Histórico
4 marzo 2012Jesús Camacho

Brasil: Sócrates, las ideas nunca mueren

Sócrates - Brasil 2013La Biblioteca de Alejandría fue denominada por Tito Livio como “El más bello de los monumentos”. Aquel templo del conocimiento fue lo más parecido a la Universidad de nuestro tiempo y en sus legendarias estancias, las corrientes del pensamiento humano depositaron sus secretos. Cuando las legiones romanas de Julio César tomaron Alejandría, unos 400.000 libros fueron quemados y con ellos buena parte de la historia y ciencia del mundo antiguo.  Comienzo este texto con la historia de aquella legendaria biblioteca porque cuentan, que en una de aquellas estanterías perdidas, situada junto a la de los libros de los grandes pensadores de la filosofía griega, existió un pequeño anexo dedicado al fútbol.

Un anexo esférico que se salvó del incendio y dio origen a las corrientes de ideas y pensamiento que los grandes genios del fútbol desplegaron sobre un terreno de juego. Y como en aquel entonces cuando con motivo de aquel saqueo el mundo sintió la sensación de pérdida del conocimiento, la luctuosa noticia del fallecimiento de uno de los grandes pensadores del fútbol antiguo y moderno me ha hecho sentir la desesperanza de que con su marcha ardió otro de aquellos libros alejandrinos del pensamiento. Pero como afortunadamente los hombres mueren y las ideas no, su fútbol permanecerá vivo por y para siempre en nuestro recuerdo y a través de la historia que os voy a contar, la de Sócrates.

Erase una vez un sabio tan cabal y tan virtuoso que hasta los dioses del Olimpo del fútbol pronunciaban con respeto y admiración las sílabas de su nombre. Nació en el invierno del año 1954 en Belem, un lugar donde la Amazonia encuentra sus puertas, florecen las orquídeas y habitan los duendes. Le llamaron en el momento de nacer Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliviera, pero para los hombres fue solo Sócrates, el Doctor del fútbol. Un médico y jugador brasileño que cultivó la medicina, las ideas y el fútbol desde que la razón le situó en el camino de la desigualdad y pudo comprobar que su acomodada infancia no era norma habitual en la vida de un país que se desangraba y agarraba al fútbol para gritar al mundo su verdad. Por ello con su fútbol, su medicina y sus ideas, atendió por igual a príncipes y plebeyos, que sanaron fascinados por su talento, por aquellos 191 centímetros de grandeza y la pequeñez de sus pies (calzaba un 37). Tan extensa fue su fama que a decir de los poetas, si la pelota se hubiera dirigido a él, también la habría curado de sus heridas y golpes del juego.

Y es que Sócrates no hizo otra cosa, que sanar las heridas de la torcida brasileña desde que Botafogo de Ribeirao Preto le otorgó la posibilidad de comenzar a expresar sus ideas a través de sus pies de cirujano sobre un campo de juego. Con aquella evidente y engañosa lentitud de movimientos pero con la cabeza más rápida de su generación. La espigada y kilométrica figura de la elegancia y el prodigioso fútbol de la naturalidad del pueblo brasileño, la prestidigitación con un balón y la interpretación de una idea, un estilo que elevó a la inmortalidad con la camiseta de Corinthians, club al que llegó en 1978 y en el que se convirtió en uno de los mayores ídolos de la historia de ‘O Timao’.

En Corinthians todos se maravillaron de su ciencia e imaginaron que le asistía un poder celestial. Sócrates utilizó su talento futbolístico y su alto grado de educación para erigirse en líder carismático del pueblo. Definido a sí mismo como “artista del fútbol”, siempre tuvo conciencia que el deporte rey movilizaba corazones e ideas, por lo que  lideró un movimiento ideológico bautizado como  “Democracia Corinthiana”, a través del cual expresó su mensaje de cambio social, su denuncia contra la desigualdad y la realidad de su pueblo, oprimido por los excesos de un rígido y estricto régimen militar. Gracias a la inmunidad que poseen los magos del balón en un país con tanta tradición futbolística como Brasil, pudo retar al régimen y a las altas esferas sociales, entre ellas la dirigencia de su propio club. Sócrates consiguió entre otras cosas que los jugadores pasaran con sus votaciones a participar de las decisiones importantes que tomara el club en calidad de “cogestores” del equipo. Además participó activamente del movimiento “Directas Ya”, que reivindicó entre 1984 y 1985, en el final de la dictadura brasileña, la celebración de elecciones directas para presidente de la República.

Jugó en Corinthians entre 1978 y 1982 dejando para el recuerdo 297 partidos y 172 goles con la camiseta de ‘O Timao’. Nunca fue un deportista modelo, fumaba, bebía y era enemigo de los test físicos, pero salía a un campo de juego y era el socio idóneo para la magia, el gol y la genialidad. En los saberes del fútbol y los proverbios del balón Parque Sao Jorge no encuentra mayor frialdad, mayor talento que el de Sócrates, que les llevó a ser campeones paulistas en 1978, 1982 y 1983. Pero si los que le vimos jugar abrazamos por y para siempre la fe de su fútbol fue por su magistral interpretación de una idea en el Mundial de España de 1982. Un campeonato en el que un armador con la camisa nº8 a su espalda, junto a Zico, Junior, Falcao, Eder y Cerezo, musicalizó las teorías de buen fútbol y pensamiento de un profesor e ideólogo como Telé Santana. Jamás olvidaremos aquella selección, lo más estético y vistoso que muchos de nosotros habíamos contemplado hasta entonces, un fútbol majestuoso que no encontró continuidad en la efectividad, debido en gran medida a la escasa producción de su delantero centro y en otra gran parte debido a la selección más demoledora de todos los tiempos: la Italia de Bearzot y Paolo Rossi.

En cualquier modo aquel fútbol permaneció indeleble en nuestros recuerdos, nuestros corazones, así como la figura de aquel espigado barbudo como director de la orquesta del pan de azúcar. Como dijo el Doctor, la mala suerte se confabuló con aquella selección y el fútbol perdió con ellos. Un fútbol que siguió exhibiendo con toda su majestuosidad en otro mundial más y con las camisetas de Fiorentina, Flamengo, Santos y de nuevo Botafogo. Campeón de Río de Janeiro en 1986 con Flamengo, le cedió el legado de su apellido y leyenda a su hermano Raí, cuando puso a fin a su carrera en 1989 con la camiseta del Santos.

Solamente a un genio como él se le habría ocurrido lanzar una pena máxima de tacón dándole la espalda al gol, quizás por ello cuando dejó de ver la pelota cerca de sus diminutos pies y pese a que siguió ejerciendo su poder curativo a través de la medicina y la palabra, la nostalgia anidó en su alma como le sucedió a Garrincha y a otros tantos dioses rotos del balón que bajaron a los infiernos para ahogar su leyenda en los efluvios alcohólicos del olvido. Aquellos con los que nos llegó la triste noticia de su partida, como no podía ser de otra manera en el hospital Albert Einstein de Sao Paulo, recinto hospitalario con nombre de gran pensador que despidió a un filósofo y un doctor del balón que demostró que los hombres mueren pero las ideas permanecen vivas para siempre.

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