Histórico
31 agosto 2011Jose David López

Arsenal: El día que Wenger decida irse…

Ciento quince años atrás, allá por 1896, el fútbol iniciaba su caminar lento pero seguro y expandía tentaciones por todo el planeta. En Inglaterra, donde ya tenían clubes, competiciones y jugadores mediáticos a escala nacional, se vivió una de las mayores goleadas de la época (8-2). El bando ‘humillado’ era un grupo de amateurs, pertenecientes a la segunda división y afincados en el sur de Londres, arrinconados y aislados del crecimiento global de la capital. El conocido como Royal Arsenal, disputaba sus partidos en el humilde Manor Ground, en el distrito de Plumstead, siendo casi imposible completar el aforo por la falta de acondicionamiento del mismo y por las complicaciones para llegar hasta allí. Aquella tarde,  supuso el primer golpe moral a la dedicación desinteresada de un grupo de amigos que, sólo compartiendo su hobby, acababan de crear un precedente. Hoy, más de un siglo después, de nuevo con un 8-2 en la mente, es momento de recordar.

Retroceder en el tiempo para entender que aquél bando acabaría mudándose al norte de Londres en busca de mayores ingresos económicos, que nunca fue un club que actuara como dominador nacional y que incluso vivió tramos eternos sin conocer título alguno en su palmarés. Una institución que vivió sus mejor época allá por los años 30, que se dejó ver de manera discontinua durante medio siglo y que revolucionó su estilo-imagen (hasta entonces era un club rudo y físico) con la filosofía avanzada de un sólido pilar. La base del Arsenal que despertó de su letargo (siete títulos entre 1998-2005), que se convirtió en un club de record (ganó la Premier 2003-2004 sin perder un solo partido) y que sigue luchando contras sus incapacidades económicas (por ello se trasladó a un Emirates Stadium que sigue pagando cada mes y que limita sus finanzas) mientras intenta mantener un estatus irreal, de equipo ganador y atractivo, al que le llevó un solo hombre, Arsene Wenger.

Aquella tarde de 1896, cuando el Arsenal recibió el mismo correctivo que sufrió este domingo en Old Trafford, nadie tuvo que dar explicaciones de lo ocurrido. Se esperaba, era previsible y rápidamente digestible. Una reunión amistosa en la barra del pub, intentando unir más al grupo, era la única solución posible ante la falta de presiones externas. Ahora, cuando la institución londinense atraviesa el momento más delicado de sus últimas dos décadas, la perspectiva toma dimensiones peligrosas para el rumbo lógico de su estructura. Los analistas entienden la precaria situación deportiva de un club basado en lo que genera su cantera y poco partidario a operaciones millonarias para mejorar su materia prima. Una cadena que alimentó su economía y le ofreció la oportunidad de situarse entre los grandes del continente sin perder su mentalidad ni mecanismo, pero que le ha derrumbado cuando las pérdidas del vestuario (Cesc Fábregas, Nasri, Clichy…) han superado las previsiones.

Sabiendo entender su rol de equipo secundario con aspiraciones a poder desestabilizar el dominio de otros ‘gigantes’, el Arsenal fue competitivo desde la llegada de Arsene Wenger, que acabó situándoles en un status que no se corresponde con la realidad. Desde que pisó el antiguo Highbury, hace ya 15 años, los Gunners han ganado tres Premier, cuatro FA Cup, se convirtieron en habituales en una Champions que no conocían hasta entonces y hasta lograron tocarla con los dedos en la final de 2006. Antes de que el técnico alsaciano se hiciera cargo, tan sólo se habían logrado dieciséis títulos. Es decir, casi el 50% de los trofeos que se exhiben ahora mismo en el Emirates Stadium, corresponden a la era-Wenger, una etapa que algo más de una década y media, ha igualado el palmarés conseguido en más de un siglo. Estadísticas que arrollan cualquier justificación o crítica para apoyar el despido inmediato del entrenador francés.

Resulta difícilmente asumible un Arsenal sin la mirada penetrante del alsaciano, sin su estricto control de talento diario y sin la capacidad de maximizar el potencial de sus jóvenes valores. Wenger domina absolutamente todo por lo que, en esta caso concreto, cambiar de técnico no significa únicamente poner en peligro el vestuario con la llegada de nuevos ideales, sino romper una estructura perfectamente detallada y organizada en torno a una persona. La línea a seguir en un plazo medio de diez años, ya está creada por y para Wenger. Los hinchas del club londinense, al menos los que empezaron a amar al club por su elegancia y virtuosismo actual, sólo conocen a su club con Wenger como líder. Los pasos decisivos en la historia reciente y futura del club, los ha dado el propio Wenger, creador, fundador y padre del Arsenal tal y como lo conocemos hoy.

Si a esto añadimos que ha logrado mantener el tacto competitivo pese a ir perdiendo estrellas cada temporada y que ha observado con impotencia la capacidad adquisitiva del resto mientras sus cuentas estaban anulada por la construcción de un nuevo estadio (ha sido el equipo que menos ha invertido en el mercado de fichajes en los últimos años de Premier), no existe argumento posible que entendiera como acertado un cambio de frente en la dirección deportiva del Arsenal. Hasta Ferguson, el mismo ‘verdugo’ que ayer causó la peor tarde en la historia deportiva de Wenger (dicho de su propia boca tras sufrir lo que él denominó como mayor humillación), consideró antes y después del choque, que no podría existir el Arsenal sin la figura del espigado técnico galo tras de sí. Ni el escocés ni nadie puede imaginar un ‘osado’ que busque ocupar su cargo, menos aun cuando el vestuario está sumido en un caos que necesita un líder soberano. Wenger debe irse cuando él así lo decida y hoy, no es ese día…

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Recordando a Mr.Champman

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