Histórico
19 septiembre 2011Jose David López

Anzhi: Un domingo en Daguestán

Issa Isayev, de 25 años, desapareció el 26 abril del 2007. Meses antes, se dirigió a él la División Sexta del Ministerio del Interior en Daguestán. Le propusieron colaborar, pagarle 500 rublos al mes, armas y un teléfono para que informara de ciudadanos sospechosos. Rechazó no una, sino dos veces. “Sería él quien perdería, le dijeron. Lo cumplieron. Creo que lo mataron las fuerzas del Ministerio del Interior, como respuesta a su negativa a colaborar. En cuatro años no he sabido su paradero”, manifiesta con plausible entereza su madre, Svetlana Isayeva, de la organización Madres de Daguestán. Un intento desesperado en la lucha por los derechos humanos en el Cáucaso Norte, epicentro de inestabilidad política y conflictos armados desde hace dos décadas.

Daguestán es una república empobrecida, su única salvación reside en los subsidios federales, extraño teniendo en cuenta que desde 1994 goza de una fuerte autonomía, tiene constitución propia y un parlamento. Todo, una tremenda osadía ante las treinta etnias que intentan convivir unidas. Debido al gran valor estratégico de la zona, Rusia se ve obligada a una extrema atención pues comparte frontera con Chechenia, con quien inició en 1999 una lucha que llevó a la zona miles de refugiados. Aquél mes de guerra, bombardeos y búsqueda de rebeldes chechenos ocultos en las montañas, jamás se olvidó y, desde entonces, Daguestán se empeña en acercarse a Moscú y separarse de los chechenos. Sin embargo, el ejército ruso emprendió una suerte de caza de brujas en complicidad con las autoridades locales en busca de terroristas. Una inestabilidad que a base de disparos, explosiones y hasta ‘viudas negras’, dejó sólo en 2010 más de 175 muertes.

Uno de aquellos soldados, reclutado en 1984, sargento del SCR y campeón de la división de levantamiento de pesas (no es broma), es Suleiman Kerimov. Miembro del Consejo de la Federación de Daguestán, propietario de la empresa mundial Nafta-Moscú y de más de 250 filiales dentro del mundo de la energía, minas, bancos y objetos de lujos, está considerado el 72º hombre más rico del planeta (16.8 billones$). El oligarca, economista reputado, supo leer mejor que nadie la creación de una cartera de inversión de los intereses públicos y privados. Pasó a ser el ‘salvador’, un acreedor de grandes empresas, a las que prestaba dinero para servicios fundamentales a cambio de elevados ‘extras’ que cobró en cuanto la economía rusa levantó el vuelo. Tras asumir el control del operador de petróleo nacional (Nafta-Moscú), llevó a cabo una reestructuración masiva de la empresa y creo un holding de inversión que le permitió inflar sus ganancias en poco tiempo.

Hoy, todos dependen de él en Daguestán. Ha invertido más de 60 millones de dólares en actos caritativos, fundó la Kerimov Fundation que ayuda a los más desfavorecidos y gastará 100 millones más en la construcción ya iniciada, de una avanzada escuela para educar a los niños de los diferentes grupos sociales. Su cara política y ambiciosa nunca descansa, algo que le sirvió para comprobar como su ‘clon’ checheno, Ramzám Kadýrov (millonario dueño del Terek Grozny), había logrado crear un sentimiento patriótico, un tótem real de la ex república separatista, gracias al fútbol. Kerimov, animado por el presidente de Daguestán, Magomedsalam Magomedov, aceptó el reto de la transformación del FC Anzhi, el club de Makhachkala, la capital. Una entidad desconocida dentro del fútbol ruso, de sólo veinte años de vida, que desde hace unos meses vive inmerso en una vorágine de renovaciones que le llevó a la Premier Rusa y, ahora, a ser uno de los grandes protagonistas del fútbol mundial debido a las cifras invertidas para conseguirlo. “Todos los partidos de la temporada están vendidos en Daguestán, y en otras ciudades, por supuesto, la gente quiere ir a ver a las estrellas”, señala Rafael Saakov, periodista de la BBC en Moscú.

No hay confín. Ni en gastos ni en excesos. Sólo así se explica que un club minúsculo haya podido contratar en cuestión de meses a muchos de los jugadores más interesantes del mercado global. Hasta Makhachkala han llegado estrellas brasileñas como Roberto Carlos (al que el presidente regaló una fiesta de cumpleaños de 3 millones de euros y un Bugatti Veyron), Tardelli, Jucilei o Joao Carlos, estrellas ya consagradas en Europa como Boussoufa, Carcela, Zhirkov (traspasado bajo petición expresa de su amigo, líder del Chelsea, Roman Abramovic) o Dzsudzsak y hasta un icono mundial como el goleador camerunés, Samuel Etoo, al que cubrió de oro y brillantes para convertirlo en el jugador mejor pagado del mundo. Todos ellos forman un sentimiento en manos de Kerimov, que usará la pelota como instrumento para mover sus pensamientos por todo el país. Pese a haberse encontrado con ‘enemigos’ en su camino de estrellas (a Roberto Carlos le lanzaron un plátano en clara referencia racista y a Zhirkov los fanáticos nacionalistas le obligaron a no jugar un partido tras tacharle de “sucio traidor blanco”), lo cierto es que ha generado una reconversión global a gran escala. La competición ex soviética vuelve a mostrarse competitiva (es la sexta del mundo), logra mayor difusión mundial y atrapa a jugadores de nivel con más facilidad que nunca.

Algo nada fácil de sobrellevar, porque debido a los constantes problemas político-sociales de Daguestán, todos los jugadores (incluido el entrenador, Gadzhi Gadzhiev) viven en Moscú. Sólo viajan a Makhachkala (a 2.000 km) los días de partido, entrenando a diario en la capital gracias a las instalaciones del desaparecido Saturn. Un lujo que puede permitirse sin problemas Kerimov, cuyo próximo objetivo es mejorar defensivamente su plantilla, romper el dominio de Zenit, CSKA o Rubin para asaltar la Champions (meta que esta campaña aún van a tener difícil porque son quintos) y levantar un nuevo estadio para albergar la máxima competición internacional. Rodeados de violencia, abusos y tensión, el fútbol representa la vía de escape semanal. Todos quieren que sea domingo. Un domingo en Daguestán…

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