Histórico
27 julio 2011Francisco Ortí

La segunda vida de Checho Batista

Cuando recuperó la conciencia descubrió un escenario desconocido. Como sus recuerdos le abandonaban con frecuencia durante los últimos días no descartaba haber estado en ese lugar antes, pero ignoraba como había llegado allí. O, más bien, qué había provocado la situación que le rodeaba. Se encontraba tendido en el suelo, aturdido, y junto a él estaba su hija Agustina, llorando, rogándole que despertara. La culpa la tenía un inestable cóctel de drogas, como era habitual desde que meses atrás había fallecido su padre.

Sergio Daniel Batista (Argentina, 1962), el que fuera la personificación del carácter en el Mundial de 1986 y emblema del ‘Bilardismo’ estaba destrozado. Su fachada continuaba inspirando fortaleza, la misma que le llevó a levantar una Copa Libertadores con Argentinos Juniors en 1985 escondido tras su desaliñada melena y frondosa barba, pero su interior se encontraba completamente roto desde que su padre José perdió la vida. La muerte de su madre, poco tiempo después supuso el golpe definitivo para el escolta de Maradona en México.

Durante su carrera, Batista había logrado superar decenas de obstáculos dentro de los terrenos de juego. Soportó que Daniel Passarella le expulsara de River Plate, resistió la tentación de abandonar la concentración de Argentina en México porque creía no encajar en el esquema de Bilardo, e incluso esquivó a la muerte tras una violenta caída en la cancha de Independiente. Sobre el césped resistía cualquier cosa, pero la muerte de sus padres un golpe demasiado duro y sólo encontró consuelo dejándose apresar por su adicción a las drogas.

La falta de mi viejo coincidió con mi adicción a las drogas. Me sentí perdido, me faltaba algo bastante grande, me caí en todo sentido y hasta dejé de jugar al fútbol”, confesó Batista desde la distancia. Tocó fondo, pero logró emerger. Las lágrimas de su hija Agustina le hicieron reaccionar y despertó para escapar de la vida que había construido a su alrededor. Fue entonces cuando decidió marcharse a Japón para resucitar su vida y su fútbol enrolado como jugador del Tosu Futures. Escondido de sus adicciones, Japón se convirtió en el motor de su desintoxicación y, a los 29 años, Checho Batista comenzó su segunda vida.

En esa segunda vida ya no sería drogadicto, pero tampoco futbolista. Durante su exilio nipón, Batista descubrió que su nueva pasión era la de entrenar. Fue segundo entrenador en la liga japonesa y se enamoró del banquillo. Cuando se sintió recuperado tras cinco años en Japón regresó a Argentina para jugar en el All Boys, y, en 1999, arrancó su carrera como entrenador en su país. Logró un ascenso con Argentinos Juniors, otro con Godoy Cruz y se colgó una medalla de oro con Argentina en los Juegos Olímpicos del 2008. Sus éxitos le llevaron a convertirse en seleccionador de Argentina después del fracaso de Maradona en el Mundial del 2010.

Sin embargo, su paso por la Albiceleste se ha truncado antes de lo esperado. El pasado martes la Asociación de Fútbol de Argentina (AFA) anunció el despido de Batista por la mala imagen ofrecida en la Copa América. Llegó en noviembre y se marcha ocho meses después, habiendo dirigido tan sólo 17 partidos, sin perder un partido oficial, y, sobre todo, sin tiempo para trabajar. Su destitución supone el fracaso de un sueño, un duro golpe para Sergio Batista, pero no lo suficientemente duro para un hombre que continúa disfrutando de su segunda vida.

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