Histórico
3 noviembre 2011Jose David López

Red Bull Salzburg: Dietrich Mateschitz, millones de antipatía

Una familia acomodada, de maestros conocidos en la comarca de Estiria (territorio austriaco fronterizo con Eslovenia) y tranquilidad financiera, facilitó la transición hacia la madurez, algo que, pese a todo, le llegó sin petición expresa y precipitada por la separación de sus padres. Siempre solitario, centrado en su cultivada personalidad y aplicado estudiante, se licenció en la universidad de Viena con un post-grado en Marketing que iba a saber explotar como nadie hasta la fecha. Su agudeza comercial y su destreza con los negocios, le abrieron puertas de un mundo laboral que iba a ir dominando a su antojo. Dio igual que se iniciara en una empresa de jabones filial de Unilever, que mejorara su nómina cuando lo contrató la fábrica de cosméticos Blendax o que creciera vendiendo cepillos de dientes como reclamo extrovertido de su sección comercial, porque un viaje a Thailandia para expandir su mercado, iba a colocar a Dietrich Mateschitz en el camino perfecto para ser, en pocos años, uno de los hombres más ricos del mundo.

Con su avidez para el negocio y guiado por aquella lata irreconocible que tan frenético sabor había provocado en su boca, el emprendedor austriaco (de raíces croatas) encontró la excusa ideal para descubrir una nueva bebida que hoy es mundialmente conocida, Red Bull. Un derivado profesional de lo que días antes había reactivado su capacidad en suelo tailandés y que se convertiría en una de las mayores innovaciones ya no sólo en el sector de bebidas, sino a nivel global en un mercado que rápidamente apoyó su alocada propuesta. Y esa espídica sensación provocada por la mezcla carbonatada de agua, azúcar, cafeína y taurina (su elemento diferenciable), junto a la capacidad mercantil del país asiático, provocó que Mateschitz se convirtiera en el accionista mayoritario del líder mundial del mercado de bebidas energizantes.

Su especial relación con el mundo del deporte, situó a Red Bull como principal reclamo publicitario a nivel creativo y como respaldo poderoso en deportes extremos. Pero al mismo tiempo que su fama crecía y su cuenta corrientes multiplicaba dividendos activos, el millonario austriaco invertía en todo aquello que consideraba atractivo y que, con su talento empresarial, acababa generando mayor rentabilidad y nombre a su afamada bebida. En 2004 compró Jaguar Racing para tener su propia escudería de Fórmula 1, a la que no tardó en renombrar como Red Bull Racing. Un año después hizo lo propio con Minardi, para acabar etiquetándola como Toro Rosso y ejercer de iniciación a jóvenes promesas como, por ejemplo, el actual campeón del mundo, Sebastian Vettel. Al mismo tiempo, consciente de que debía mejorar su reputación nacional en un país austriaco que nunca acabó de aprobar su producto estrella, decidió invertir en el fútbol, adquiriendo a un clásico que atravesaba problemas financieros notables y que estaba al borde del caos, el hoy evidentemente conocido como Red Bull Salzburgo.

Un club fundado en 1933 con el ahora vetusto nombre de Austria Salzburgo, que unía dos ramificaciones deportivas menores en la época pero que, sobre todo en los años 80-90, cuando bajo la denominación de Casino Salzburg, logró su mayor fama con títulos nacionales e incluso una final de Copa de la UEFA perdida ante el Inter de Milan. Una serie de problemas directivos dejó en la ruina a sus dueños, lo que aprovechó Mateschitz para introducir sus tentáculos en el mundo del fútbol. Desde que liderada el proyecto deportivo del club, se ha convertido en el claro dominador del fútbol austriaco con tres Ligas en cinco años y cierta continuidad en competiciones europeas, aunque el letargo de Austria a nivel global, le impide tener mayor repercusión. Alejado del nivel continental necesario para convertirse en referente, su objetivo pasa por convertirse en dictador nacional, dejarse ver con asiduidad en Europa y poder seguir reforzándose con jugadores de nivel secundario pero de campeonatos ligeramente superiores al austriaco. Su salud económica, bien entendida por no acceder a millonarios contratos ni inversiones alocadas en el mercado, sí le facilita pese a todo una mayor capacidad de maniobra a la hora de mejorar año tras año. Además, sigue siendo buen reclamo su participación en Champions o en Europa League.

Pero el problema principal del Red Bull no se puede comprar ni etiquetar, y responde a una índole social, romántica del fútbol, que no se ve identificado con un nuevo club. Y es que pese a que en principio Mateschitz y sus acompañantes adquirieron las bases y estamentos de su antecesor, el Austria Salzburgo, renunciaron a reconocer la historia anterior del club hasta ese momento. Eso provocó que la hinchada nunca sintiera como suyo aquél nuevo movimiento, que no enganchara a los más adeptos, ya que oficialmente no se trata de la continuidad de un club, sino del nacimiento de uno nuevo. Nuevo escudo, nuevos colores en la camiseta y hasta nuevo estadio (el vanguardista Red Bull Arena). Medidas censuradas en su mayoría. Para justificar sus deseos y su amor al club con el que sí se sienten partícipes, muchos de estos aficionados decidieron renacer su antigua institución (Austria Salzburg), manteniendo colores, escudos y referencias históricas, aunque evidentemente, empezando desde cero en las catacumbas del fútbol amateur austriaco. Varios ascensos consecutivos y ‘milagros’ resultadistas variados, han situado al club en uno de los grupos de la Regionalliga, la Tercera División y su sueño no se culminará hasta derrotar a su ‘hermano millonario’ en la Bundesliga austriaca.

Mientras, las inversiones futbolísticas del millonario ‘redbulliaco’ en busca de expansión mercantil, han llegado a New York (donde posee uno de los clubes más poderosos de la MLS), Campinas de Sao Paulo (con el aún semi-desconocido Red Bull Brasil), a Sogakope, Ghana (donde busca crecer el Red Bull Ghana, con el principal objetivo de ser academia de jóvenes) y el casi recién nacido RB Leipzig, al que no puede introducir su nombre energético debido a que la federación alemana impide que un club pueda incluir en su denominación oficial el nombre de su patrocinador.

Se estima que Red Bull, que no cotiza en bolsa, vende por año cerca de 4.000 millones de latas en unos 160 países. La facturación estimada de la empresa es de unos 4.500 millones de dólares, generados por una plantilla de unos 7.000 trabajadores. La gran mayoría, controlado por Mateschitz, este extrovertido comercial de dentífricos que ahora colecciona aviones, obras de arte y disfruta de su trono en su propia isla de Fiyi, la única en su poder que no ha podido cambiar de nombre. El mundo se lo agradece.

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