Histórico
6 diciembre 2011Jose David López

Champions: Oporto, Zenit y el proceso evolutivo

Vitor Pereira - Oporto 2011

La extinta Copa de la UEFA y su versión revolucionada, la vanguardista Europa League, han logrado un reclamo mediático, deportivo y comercial a la altura de lo que deseaban sus organizadores. Obsesionados con dotar a su competición secundaria de formato adecuado para explotar todas sus propiedades (equidad, competitividad y sentido cosmopolita), buscaron la fórmula ideal, aquella que al menos en los últimos años ha logrado convertirse de nuevo en un torneo de prestigio y salvación para muchos clubes. Algunos siguen usándola como instrumento rotatorio para sus plantillas, mientras otros leen en ella la pauta exacta para una adecuada progresión institucional.

Su palmarés muestra a la perfección el impulso global que genera el éxito, pues desde 2003, año en el que el Oporto levantó el título en Sevilla ante el Celtic de Glasgow, todos aquellos que se auparon a lo más alto, estaban a su vez dando un primer paso decisivo para alcanzar la gran reválida europea en la Champions League. Aquella generación lusa abanderada por José Mourinho, reactivó sus días de gloria convirtiéndose en campeones de Europa doce meses después, reflejando un desarrollo tan épico como acelerado. Clonarlo fue el objetivo de sus sucesores. Valencia, CSKA Moscú, Sevilla, Zenit o Shakhtar, no repitieron gesta pero sí encontraron el carril perfecto para renacer rumbo a metas superiores.

Sin embargo, en esa búsqueda de identidad entre los gigantes del continente, hay obstáculos incómodos creados precisamente por la expectativa ante la reactivación del proyecto. Difícil serenar la ilusión después de triunfos europeos, de asentar automatismos y de adquirir experiencia contrastada sólo permitida en partidos clave con opción a título. El salto definitivo, el test determinante, llega poco después con el ‘We Are the Champions’, la actividad completa inter-semanal durante toda la temporada y las sensaciones dubitativas sobre lo que, apenas meses antes, había recuperado la esencia y la raíz sobre la que se asientan los pilares deportivos.

Aquél Oporto irrepetible se esfumó en unas semanas con la venta de todas sus grandes estrellas y el renacer, al menos a niveles cercanos, costó otros nueve años de trabajo. Diferentes estilos e ideales, propuestas y planteamientos a cargo de hasta cuatro entrenadores (Víctor Fernández, Co Adriaanse, Jesualdo Ferreira y Villas-Boas). Cierto es que todos lograron títulos, que ninguno derribó la proyección global del funcionamiento estándar  que asegura regularidad en Do Dragao (ese sistema de compra-venta de jugadores revalorizados con su camiseta) y que la obligación nacional (por su rivalidad y necesidad de títulos ante Benfica) exige rendimiento inmediato. Pero a nivel continental, en la más alta esfera internacional, sólo el pasado curso supuso una culminación como la de hace una década. Es más, la realidad es que Jorge Pinto da Costa, presidente de los dragones, pretendía alargar un año más la trayectoria del proyecto de AVB. Pero esta vez, su fama había encontrado el cariño inmediato de un millonario sin las ideas claras y con un banquillo que ocupar en Stamford Bridge.

Como el proceso evolutivo no se completó con las bases que lo habían llevado al éxito, la tarea quedó a merced de su líder, coja de carácter, de vitalidad y de sorpresa. Vitor Pereira, ayudante de AVB, recogía el testigo, una misión arriesgada, con un altísimo porcentaje de fracaso y que ahora recupera las sensaciones amargas vividas con el adiós de Mourinho. Una larga lista de condicionantes explicaría el bajo rendimiento colectivo del campeón luso en la actual Champions League (porque en Liga Zon-Sagres son colíderes), pero la amenaza sobre el técnico recuerda el trayecto post títulos que siempre han vivido en la ciudad de los puentes.

Una fisonomía cercana, explica idénticas percepciones en San Petersburgo. El Zenit, siempre amparado en un sistema económico saludable, capacitado para reforzarse con los mejores jugadores rusos, afrontar fichajes de campeonatos occidentales con mayor caché y al mismo tiempo construir un nuevo estadio acondicionado a sus metas futuras, es un reflejo más de la evolución que ha permitido la Europa League. El título europeo, primero en las arcas de Leningrado, llegó en 2008 como primer regalo continental a su progresión, que previamente había destrozado el poder moscovita en una Premier Rusa que no conocía enemigos potentes lejos de la capital. Aquella generación no calmó sus ambiciones, pues multiplicó las alegrías cuando superó contra pronóstico al Manchester United en la Supercopa europea meses más tarde. Muchos de ellos, vestidos con la elástica nacional de Rusia, generaron el definitivo salto cualitativo que deseaban en la extinta URSS en la Eurocopa 2008, siendo no sólo el combinado revelación, sino quizás, el previsible ganador de no haberse encontrado con una imparable selección española.

Metas cumplidas en tiempo record, con un técnico vanagloriado (Dick Advocaat, que aprovechó su caché para ser posteriormente seleccionador ruso), un estilo ambicioso, talento asociativo y máximo aprovechamiento al factor sorpresa. Pero desde entonces, obstáculos creados por la propia responsabilidad de quien quiso convertirse en referencia siendo aún esclavo de su historia. No sólo se sufre con la derrota, sino también con las primeras victorias. El Zenit, por entonces, disfrutaba con el hecho de aparecer pues, desde el anonimato, el ser reconocido como club de moda es ya un éxito mayúsculo e impensable. En su caso, las primeras dudas se llevaron por delante a Advocaat pero si algo han demostrado es, al menos, confiar en proyectos a largo plazo y, pese a los golpes morales y decepciones acumuladas en los últimos tiempos, la defensa a Luciano Spalletti en su cargo es máxima. Volvió a ser campeón ruso pero ya ha errado varias experiencias continentales repetir obligaría a recomponerse de nuevo.

Este martes, ese Oporto campeón portugués y ese Zenit, dominador ruso, luchan en un partido sin margen de error por un puesto en los octavos de final de la Champions League pero, también, por un lugar que les pertenece. Con el Apoel chipriota ya clasificado como revelación de la competición y el Shahktar (otro ejemplo de evolución post-Europa League que tras brillar el pasado curso, ha decepcionado este año) eliminado de antemano, Do Dragao decide. Un empate sirve a los rusos. Sólo la victoria evita la frustración local. El ganador respirará por la senda construida y el perdedor, al menos, volverá a pensar en auto-renovarse en esa Europa League que siempre les permitirá disfrutar de una segunda oportunidad.

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