Histórico
31 octubre 2011Jesús Camacho

Balones de Oro: Albert, la elegancia (1967)

La desgraciada noticia de la muerte de Florián Albert, nos obliga a recuperar un artículo que le dedicamos en su día en nuesra sección de Balones de Oro. DEPalbert_florian

Según el Diccionario de la RAE “elegante” significa “dotado de gracia, nobleza y sencillez; airoso, bien proporcionado, de buen gusto”. A esta precisa definición yo añadiría que la elegancia es una cualidad innata en la persona, puesto que aunque la citada cualidad debe cultivarse desde la espiritualidad, desde la educación y desde la sensibilidad adquirida, no todos tienen la capacidad de transmitir grandeza desde la sencillez, transmitir emoción. Y es que la elegancia es aún más efímera que la belleza y por tanto una cualidad única, muy especial, difícil de encontrar. Es aquello que nos causa una emoción estética parecida a la que nos despierta la contemplación de algo bello y, al mismo tiempo, encontramos que se ajusta a nuestros cánones estéticos.

Es el buen gusto, como nos enseñan Baltasar Gracián y H. Gadamer, es una capacidad de discernimiento espiritual que nos lleva no sólo a “reconocer como bella tal o cual cosa que es efectivamente bella, sino también a tener puesta la mirada en un todo con el que debe concordar cuanto sea bello”. En fútbol todos tenemos en nuestras retinas el juego y la elegancia de determinados futbolistas, aquellos capaces de dotar a su pose, su carrera y su lucha, de suavidad de movimientos y gracilidad. Esa estirpe de jugadores que convirtieron este deporte en arte, en baile, en música, una estirpe a la que pertenece un ‘gigante’ húngaro que nació en plena Segunda Guerra Mundial en un pequeño pueblecito llamado Hercegszántó, un “Águila Verde” llamado Florián Albert.

Ese gigante de 1,86 m de estatura y 76 Kg. de peso capaz de transmitir emoción, suavidad, proporción, velocidad, pausa e inteligencia. Pura delicia con un balón en los pies, una herramienta de trabajo diametralmente distinta a aquellas tenazas o yunques que usaba su padre y con las que se pueden forjar tanto herraduras como productos de aspecto refinado que combinan talento y originalidad. Y Florián era de estos últimos, forjador de bellos pases, bellas jugadas y bellos goles, uno de esos número nueve que como Di Stéfano eran capaces de retrasar su posición y convertirse en constructores de juego, futbolistas totales, únicos. El más digno heredero de la “Escuela del Danubio”, insigne sucesor del gran Nándor Higdekuti, ese legendario nueve que puso la W-M bocabajo en Wembley.

Palabras mayores este Albert, este One Club Man que fue fiel a Ferencvaros durante toda su carrera, desde su debut, con sólo 16 años, en 1958 hasta 1974, pese a que medio mundo quiso llevarse su fútbol de etiqueta. Ese mismo que hizo vivir una segunda época de oro al fútbol húngaro, al que hizo revivir tiempos de Puskas, Kocsis, Bozsic, Kubala, Czibor, Higdekuti… Una segunda época de oro vivida en la década de los sesenta, cuando con la camiseta de aquellas “Águilas verdes” que sobrevolaban por el distrito número XI de la “Perla del Danubio”, conquistaron cinco ligas y una Copa de Ferias.

Esbelto, elegante, creador y goleador dejó su sello también con la camiseta de la selección, a la que llevó a un tercer puesto en la Eurocopa disputada en España en el 64. Y con la que en el Mundial de Chile del 62 alcanzó los cuartos de final gracias a él y a sus tres goles frente a Bulgaria, tres goles que le convirtieron en máximo goleador junto a dos genios como Garrincha y Masopust. Ese mismo futbolista que formó una tripleta de ensueño en la selección húngara junto a Bene y Farkas, una tripleta que elevó su fútbol a categoría legendaria en Inglaterra, al igual que hicieran los componentes de aquellos Mágicos Magyares.

Y es que cuentan las viejas crónicas de la época que un 15 de julio de 1966, el mítico Goodison Park fue testigo de cómo aquellos espectadores que estaban ansiosos por ver a Pelé y a los suyos acabaron rindiéndose a un futbolista magyar que eclipsó el aura místico de un equipo de leyenda liderado por O’rey. Aquel Brasil de Tostao, Djalma, Garrincha y Pelé, un equipo que fue literalmente borrado del campo y que cayó derrotado 3-1 por un triunvirato de magos húngaros liderado por un futbolista que aquel día tuvo la osadía de eclipsar a Pelé. Un fútbol al que se rindió otro genio como Garrincha, que llegó a calificar aquel maravilloso tercer gol húngaro como una de las jugadas más bellas que jamás había visto. Fue una exhibición en toda regla de Farkas, Bene y Albert, pero fue Florián el que salió ovacionado, encumbrado a nivel mundial. Un Mundial en el que pese a acabar en sexta posición, infundieron terror en las defensas contrarias.

Por todo ello en 1967, France Football le otorgaba el Balón de Oro por delante de Sir Bobby Charlton. Han pasado ya más de treinta años desde que el caudal futbolístico del Danubio y “su escuela” se “secó”, pero su estilo, su elegancia y su juego evolucionaron en otros puntos del planeta. Ese fútbol con el que Albert aprendió y creció, cuando con once años admiraba la grandeza de los Puskas, Czibor, Kocsis o Hidegkuti y el Aranycsapat (equipo de oro), de los que fue su más insigne heredero. El único de aquellos genios húngaros que fue reconocido con el Balón dorado que encumbraba al mejor jugador europeo del año.

Desgraciadamente en 1969, se fracturaba una pierna en un partido contra Dinamarca, y el fútbol mundial se perdía al mágico magyar de los sesenta que nunca volvería a recuperar su antiguo nivel. Aquel húngaro al que hasta el Santos quiso llevárselo para que hiciera dupla con Pelé. Pero ese mismo personaje que un día dijo….”Nunca quise huir de Hungría ni abandonar al Ferencvaros” “Llevo 56 años en este club. Ha sido el gran amor de mi vida. Le he dedicado más tiempo que a mi familia”.

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