Histórico
8 noviembre 2011Francisco Ortí

Atlético de Madrid: Manzano y el epitafio del hombre muerto

Gregorio Manzano ha firmado su sentencia de muerte. Muerte deportiva, entiéndase. El técnico del Atlético de Madrid se ha quedado al borde del desfiladero tras la bochornosa derrota (3-2) que encajó el conjunto rojiblanco contra un Getafe que llegaba al partido como colista de la Liga BBVA y que jugó durante más de una hora con un hombre menos. Manzano -por ahora- continúa sentado en el banquillo colchonero, pero su figura es ya la de un reo esperando su ejecución, liderando un proyecto sin vida que representa la mejor alegoría para describir a sus desalmados jugadores.

El fútbol es deporte irracional, que frecuentemente esquiva a la lógica, para tomar decisiones desde la pasión y no desde la razón. El Atlético de Madrid podría ser considerado como el paradigma de este axioma. Irracionales por decreto, los rojiblancos siempre han escuchado más al corazón que a la mente. Sin embargo, la contratación de Gregorio Manzano está vacías de todo fundamento y es inexplicable tanto desde el punto de vista racional como emocional. La lógica desaconsejaba su fichaje. Ya fracasó en el Calderón cuando se apostó por él en 2003, y siete años después de la situación vuelve a ser igual. Incluso peor.

Lo emocional tampoco invitaba a confiar en Gregorio Manzano. Su figura en el Atlético de Madrid no representa épica, ni éxito, ni siquiera empatía con la afición. Más bien todo lo contrario. El Vicente Calderón cree en sus mitos, como recuerda en cada partido desde la grada coreando los nombres de Luis Aragonés y Cholo Simeone, y Manzano no está entre ellos. Con el Atlético de Madrid en proceso de transición tras la venta de sus pilares (Agüero, Forlán y De Gea) era necesaria la llegada de un técnico con personalidad y voz de mando, y no uno cuya figura ya estuviera estigmatizado por el fracaso.

La única razón que podría explicar la contratación de Gregorio Manzano está en la necesidad de Enrique Cerezo de prolongar su infructuosa estancia en el sillón de presidente del Atlético de Madrid. El máximo mandatario rojiblanco es experto en levantar muros que frenen las críticas que deberían estar dirigidas a él para escapar indemne de sus propios errores, de su inoperancia para dar continuidad a un proyecto o, incluso, construir uno que merezca esa continuidad. Manzano facilita esa inmunidad que busca Cerezo. Es un blanco fácil, un chivo expiatorio, un saco que encaje los golpes de la afición.

El problema de Cerezo es que la muralla que le protege tiene una estructura tan débil que no tardará en dejarle al descubierto. Manzano cuenta las horas que le faltan para abandonar el Vicente Calderón y como despedida el técnico ha aprovechado su último aliento para enviar un aviso póstumo y señalar a los que considera los culpables de la situación, con mensaje directo a José Antonio Reyes. “Hay jugadores que no saben lo que significa llevar la camiseta del Atlético de Madrid“, declaró Manzano tras la derrota ante el Getafe en un desesperado intento por reconciliarse con el Calderón. De poco le servirá. La afición ya le ha destituido.

El bochornoso espectáculo ofrecido en el Coliseo Alfonso Pérez ha sido la gota que ha colmado la paciente impaciencia del Vicente Calderón. El Atlético es un equipo que asume como propio el estilo de fútbol de toque, pero lo practica sin alma. Manzano -si finalmente es destituido- abandonará a los rojiblancos a cuatro puntos de los puestos de descenso y, sobre todo, dejará a Enrique Cerezo sin escudo. Una vez se marche Manzano, Cerezo quedará al descubierto y el Calderón le tiene ganas.

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