Histórico
28 diciembre 2011Jesús Camacho

Escocia: La eterna dualidad de Glasgow

A medida que vamos acercándonos a la fachada principal del legendario Celtic Park acertamos a divisar el perfil en bronce del hermano Walfrid, fraile marista que nos recibe sentado para darnos la bienvenida. Aquel fraile de babero blanco y sotana negra, padre de un club de fútbol surgido de la hambruna de la patata que asoló a Irlanda a mediados del siglo XIX y provocó la masiva llegada de inmigrantes católicos a tierras escocesas. Su apacible figura mimetizada con el matiz gris verdoso del escenario que contemplamos a su espalda, acoge entre sus manos una Biblia en la que posiblemente además de la palabra de Dios esconda entre sus milenarias páginas las claves históricas del gran clásico del fútbol escocés.

Y es que adentrarnos en la historia y leyenda de este enfrentamiento supone el desafío personal de atravesar la barrera futbolística para trascender lo meramente deportivo y abordar lo que desde mayo de 1888 representó además un enfrentamiento religioso. El fútbol (aún guarda su peculiar estilo arcaico), su historia y su tradición, nos dice que todo club siempre necesitó de la existencia de su polo opuesto para celebrar las más próximas y quizás más intensas victorias, aquellas que se consuman ante su rival geográfico más cercano –derby-, que en el caso que nos ocupa también coincide con el de su más temible oponente –clásico-.

Hasta aquí todo discurre dentro de los cauces normales que dictan las reglas sagradas de lo que debe representar un partido de estas características, pero si a ello le sumamos los profundos matices religiosos que siempre acompañaron a un Celtic-Rangers, nos encontramos con uno de los duelos más intensos, apasionados e históricos que se pueden vivir en el mundo del fútbol.

La historia dual de una enemistad religiosa que se remonta al siglo XVI, cuando el sacerdote John Knox se encargó de que la Reforma Protestante se impusiera con más ferocidad en Escocia que en el resto de Europa. Una dualidad religiosa para una misma tradición que escribe su primer capítulo esférico en 1872, cuando cuatro jóvenes protestantes del barrio de Glasgow Green -adoptando el nombre de un equipo inglés de rugby-, fundaron el Rangers. Dieciséis años antes de ver nacer al club católico del trébol, máximo rival deportivo y religioso que en aquel primer enfrentamiento de mayo de 1888 venció 5 a 2. Desde aquel día el citado enfrentamiento comenzó a sentar las bases de lo que hoy en día es sinónimo escocés de pura tradición.

El partido escocés por excelencia, que en 1909 –Final de Copa- vivió su punto de ebullición, en un partido de desempate disputado en  Hampden Park, en el que ambas aficiones explotaron ante el fundado rumor que circulaba por sus abarrotadas gradas sobre la posibilidad de un arreglo entre sus cúpulas directivas para la celebración de un tercer y lucrativo encuentro de desempate. Suceso por el que a partir de entonces el gran clásico del fútbol escocés quedó bautizado con el sobrenombre de Old Firm –La Vieja Empresa-, haciendo alusión al beneficio económico que les reporta tradicionalmente su eterna rivalidad.

Según cuentan no hay nada parecido al derby de Glasgow, sobretodo desde aquel luctuoso año de 1971, en el que una avalancha en el estadio del Rangers escribió con sangre y 66 fallecidos una de las más tristes páginas de la historia de este legendario enfrentamiento. Rivalidad y simbolismo con Irlanda de fondo y mucho peso histórico, un encuentro que dicen se vive con idéntica pasión tanto en Glasgow como en Belfast. Catalizador en exclusividad de los éxitos del fútbol escocés, pues la supremacía histórica de estos dos clubes sobre los demás es abrumadora. Tan abrumadora como para tener que recurrir a la cantidad de campeonatos obtenidos de forma consecutiva para determinar el dominio de uno sobre el otro.

Números en los que pese a que en la actualidad el Rangers supera por once Ligas al Celtic -53 a 42-, también igualaron, pues el conjunto de Parkhead acumuló nueve desde 1966 hasta 1974, mientras que el Rangers hizo lo propio entre 1989 y 1997. Una historia de emoción, pasión, religión, política y exclusión, cauces a través de los cuales quizás se desangró el fútbol y el deporte pero sin los que posiblemente jamás habría adquirido ese poso de tradición única que se respira en cada pitido inicial de un Celtic-Rangers. La dualidad en estado puro de un país, Escocia, el verde sobre el azul, en esencia historia, la que se seguirá escribiendo en Celtic Park, donde Celtic y Rangers medirán sus fuerzas en el primer gran clásico de la temporada en Escocia.

Aquel en el que el vencedor batirá otro registro histórico de la Scottish Premier League, pues ambos conjuntos llegan a la cita habiendo ganado sus primeros ocho encuentros de liga, por lo que con nueve se romperá la barrera victoriosa anteriormente establecida. Una cuestión quizás menor en función de todo lo que se pone en juego, pero sin duda una ventaja psicológica en una competición siempre azul o verde. Colores que matizaran la cruzada presbiteriana que emprenderán los ‘Gers’ hacia Park Head, donde un vez más cruzarán sus desafiantes miradas con la del hermano Walfrid y sentirán un sobresalto histórico al pasar junto al celestial regate bronceado del pequeño Jinky Johnstone.

Al fondo Celtic Park abrirá las puertas de su templo futbolístico para dar acogida y comienzo a la rivalidad. Allí les esperarán los ‘Bhoys’, aquellos aficionados que emprenden idéntico ritual cuando inician la católica cruzada que les conduce al también legendario Ibrox Park, ahora Ibrox Stadium. Así hasta en cuatro ocasiones por temporada. La inminente página por escribir, afortunadamente en las cabezas pensantes de Neil Lennon y sus ocho debutantes, o de Walter Smith y los Sasha Papac, Kenny Miller, Steven Naismith, Steven Whitettaker…, determinará una vez más la eterna dualidad de Glasgow, escondida entre las páginas de bronce de la Biblia que descansa sobre las manos de aquel fraile marista.

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