Histórico
8 febrero 2012Francisco Ortí

Valencia: Unai Emery y el enemigo imaginario

La necesidad de un enemigo es inalienable al ser humano. O, para ser más concretos, la obligación de encontrar un némesis que trace la línea entre el éxito y el fracaso. Un rival que asuma el papel de vara de medir. Si se le vence se habrá triunfado. De lo contrario, se sufre una decepción. A lo largo de la historia los grandes imperios se han desarrollado construyendo un enemigo cuya imagen fortalece la unión y refuerza la identidad. La Alemania nazi demonizó a los judíos, mientras que cuando Estados Unidos quedó huérfana de enemigo tras la desmembración de la URSS inventó el odio hacia Bin Laden, reavivando el sentimiento patriótico de un país que amenazaba con agrietarse bajo el difuso gobierno de George Bush.

El problema aparece cuando ese enemigo no es concreto. Cuando no tiene rostro ni identidad. Como le sucedió a Don Quijote de la Mancha en su batalla contra unos molinos de viento que en su mente disfrazó de gigantes, Unai Emery mantiene una belicosa guerra contra un enemigo imaginario. Desde que desembarcó en el banquillo del Valencia, ha tenido que pelear frente a gigantes inexistentes con traje de exigencia. Esa mítica y mística exigencia de Mestalla es el insaciable enemigo que le enviste una y otra vez, criticándole los planteamientos, atacando sus tácticas y, sobre todo, calificando de insuficientes sus logros. Este último fantasma es el principal quebradero de cabeza de Unai Emery.

¿Cómo se combate contra un enemigo que no existe? ¿Dónde está la frontera que divide el éxito del fracaso en Mestalla? Esas son las preguntas que se formula el técnico valencianista, quien de puertas hacia dentro desconoce su error o el fundamento de sus críticas. No puede defenderse puesto que ignora el ataque. En 2008 cogió un Valencia roto heredado de Ronald Koeman y que había sufrido por mantener la categoría en Primera División. Unai lo recompuso y lo clasificó para la Europa League. “El objetivo era acabar entre los cuatro primeros“, le dijeron entonces.

Dicho y hecho. El año siguiente el Valencia fue tercero. Renovó, pero solo un año. Y para la siguiente temporada aumentaría la dificultad del reto. Tendría que quedar de nuevo tercero, pero sin David Villa, David Silva ni Carlos Marchena. Emery cumplió su parte del trato, pero tampoco convenció. “No sabe ganar las eliminatorias“, criticaron. “Nunca gana a los grandes“, le acusaron otros.  Aún así renovó otro año más y volvió a aumentar la dificultad del reto. Se vendió a Juan Mata, tendría que quedar tercero y encima ganar a un grande o superar una eliminatoria importante.

La tercera plaza la tiene en el bolsillo y la eliminatoria importante la ganó frente al Sevilla, pero, como ha sido habitual desde que llegó a Mestalla, conforme Unai Emery ha ido cumpliendo objetivos ese enemigo imaginario le ha ido pidiendo más y más. Este miércoles en el Camp Nou contra el Barcelona (21h00) Emery se juega media temporada y, posiblemente, la renovación. Rompería dos de sus grandes estigmas en sólo noventa minutos. Ganaría a un grande, superaría una eliminatoria de las consideradas importantes y lucharía por primera vez (con permiso de la Supercopa de España) por un título desde que llegó a Mestalla.

Unai Emery está, por lo tanto, ante su gran noche como entrenador del Valencia. La noche en que de salir victorioso por fin podrá mirar a los ojos su enemigo imaginario y cortarle la cabeza. El riesgo es que la exigencia de Mestalla es como Hidra, cuando se le corta la cabeza aparecen otras dos para convertirse en un rival todavía más peligroso. La exigencia siempre aumenta, es insaciable. Es una batalla que Unai Emery nunca podrá ganar conjugada en presente. Solo puede aplazar su derrota, aunque tal vez en el futuro se le reconozca por el buen trabajo que está haciendo.

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