarios para mantener con vida el sentimiento creativo del entorno que durante los años 70 dio cobijo a tantos españoles (La Administración, española ,designó primero a Extremadura para ,conseguir, la mano de obra que ésta requería). Flanqueado por la vía de ferrocarril, la antigua y colosal escuela profesional de Philips y los barrios residenciales circundantes, aparece sobre el fondo el Philips Stadion, ‘casa’ del PSV. Remodelado y restructurado por muchos españoles, entre ellos se encontraba Balbino, mi abuelo, aún hoy, orgulloso ex trabajador de “la Filis”.

A mediados de los 60 y hasta bien entrados los 70, como tantos compañeros y conocidos, mi abuelo decidió lanzarse a la odisea de lo desconocido en busca de un trabajo. No era un cambio de aires temporal, sino una huida esperanzadora que suponía, pese a todo, poner en peligro la relación con su esposa, mi ya fallecida abuela Josefa. La idea era aprovechar el momento de explotación y crecimiento de Phillips, para regresar años más tarde con un buen dinero en el bolsillo. “No sabía realmente cuál iba a ser mi labor, sólo que necesitaban trabajadores, que yo estaba dispuesto a que me dieran tareas y que íbamos a ir muchos españoles buscando la misma oportunidad”. Casi todos encontraron empleo y aunque en muchos casos eran situaciones temporales, Balbino aguantó casi diez años en suelo holandés.  Días suficientes como para conocer al detalle algunas anécdotas e historias que el fútbol (instalado ya en el ADN familiar) generaba en su propia empresa, donde no faltaba la ‘pachanga’ de cada semana y donde el sentimiento futbolístico por el PSV Eindhoven era mayúsculo entre toda la ‘colonia’ de emigrantes españoles.

“En los 70 tuvimos que renovar y ampliar el estadio por mandato de a directiva del club, que como no quería ser menos que Feyenoord y Ajax, se había encaprichado en tener al menos un mejor estadio que ellos para amenazar su dominio nacional”, me explicó Balbino durante tantas comidas de domingo sentados en la mesa con el fútbol en la televisión. “Era un equipo más pequeño pero querían ganar, querían crecer y tenían dinero para ello porque la Phillips pagaba a todos bastante bien. A nosotros nos tuvieron trabajando casi dos años y el campo quedó perfecto, precioso y muy llamativo. ¡Hasta yo me hice del PSV¡”.

Y en una de esas apetitosas charlas con mi abuelo preferido, de aquellas que cada vez cuesta más recordar cuando los años amenazan la claridad de pensamiento, fue capaz de detallarme la singularidad de una de las butacas del estadio. La historia del asiento número 43, fila 22, sección D. Era la que cada semana ocupaba el ex presidente de la empresa Frits Philips, un hombre queridísimo en Eindhoven, donde era conocido como “Frits Meneer” (Mr. Frits). Un millonario nada usual que prefería vivir el ambiente cerca del césped, junto a los hinchas. Sin corbata al cuello pero con bufanda en la mano. Natural de la ciudad, vio como su padre huyó a Estados Unidos tras ser perseguido por los nazis y él, con la ayuda de unos amigos, consiguió mantener a flote la empresa. Eran tan abierto y amable, que casi todos los días se le veía hablando con los propios trabajadores de su empresa, intentando no distinguir clases sociales dentro de su autonomía, lo que siempre despertó grandes elogios a su persona. Gestionó comodidades para todos sus empleados, levantó edificios para generar empleo a las nuevas generaciones y siempre primaba a aquellos que presagiaban una ciudad referente de las tecnologías.

Tan querido era en Eindhoven, que cuando cumplió 100 años, se acuñó una moneda en su honor (Fritske) y hasta se cambió el nombre del estadio al de Frits Philips Stad durante 24 horas. Además, la famosa fiesta de Lichtjesroute, lo honró ese año, con una foto enorme que se mantiene intocable desde aquella mañana. Meses después, con su muerte, el PSV perdía a su seguidor más pasional y al amigo más respetado por el Phillips Stadium. Se guardó un minuto de silencio, se venció al Fenerbahce (2-0 el 12-06-2005) para rendirle honor y la entidad optó por mantener vacía para la posteridad aquella butaca 43. La que aún es capaz de recordarme mi abuelo. La de Mr. Frits.

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