Histórico
19 enero 2012Jose David López

Chelsea: El silencio de Matthew Harding

“Era una especie de hombre para misiones imposibles. Siempre sin preocupaciones, nunca tuvo miedo y siempre trabajó para ver disfrutar a los demás”. Elogios de Per Lindstrand, que aglutinaba en su memoria momentos irrepetibles con su mejor amigo, la persona más enamorada que el Chelsea pudiera haber deseado en su historia. Sólo él, conocía la persona tras el personaje. Sólo él, había disfrutado los últimos años de vida de Matthew Harding, aficionado, hombre de negocios, director de cuentas del club y finalmente vicepresidente, puesto que ocupaba cuando murió accidentalmente a bordo de un helicóptero con sólo 42 años. Todos ellos puestos al servicio Blue, un sentimiento elegante pero sencillo, una pasión noble que sirviera de entretenimiento a todos aquellos que compartieran ese afecto al suroeste de Londres.

A los ocho años, su padre, asegurador, lo llevó por vez primera a Stamford Bridge para inculcarle un amor que iba a llevar hasta lo más profundo. Su idea de grandeza sin estridencias y de éxitos sin polémicas, lo llevó de la escuela (sólo aprobó un curso), a camarero, ayudante de asegurador, jefe de empresa, directivo nacional y uno de los hombre más ricos de Inglaterra. Era una época para inversores pero él, testarudo con sus colores, gastó casi la totalidad de sus ganancias en levantar el graderío norte de Stamford Bridge (Matthew Harding Stand), desde donde hoy, con más glamour y desidia de la que hubiera soñado, sus hinchas piden explicaciones a tantos euros vertidos a orillas del Támesis.

El enésimo proyecto de Roman Abramovich (posterior dueño del club tras Ken Bates, millonario que destronó con prácticas agresivas a Harding), volvía a tener un protagonista de excepción, el entrenador. El líder del banquillo, en este caso el afamado André Villas-Boas, aterrizó en verano con la vitola de ser el revolucionador táctico que podría aupar al estrellato el universo Blue, ese que el magnate ruso no contempla sin reinar en Europa. La obsesión de la Champions sigue siendo su único objetivo y para ello, gastó más de 700 millones de euros desde que aterrizó en Bridge. Pese a haber cerrado el grifo en los últimos tiempos, obligándose a sí mismo a controlar sus cheques para explotar el producto adquirido, el pasado mercado invernal destapó de nuevo su pasión mercantil contratando a Fernando Torres y David Luis como caras nuevas que deberían completar un vestuario de ensueño para cualquier entrenador.

Uno de los mejores porteros a mando (Cech), defensa experimentada (Terry, Cole, Ivanovic, Bosingwa), medular con alternativas (Lampard, Essien, Mikel) y delanteros implacables ante el gol (Torres, Anelka, Drogba). Sin embargo, con mínimas variantes respecto al trabajo realizado por Carlo Ancelotti, el nuevo proyecto del Chelsea sigue anclado en el físico, el empuje y la capacidad individual de un bloque lleno de resoluciones de urgencia. Un patrón que no sólo lo ha dejado a las puertas de mayores retos en los últimos tiempos, sino que ya tiene remedio conocido y una larga lista de fracasos en su haber. Posesión sin profundidad, pases horizontales, falta de ritmo e intensidad en acciones ofensivas, necesidad de alternativas creativas y la sensación de no haber evolucionado lo más mínimo en cuanto al estilo que intentan emanar desde Fulham Road.

Villas Boas no tiene un constructor. Un sistema rocoso como el Stoke (0-0) y un planteamiento más directo y concreto como el del West Brom este sábado (pese a terminar remontando 2-1 por individualidades puntuales), han bastado para que Abramovich vuelva a usar su solución de emergencia con las posibles contrataciones de Juan Mata y Luka Modric. Dos buenas incorporaciones que denotan decepción inicial ante la propuesta contemplada, pero que seguirían sin atrapar la clave que daría sentido a su meta, un verdadero creador. Dos tardes, 180 minutos y cuatro puntos han servido para que la MH Stand, haya examinado y castigado con su silencio. Harding, ya está preocupado.

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