Histórico
20 septiembre 2011Jose David López

Novara, Don Sassi y un ‘tal’ Piola

Aprovechamos el debut en Serie A del Novara en el estadio Silvio Piola (esta noche ante el Inter), para recordar la figura del mayor icono de su historia.

Instaladas en un cuerpo alargado, sin escamas pese a no salir del agua y varias líneas de maxilares en su boca, las anguilas se dejan arrastrar por el curso del río Po desde tiempos ancestrales. En algunas sociedades, su carne sabrosa es muy apreciada pero en el recorrido este-oeste por el norte de Italia, son serpientes marinas a evitar. No hay rama que se salve de sus apariciones, pesadilla para aquellos que visitan la orilla norte italiana. Buena cuenta de ello ofrecen los vendedores de telas en Pavia, obligados a limpiar, desinfectar y enjabonar su valioso tesoro en esas aguas.

Uno de ellos, oriundo de Robbio, llamó la atención de Don Sassi, el sacerdote del pueblo. Sus manos callosas, fiel reflejo de sus labores cotidianas, hablaban por sí solas de la intransigencia de su trabajo. Solidario, Don Sassi le prestó ayuda económica pero, sobre todo, humana. Acompañando aquellas interminables mañanas esquivando anguilas entre cepillos, la conexión fue inmediata y la pasión futbolística de ambos, iba a convertirse en el tema estrella. Un día, el hijo de aquel vendedor, apareció en ayuda de su padre pero su mano de obra era simplemente un balón. Un par de toques, carreras y remates entre los árboles de la zona, sirvieron para que el sacerdote, amantes del mítico Pro-Vercelli, viera en aquél muchacho el verdadero brillante del pueblo. Don Sassi no volvió a acompañar al vendedor, sino a convertirse en el mentor de su hijo, un ‘tal’ Silvio Piola.

En los años 30, el fútbol italiano alardeaba de estilo físico y técnico, un equilibrio que los hacía superiores al resto. Aquello les permitió ganar dos Mundiales (34 y 38)  y unas Olimpiadas (36), pero siempre liderados por un icono mediático que, tras Giuseppe Meazza y Ugo Frossi, tomó Piola. Su velocidad de ejecución, rapidez de movimientos ofensivos y facilidad para el remate desde cualquier posición, le convirtió en referencia adolescente y leyenda consagrada. Una condición física envidiable y su ambición diaria, le hicieron progresar y engordar año tras año sus registros goleadores. Inteligente en la lectura de cada balón que pasaba por el área, sus acciones eran tan veloces como sorpresivas. Tanto, que aún hoy, muchas décadas después de su retiro, sigue siendo el goleador histórico de la Serie A con 290 goles y el único en lograr seis en un solo partido. Los últimos de su larga carrera (24 años), los disfrutaron en Novara.

Había debutado profesionalmente con 16 años, se había convertido en el goleador de moda en Italia (con Pro-Vercelli, Lazio, Torino y Juventus), había ganado un Mundial y además, siendo el protagonista de aquella mítica final ante Hungría (donde anotó dos goles). Su primer partido con la Azzurri, ante el Wunderteam austriaco, fue ya su coronación con un ‘doblete’. No tenía suficiente y, años más tarde, con una brecha de 14 centímetros en su cabeza, cabeceó para lograr un ‘hat-trick’, pero no uno cualquiera, sino uno donde todos fueron rematados con la testa. “La tenía dura”, dijo después, lamentando de que “los jugadores de la época empezaban a dejarse dominar por el dinero y no disfrutaban”.

Pero sus días de gloria sin presiones, gustándose y alardeando de esa pelota mágica que le sacó de la pobreza, le llegaron con la madurez del Piamonte. Y es que a pesar del escaso nombre mediático y comercial que puede levantar hoy en día el Novara (ascendido este domingo a la Serie A tras más de 50 años en la sombra), aquellas tardes rivalizaba provincialmente con Pro VercelliAlessandriaCasale por la supremacía del llamado ‘cuadrilátero piamontés’. Y es que a Piola sólo lo frenó la Segunda Guerra Mundial, que lo liquidó a nivel internacional y lo acercó a su tierra norteña. Con 34 años, cuando en Turín pensaron que sus días de gloria habían quedado en el camino y era el momento de devolver alegrías a la tierra que lo había criado junto al río Po.

En el Novara, en la Serie B y con la comodidad de su familia, Piola fue tachado de “jugador caduco” pero él, intrépido ante los críticos, jugó hasta los 41 años y siempre siendo referencia goleadora. Más de 70 goles (muchos dicen que él fue quien inventó la chilena en el 38) acabaron despidiéndole con honores, devolviendo a Novara al primer escalón del calcio italiano (como este domingo) y aglutinando ceremonias en su nombre (el estadio del cuadro piamontés lleva su registro). Murió en Gattinara, a pocos kilómetros de su casa y hablando de fútbol pues, al fin de al cabo, ese era el deseo de Don Sassi. Ahora, charlan en paz.

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