
Fila G, asiento 7. Lo recuerda sin fallo, lo recita al instante. Como un recuerdo que emerge por acto reflejo cada vez que escucha el nombre del club de sus amores, el de su ciudad: el Cardiff City. Fila G, asiento 7, ese era la dirección de su santuario de fin de semana, de su aventura dominical. Ese era su asiento en el desaparecido Ninian Park, el que fuera el estadio del Cardiff City Football Club hasta la construcción del moderno Cardiff City Stadium. Cada quince días, Craig Bellamy acudía al Ninian Park junto a su padre para ocupar su asiento en la mítica grada John Smiths Grange End. Desde la fila G, asiento 7, Bellamy vio como su padre se desesperaba con un equipo se desplomaba temporada tras temporada. Primero descendiendo a Second Division. Poco después, hundiéndose en Third Division. Y, por último, estrellándose en Fourth Division.
Bellamy sufría por su Cardiff y por su padre. Se rompía por dentro con cada descenso, con cada decepción, pero había encontrado un remedio para mitigar su dolor. Un remedio que en cierto modo entendía como una tradición y por eso decidió llevar a escondidas, sobre todo a ojos de su padre. Ahogaba su pena con una afición secreta por otros colores, por los del Liverpool. Su compatriota Ian Rush tenía la culpa. Era galés como él. Era delantero como él. Mientras su Cardiff se hundía, el Liverpool cosechaba éxitos, con un jugador galés como máxima estrella. Bellamy celebraba en silencio los goles de Rush, las paradas de Grobbelaar y los títulos ganados, pero el 20 de mayo de 1989 no pudo ocultar más su secreta admiración por el Liverpool. Tuvo que confesar. Seguir leyendo…






No es la primera vez (y tampoco será la última) que acudimos al fútbol alemán para volver a reflejar el gran momento de forma por el que atraviesan sus categorías inferiores y el resultado que el trabajo de cantera está otorgando a la 


















