Histórico
8 marzo 2012Jose David López

Manchester United-Athletic Bilbao: Un ‘match wagneriano’

“Si me dicen que en lugar de jugarse a orillas del Nervión, se disputa en Nóvgorod, me lo creo. No he visto nunca un partido con luz más fosca y con más cantidad de copos que caían para reforzar el blanco sudario de San Mamés. Nunca podría decirse con más razón que nevaba sobre mojado. Así, cualquier asomo de fútbol debía proclamarse como obra del azar y la coincidencia. Pero en aquél clima eslavo, sobre un mar de chocolate con nata helada y con luz moribunda para poner en alerta la suspensión, se ha visto un match estupendo, un match wagneriano”.

Míticas frases de Antonio Valencia en la portada deportiva de ‘El Correo Español’ un añejo jueves 17 de febrero 1957 (un día después del choque). “A los más ancianos de la localidad de Manchester les será difícil de entender que un equipo de sus entretelas haya encajado en San Mamés cinco tantos que, desde luego, no ha probado aún en la Copa de Europa y casi me atrevería a decir que ni en la Liga inglesa. Pues sí, señores, el Manchester United ha recibido toda la abundante cosecha de cuero que denotan cinco goles”. Aquél Athletic Bilbao de Uribe (autor de dos goles), Artetxe, Garai, Merodio o Markaida, endosó una goleada valerosa, producto de su alegría ofensiva e insensatez táctica ante el, por entonces, ya campeón inglés y gigante europeo. El de los Colman, Whelan, Pegg, Taylor o el mito Duncan Edwards. Los ‘Busby Babes’. Todos ellos, en un vestuario que, justo un año más tarde, pasaría a la historia tras el trágico desastre de Múnich en su camino hacia la gloria continental.

Un clima típicamente inglés, de nevada mañanera y horario adelantado para evitar problemas con la despedida del sol, que ni estuvo ni se le esperaba. La nieve se convirtió en barro, la pelota pesaba y el terreno agarraba. El hotel Carlton se había convertido muchas horas antes en el entorno pasajero de cientos de aficionados locales y algunos ya habían recibido reprimendas por intentos de asalto a la recepción. Los más jóvenes no dudaron en acompañar al equipo mancuniano en su paseo matinal, tampoco lo habían echo el día antes cuando entrenaron en la Universidad de Deusto. Aquél jovencísimo equipo había nacido de la nada tras el crecimiento de su histórico entrenador, un Matt Busby que desde su silla escocesa, siempre apostó por las nuevas generaciones hasta que encontró una plantilla capacitada para conquistar Europa. Una medida de sólo 22 años para un equipo que liderada la First Division (ahora Premier) y que, quizás en su último vaivén de aprendizaje, tenía que superar el test de San Mamés.

Aquél Athletic no estaba en su mejor momento pero era un equipo campeón pues había logrado cierta reputación internacional tras ganar el ‘doblete’ meses atrás. Además, acababan de eliminar al poderoso Honved húngaro gracias a la solidez y el carácter implantado por su técnico (también húngaro), Ferdinand Daucik, que de cara al partido ante los ingleses tenía dos dudas en la cabeza. Una era la lesión que había frenado meses atrás a Uribe (arriesgó regresando al césped y siendo protagonista) y la otra, la ausencia segura de Maguregui. Para suplirlo, retocó su esquema y acabó facilitando las transiciones ofensivas y el despliegue atacante para ser letal a la contra. “El Athletic se encontrará, acaso, en el trance más difícil de su larga vida y frente al adversario más completo y poderoso que jamás tuvo”, temían los diarios vascos esa mañana.

“Un día perfecto. Un día maravilloso”, aseguraban los medios ingleses instalados desde primera hora en los alrededores del estadio, que parecía enfurecido con su Athletic hasta que decidió revertir las sensaciones de aquél ‘brittish day’. Imposible rodar la pelota, impensable mantener la estabilidad y una heroicidad intentar individualizar jugadas. Hoy, año 2012, sería inimaginable permitir la disputa de un partido europeo en aquél contexto pero donde reina la locura y la falta de rigor, brilla lo imprevisible, generando el partido europeo más espectacular que hayan disfrutado los bilbaínos. Cierto que aquella situación ya había valido resultados favorables al Athletic en partidos de Liga ante clubes incapaces de responder en aquél ‘terreno de juego’, pero no menos lo era que para su enemigo, el barro, la sensación gélida y el contacto físico, eran habituales cada domingo.

La crónicas hablan de graderíos abarrotados de paraguas, sombreros, bufandas y prendas de abrigo, aunque igualmente elogiaban la respuesta de aquellas gargantas bilbaínas incombustible a su Athletic. Piru Gainza y Roger Byrne, los dos capitanes, acompañaban a los colegiados para decidir qué ocurría con la cita pero, de repente, y como un revés del destino, la nevada cedió y frenó cualquier idea de suspensión pese a la enorme capa que cubría las hierbas difícilmente detectables. Sorprendidos o no, la primera parte fue un auténtico espectáculo local. Posesión inglesa y pegada a la contra de los ‘leones’, mucho más enérgicos y robustos en aquella estepa siberiana. Tres goles y ventaja poderosa al descanso, que vaticinaba una clara clasificación bilbaína. Pero el convencimiento y la electricidad cambió de rumbo, con dos goles mancunianos nada más reiniciarse el espectáculo. Una visceral reacción volvió a dar aire a San Mamés, que sólo aplaudió perplejo ante lo que acababa de disfrutar cuando aquella tarde de nieve interminable cerró un eterno 5-3.

El último gol del joven extremo irlandés Whelan, fruto de la valentía y animosidad local, fue el detalle que marcaría la eliminatoria. “No sabíamos jugar atrás. Ni con 3-0 se nos ocurrió encerrarnos”, apuntó Uribe años después. Para entonces, aún recordando los aplausos de la tarde europea más gloriosa del fútbol bilbaíno, el Manchester United había remontado el cruce en Old Trafford y hasta había sucumbido en el avión más ‘macabro’ de la historia del fútbol. Pero por un día, entre la nieve y el barro, La Catedral encontró su sentido más íntegro y cabal. El día del ‘match wagneriano’.

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