Histórico
11 julio 2011Jesús Camacho

11 de julio de 2010: Atrapado en el tiempo

En 1993 fue estrenada Groundhog Day (en español «El día de la marmota»), conocida en España como Atrapado en el tiempo, una comedia romántica dirigida por Harold Ramis y protagonizada por Bill Murray y Andie MacDowell en la que Phil Connors (Bill Murray), quedaba atrapado en el tiempo un 2 de febrero, día en el que en Punxsutawney, una pequeña población de Pennsylvania, se celebra el famoso Día de la marmota.

Así su protagonista entraba en una espiral de locura, un día de siempre y nunca jamás en el que tenía revivir de forma incesante el citado 2 de febrero. Una situación que le lleva a tal punto de desesperación, que la rutina se convierte en implacable y le muestra al espectador la delirante paradoja en la que sucumbe su vida si no logra salir de la citada espiral. Una historia genial, con edificantes segundas lecturas sobre las situaciones de la vida cotidiana, que el personaje del film logró solventar dando un giro exponencial a su estilo de vida y concepto existencial.

Y en un día como hoy quisiera enfundarme la piel de Phil Connors (Bill Murray), para vivir mi particular día de la marmota, aunque en este caso trasladándolo al día del pulpo Paul. Quedarme atrapado en aquel legendario 11 de julio de 2010, despertarme con aquel pellizco de emoción en el estómago con el que abrimos los ojos los seguidores de nuestra selección. Observar los rayos de luz atravesar mi ventana y creer ver en ellos los focos del Soccer City de Johannesburgo. Percibir con el primer sorbo de la taza de café el regusto añejo de la leyenda y apurar en el último la inquietud del que es consciente de que va a ser testigo de la historia.

Por todo ello no me importaría lo más mínimo, como le sucedió al protagonista de la película, quedarme atrapado en aquel día, vivir incesantemente aquella rutina delirante, cruzarme con las mismas personas para repetir los mismos saludos, la misma conversación. Comer cada día aquella pasta que casi no me entraba por aquel pellizco de la mañana. Volver a escuchar la chapa que me soltó el testigo de Jehová que llamó a mi puerta. Vivir en definitiva ese delirante recorrido que nos llevó indefectiblemente a todos a un único destino, las 20:30 de la tarde de un domingo inolvidable.

Llevar a cabo, todas y cada una de las supersticiones, supercherías y manías que nos acompañan en lo más profundo de nuestro subconsciente, y que en mi caso elevé a grado de ritualidad. Llevar la misma camiseta en cada partido y una hora antes del mismo salir a hacer footing para desentumecer músculos y soltar nervios. Momento en el que aprovechaba para disfrutar de la expresiva soledad de las calles de mi ciudad, del cemento desnudo, el silencio del fútbol, y los edificios poblados de banderas iluminadas a la caída del atardecer.

Llegar a casa y percibir en el ambiente la emoción a flor de piel, el recorrido de un puñado de semblantes inquietos, que paradójicamente se muestran felices y confiados ante aquella generación que les va a coronar en la ciudad sudafricana del Oro: Johannesburgo

Vibrar en aquellos momentos previos con el “Waka Waka, this time for África” cantado por Shakira ante 80.000 personas, que se sacuden con su ritmo sensual en el Soccer City. Sentir algo especial al ver la llegada de Nelson Mandela y su esposa Graça Machel, el primer guiño a la historia.

Soñar con la salida de ambas selecciones haciendo un pasillo infinito ante la etérea visión de la Copa del Mundo, que llega de las manos de Cannavaro. Recordar en ese momento a Luis, aquel viejo sabio con el que todo comenzó y observar la mirada tranquila de Vicente del Bosque.

Retroceder en la vertical temporal del tiempo ante la visión de aquellos colores naranjas con los que otrora se identificó a una Naranja mecánica que cautivó al mundo del fútbol en 1974 y 1978. Observar los rostros de concentración y la tensión nerviosa interior de nuestros futbolistas, intuir en sus miradas eternas a la grada y al cielo sudafricano, que son conscientes de que están a un solo paso de entrar en la historia.

Experimentar la elevación de mis pulsaciones con el pitido inicial del inglés Howard Webb, enervarme con la entrada de de Jong, el ‘karateka’ neerlandés, a Xabi Alonso ante la permisividad del colegiado inglés. Sentir tristeza ante lo que no es más que una sombra de la Naranja Mecánica, de la que solo mantiene el escudo y los colores de los valores que siempre la identificó. Sufrir con el equipo en el terreno de juego ante el descarado juego subterráneo planteado por Bert van Marwijk, secundado en el terreno de juego por uno de sus más firmes secuaces: Van Bommel.

Sentir que no me llega la camisa al cuerpo en el momento en el que un diablo naranja como Robben, agarra la pelota y tras superar a Piqué encara a Iker Casillas, que aguanta el mano a mano de su vida y le saca la pelota con un pie con el que ganamos medio mundial. Saltar del asiento con la oportunidad de Villa y sufrir con ellos hasta el mágico minuto 116, en el que Jesús Navas demuestra por qué su fútbol es un vendaval. Aquel en el que el sevillano conduce la bola hacia la leyenda y conecta con Torres, que manda al corazón del área, donde un rebote cae a los pies de Cesc, que ve solo a Andrés Iniesta y le envía el esférico al hueco de los inmortales. Y allí en el perfil derecho del área y ante la oposición de Van der Vaart, un manchego genial detiene la esfera del reloj, siente uno de aquellos silencios legendarios de la historia del fútbol y conecta un derechazo que desde que sale de su bota lleva marchamo de gol.

En aquel disparo viaja la historia de aquel día, el “Iniesta de mi vida de Camacho”, el don de la oportunidad, la capacidad única para estar situado en el minuto adecuado y el lugar correcto, en el que otro zapatazo tuyo colocado en la vertical de nuestros sueños nos brindó una vez más la posibilidad de oír uno de tus sabios silencios. Instante que precedió al impacto cruzado con el que mandaste a dormir el esférico a las redes de la leyenda.

Trayectoria en la que viajaron las lágrimas de Iker, los puños apretados de Carles Puyol y la emoción de millones de personas. El inicio también de una carrera al infinito, en la que tuviste tiempo para otro inmenso gesto de nobleza más. Una carrera en la que todos fuimos contigo, con la amistad en el pecho, el corazón en la mano y la historia en tus botas.

Aquel gol, la elongación sublime de un día perfecto que me dejó atrapado en un mágico lapso ilusorio e intemporal. Una tarde noche en la que por fin dejamos escapar sentimientos atrapados en el tiempo, todos esos años en los que fuimos prisioneros del doloroso hastío y la frustración.

Un 11 de julio de 2010 en el que el tiempo se detuvo, mi soñado Día de la Marmota por el que quedé atrapado, el mágico instante en el que Iker levantó al cielo sudafricano la Copa del Mundo para escenificar un día de verano inolvidable que revivo constantemente y sin cesar en mi memoria.

Síguenos también desde TwitterFacebook

Contacta con El Enganche




Nuestras redes sociales

 

Contacta con nosotros

Puedes ponerte en contacto con El Enganche a través de este formulario.

Envíanos tus consejos, dudas, quejas o sugerencias para ayudarnos a mejorar. Rellena el formulario y haznos llegar tu mensaje. #yosoyenganche