En la cultura japonesa el honor es más importante que la propia vida. La práctica del harakiri -o seppuku- nació como consecuencia de ello. Se trata de un ceremonioso suicidio -ya en desuso- por desentrañamiento con el que los samuráis se quitaban la vida ante la posibilidad de que su vida se viera deshonrada a causa de un delito o una falta. El harakiri estaba considerado como entrega de la propia vida al honor de una muerte gloriosa, aunque en algunos casos no lo fuese tanto. Masakatsu Morita sufrió en sus propias carnes el ‘deshonor’ de un harakiri mal ejecutado.
El escritor japonés Yukio Mishima eligió a su joven amigo Morita como kaishakunin -ayudante en el harakiri. Su labor era decapitar al suicida durante su agonía. Así que cuando Mishima realizó un discurso ante Japón para criticar el abandono de las tradiciones nipones regresó al despacho del General Kanetoshi Mashita, perforó su vientre con la katana y suplicó a Morita que le decapitara. Morita lo intentó hasta tres veces sin éxito y fue un tercero quien tuvo que decapitar al escritor. Deshonorado por no haber ejecutado su misión, Morita decidió quitarse también la vida mediante el harakiri y volvió a fallar. Las heridas que se produjo fueron poco profundas para ser mortales. Seguir leyendo…



























