Histórico
13 septiembre 2011Jose David López

Milan: Allegri, el seductor perdonado

Aprovechando el Milan – Barcelona, recordamos la historia de su entrenador, Massimiliano Allegri. Un post sin desperdicio escrito el día en el que el Milan se convertiría en campeón del Scudetto 2010-2011.

Fans de las comedias italianas, del amor que desprende su embaucadora lengua y del humor irónico con el que describen singulares escenas, todos en Pescara conocían situaciones similares. Meses de preparativos, una legión de invitados con sus mejores vestimentas, un sol radiante de día festivo y flores en cada esquinazo. La felicidad de un día de boda inundaba las familias de Erika y Massimiliano, los dos jóvenes que habían compartido siete años de noviazgo y pareja toda la vida. En los grupillos de amigos, las chicas decoraban los últimos detalles con sonrisas mientras los chicos, arrinconados y cariacontecidos, recordaban las últimas palabras de Massimiliano en la despedida de soltero: “¡No me caso. Mañana no me caso¡”

Pero aquellas deliciosas risas del séptimo arte italiano, iban a recrearse fielmente frente al padre Ermenegildo. Ella, universitaria atractiva. Él, interior atrevido del Pescara en el momento dulce de su carrera. La espera se amenizó con buenos entrantes de la zona, un queso prodigioso y mucha paciencia, la que algunos tuvieron que superar echando mano del vino, que rápidamente empezó a escasear. La misa nunca empezó, el joven seductor no pudo ignorar sus sensaciones negativas y decidió ser fiel a sus premisas: “Seguí mi intuición y no me arrepiento. Eso sí, ella nunca me ha perdonado”. Massimiliano Allegri destrozó un corazón veinteañero pero ahora, como cuarentón, el galán tiene a sus pies miles de ellos, los rossoneri.

Era trabajador y amable, activo en el césped y muy ambicioso, pero sus virtudes siempre se toparon con problemas de regularidad. Nunca consiguió explotar en un club de primer nivel y pasó por todas las categorías de un fútbol italiano que conoció al dedillo desde el escalón más bajo. Desde modestos como Cuoiopelli, Pavia y Pistoiese (con sólo decenas de aficionados en las gradas) hasta clubes ascensores e imprevisibles como Pescara, Livorno, Cagliari o Nápoles, que quizás encontraron la mejor versión de aquél volante comprometido. A su retiro, ese perfil fue su sombra pues cogió el banquillo del último equipo al que había defendido en el campo, un Aglianese que como Spal, Grosseto o Sassuolo posteriormente, iban a servirle de entrenamiento personal para su nuevo rol, el de uno de los mejores técnicos italianos de los últimos años.

Su gran trampolín profesional le llegaría en territorio sardo, en uno de los clubes que más le había sorprendido en su carrera, un Cagliari al que llevaría a zonas tranquilas y a una estabilidad institucional que no recordaban en Santa Elia. Mantuvo sus doctrinas, esas que hablan de él como un entrenador serio y estricto en los entrenamientos pero eternamente amable y compañero de sus jugadores fuera de él. Siempre respalda el resultado como vía hacia el éxito, pues su camino hacia la cima sólo entendía de goles cada domingo. Pero con jugadores cumplidores y adaptables, logró llamar la atención de una Serie A que lo maquilló y embelleció rumbo a Milan con dos premios a mejor entrenador del año. Su reto había llegado.

Berlusconi, ese líder polifacético escondido en las decisiones de Galliani, no había quedado contento con el desempeño del brasileño Leonardo como apuesta personal de su inseparable mano derecha. Por ello, cogió el teléfono y su llamada, directa al galán Massimiliano, respondió desde las playas de la Toscana, donde compartía unos días de paz y tranquilidad junto a su hija Valentina. El Panchina d’Oro se sorprendió pero un contrato hasta 2012 con millón y medio asegurado, fue demasiado atractivo como para darse un último baño y volar a Milan con San Siro dolido aún por el ‘triplete’ histórico de sus vecinos interistas.

Empezó con dudas, pero encontró el ritmo a una plantilla que necesitaba un técnico capaz de moldearla para su último gran rendimiento. Un jefe que modificara la visión arcaica con la que muchos aún hoy tildan a su vestuario. Exprimió las energías de los más veteranos y ejerció poder en la toma de decisiones. Colocar a Abbiati bajo palos o apostar por jóvenes desconocidos en momentos de necesidad rotatoria como Merkel o Strasser, nunca aseguraba alegrías. Además, y aquí radica su mayor mérito, estableció el orden y el compromiso en un vestuario lleno de egos con facilidad para la polémica, pues desde Ibrahimovic a Robinho, pasando después por Cassano, Van Bommel o Boateng, la regla estricta ha sido el trabajo en pro del global. Todo ello, desde luego, manteniendo el tipo ante la crisis de un Inter en descomposición post-Mourinho.

Hoy, está a un solo punto de proclamarse campeón del Scudetto con un Milan que lleva paso firme en las últimas semanas. Sólido, resultadista y con ideas propias fieles a las doctrinas de su entrenador. El apuesto Cavalieri no estaba enamorado de Erika, sino del fútbol, al que nunca osaría negarle una tarde de sol, vino y flores, las que se repartirán en su honor este fin de semana. San Siro ya tiene a su propio seductor y este, además, no se ‘casa’ con nadie.

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