Histórico
20 junio 2011Jesús Camacho

Panenka, el mago del suspense

En el año 1927 el Bohemians 1905, realizó una gira por Australia en la que regresó a su país con dos canguros vivos que donó al zoo de la ciudad de Praga. Desde aquel día, el simpático club blanquiverde fue apodado cariñosamente como los canguros y en su escudo podemos contemplar un canguro verde que certifica la veracidad de esta anécdota histórica. La anécdota de un club modesto que pese a no poder competir con los poderosos Slavia y Sparta, se ganó la simpatía y el respeto de todos por su tradicional gusto por el fútbol técnico.

Una filosofía de juego en la que encajó a la perfección un bigotudo mediocampista blanquiverde. Aquel medio ofensivo de fútbol pausado, buena pierna diestra y mucha calidad se llamaba Antonín Panenka. Un joven nacido un 12 de diciembre de 1949 en Praga que desarrolló sus inquietudes y su creatividad deportiva en el Bohemians, el club de su vida, al que llegó en 1959. Tenía solo diez años cuando se incorporó a las inferiores de los canguros. Debutó a los 18, se ganó admiraciones y durante trece años le tuvieron como ídolo. Era Bohenka.

Antonín era un ídolo en el modesto Bohemians, pero necesitaba subir un escalón en su carrera para saltar a la escena internacional, algo que llevó a cabo con la camiseta de la extinta selección nacional checoslovaca. Debutó en 1973, a la edad de 24 años y en la madurez de su carrera deportiva, ofreció la mejor versión de sí mismo a la selección de su país. Puede que su figura hubiera quedado difuminada y perdida en las últimas páginas históricas del fútbol checo y eslovaco tras perfiles legendarios como los de Planicka, Pluskal, Nejedly, Puc, Viktor, Masopust, Novak, Nehoda, Nedved, Pospichal, Baros, Poborsky… pero la fría y genial acción que osó llevar a cabo en la final de la Eurocopa de Naciones de 1976, le colocó en la primera línea histórica del fútbol europeo. Una Eurocopa de Naciones disputada en la extinta Yugoslavia. Campeonato en el que participaron cuatro selecciones y en el que Checoslovaquia logró dar la campanada dando buena cuenta de Holanda en semifinales 3-1 y disputando de tú a tú la final a la gran favorita al título, la Alemania de Franz Beckenbauer.

Tanto es así que el mítico conjunto checo formado por: Ivo Viktor, Ján Pivarník, Jozef Capkovic, Koloman Gögh, Anton Ondrus (c), Marián Masny, Antonín Panenka, Jozef Móder, Zdenek Nehoda, Karol Dobias y Ján Svehlík, logró un meritorio empate a dos y forzó la tanda de penaltis ante la poderosa máquina germana dirigida por Helmut Schoen. Tanda de penaltis en la que la osadía, la creatividad, y la magia de Panenka a balón parado, le hizo entrar en la historia del fútbol con un golazo al mejor portero del mundo de la época: Sepp Maier.

Una historia para nada improvisada puesto que aquella maravillosa acción técnica la inventó y perfeccionó unos años atrás, en sus entrenamientos con la camiseta blanquiverde de los canguros. Panenka lo cuenta así: “Se me ocurrió la idea porque yo solía practicar los tiros libres y penaltis tras los entrenamientos con el Bohemians. Siempre me quedaba con mi compañero y portero Zdenek Hruska. Para hacer aquellos ‘piques’ más interesantes, apostábamos una cerveza o una barrita de chocolate por cada pena máxima. Desafortunadamente, Hruska era un gran guardameta y casi siempre acababa pagando yo, algo que me tenía bastante picado y buscando la forma de batir a aquel gato bajo palos que tomaba cervezas y chocolate a mi costa. Fruto de ello y tras toda una noche pensando en una acción técnica para batir a Hruska, me percaté de que el portero siempre esperaba justo hasta el último momento para anticiparse y volar hacia dónde iría la pelota. Entonces decidí que probablemente era más fácil romper aquella dinámica de acción con una finta para disparar y luego golpear suavemente la pelota picada por el centro de la portería. De esta manera y haciéndolo con mucha sangre fría y parsimonia, el portero siempre se lanzaba a un lado u otro sin tiempo ni posibilidad de recuperación para detener el suave disparo efectuado. Aquella técnica comenzó a funcionar y dejé por un tiempo de perder apuestas, hasta que Hruska volvió a conocerme de tal manera que aquel chollo se acabó”.

Así fue como se llegó a aquel mágico instante vivido en el Estadio del Estrella Roja, el Pequeño Maracaná atestado con 30.000 almas, testigos de la leyenda. Una acción legendaria que muchos de sus compañeros de equipo no hubieran aprobado antes de ejecutar. Y eso que todos conocían la maestría sobre los once metros de Panenka.  Especialmente contrario a ella se mostraba el portero checo Ivo Vicktor, con quien compartía habitación, y que le rogó encarecidamente durante la concentración que jamás lanzase a su manera, bajo amenaza de dormir en el pasillo en caso de hacerlo. Panenka ya lo había intentado con anterioridad, durante partidos amistosos y luego una vez o dos veces en partidos de la liga checoslovaca. Incluso llegó a marcarle de esta manera a Francia en un partido clasificatorio para la Eurocopa. Entonces un diario francés lo proclamó “poeta del fútbol”. Por su parte no tenía una sola duda, pensó que era voluntad de Dios que Hoeness fallara, y que le correspondiera a él la responsabilidad de hacer campeón de Europa a su país.

Enfrente estaba Sepp Maier, sus compañeros intuían que Panenka sería capaz de hacerlo, pero no esperaban que fuera tan osado. Panenka, por su parte, estaba un -mil por ciento- seguro de que iba a lanzarla de aquella manera, y que iba a anotar. Aunque el premio en esta ocasión no era una cerveza, sino toda una Eurocopa y la leyenda o el más estrepitoso de los fracasos. A once metros se produce el duelo al sol, las miradas de Panenka y Maier se cruzan y retan,  el checo golpea con suavidad y la punta de la bota la parte inferior de la pelota. La bola viaja lentamente por el aire y hacia el centro de la portería ante la atónita mirada de un estadio paralizado, dos banquillos con los corazones al borde del infarto y un Maier, batido a la izquierda. Como Alfred Hitchcock, Panenka, el mago del suspense, había inventado y osado ejecutar una genialidad en la final de la Eurocopa. Una forma de ejecutar una pena máxima en la que el suspense y la técnica creaban una obra de arte tan estética como eficiente.  La historia abrazaba definitivamente a Panenka, aquel modesto y bigotudo medio ofensivo de talento, juego pausado y sobre todo mucha creatividad y peligro a balón parado.

Tras el europeo, Panenka se convirtió en uno de los futbolistas más codiciados, pero el “telón de acero” que separaba al Este de Europa no permitió su salida de Praga hasta 1980, cuando con 32 años de edad el Rapid Viena se hizo con sus servicios. Pese a su edad, Antonín Panenka logró convertirse en uno de los ídolos de la afición verde del Rapid y durante las cinco campañas que jugó en Viena, alimentó su leyenda anotando 63 goles que contribuyeron a que el conjunto austríaco se proclamara en dos ocasiones Campeón de Austria en 1982 y 1983, y en tres ocasiones campeón de la Copa de Austria, -1983, 84 y 85-. En su última temporada como jugador del Rapid,- la 84/85- se quedó con la miel en los labios tras perder en la final de la Recopa de Europa ante el Everton, conjunto inglés ante el que cayó por 3-1.

Finalmente vivió los últimos años de su carrera activa en las filas del VSE St. Pölten y en ligas menores del fútbol austriaco, en las filas del Slovan de Viena, el ASV Hohenau y el Kleinwiesendorf, donde colgó las botas en 1993. Así concluía la carrera de este mago del suspense futbolístico, valiente, osado, creativo e innovador. Un hombre del que dijo Pelé que aquel gol debió ser obra de un genio o un loco y que conociendo al personaje más bien le parecía que correspondía a lo primero.  Aquel mago creativo que comprendió a la perfección  la siguiente frase de Rabindranath Tagore: “En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la ambición, y llego a olvidar que también mi trabajo es sólo un juego”.

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