Histórico
11 junio 2011Jesús Camacho

Martín Palermo: El ‘obrero’ del gol

El suyo todo un ejemplo de lucha obrera, que un jovenzuelo de cabello alborotado y dorado llamado Martín llevó al pie de la letra a la escuelita de fútbol de Estudiantes. Aquel que comenzó a hacer goles en la cancha auxiliar, situada al ladito del viejo estadio de 57 y 1, en el que su leyenda, la leyenda de “La Garza y el Loco” coloreó sus primeras páginas con poderosos sueños de matices rojiblancos. De aquel vestuario situado junto a una vieja pensión (que dio techo y cobijo a tantos futbolistas de la primera argentina), saltaba cada tarde un número nueve de raza y un obrero del gol que luchó de forma activa en la movilización y reivindicación de un tipo de delantero currante, de fútbol nada poético y estilo basado en aquella lucha obrera y vivencia familiar, que inspiró su prosa futbolística, y con la que escenificó sobre la cancha la narración del gol.

Su grandeza muy lejana al virtuosismo técnico, basada en el trabajo, la fuerza mental  y la colocación; su poder construido sobre el remate, el control de su cuerpo sobre la inmediatez. Pues el gol en definitiva tiene mucho de don, pero también mucho de trabajo. De aquella capacidad que tienen los grandes para entrenar su ubicación en el espacio y dominar el instante previo al remate, la inmediatez de la llegada del balón y la reacción controlada de su cuerpo para impactar con la pelota en la dirección idónea. Era un goleador. Es Martín Palermo.

Su historia la de un niño de La Plata, que como no podía ser de otra manera, estudió en el Colegio Sagrado Corazón, aquel que a los 7 años comenzó a jugar como guardameta en las divisiones infantiles del Club Estudiantes. Ese mismo que a los 11 años ingresó al Club For Ever, donde Alfredo García le colocó como delantero y convirtió 54 goles en aquel año 84. Allí conoció e inició la rivalidad familiar que dividió a los Palermo de los mellizos Guillermo y Gustavo Barros Schelotto, quienes luego serían estrellas del Club Gimnasia y Esgrima de La Plata, archirrival de Estudiantes. Una relación de profunda antipatía mutua, que concluyó cuando Boca JuniorsMaradona mediante- les unió en La Bombonera convirtiéndoles en amigos y cómplices de una de las más gloriosas épocas de la historia del club de la azul y oro.

Pero antes de todo aquello un bello recuerdo de lucha y superación moldeó la leyenda de un loco del remate como Martín, el de su abuelo Enrique Palermo, también futbolista, el de su padre Carlos, apostado inquieto sobre aquella valla del campo auxiliar de Estudiantes, desde la que fue testigo de su lucha, su camino hacia el fútbol profesional a través del trabajo y la evolución.  Aquella primera época de su vida en la que siendo fanático de la banda de rock Soda Stereo y amigo de Zeta Bosio, su bajista, imitaba su manera de cortarse el pelo, y se ganaba el mote de “El Loco” por sus excentricidades y peculiar personalidad.

El recuerdo de un símbolo para Estudiantes de La Plata, su debut en primera división a los 18 años, un 5 de julio de 1992 en el empate sin goles entre San Lorenzo y Estudiantes por el Torneo Clausura. Unos inicios en los que Palermo tuvo que trabajar duro para ganarse la confianza de los técnicos y la afición, pues su prosístico estilo de jugar y golear le encasillaba en el perfil del futbolista torpe y tronco. En aquel momento, “El Loco” Palermo no era más que un paquete, al que incluso llegaron decir que “sólo servía para cortar el pasto”, mientras Estudiantes tocaba fondo en la segunda división. El conjunto de La Plata resurgió luego de sus cenizas, pero Martín no acabó de encontrar su lugar en el fútbol. Estuvo a punto de irse cedido San Martín de Tucumán pero finalmente la transferencia no se realizó. La dupla Russo/Manera no contaba para nada con él, pero aquel torneo Clausura de 1996 acabó convirtiéndose en el de su despegue definitivo. Y es que aquella dupla técnica presentó su dimisión ante los malos resultados y la llegada a la dirección técnica del preparador físico, “el Profe” Daniel Córdoba, cambió para siempre su destino.

Córdoba le conocía bien y Palermo encontró la confianza que necesitaba, aquella razón por la que nunca dejar de luchar, no bajar los brazos y ganarse la continuidad con la que ubicarse en la historia, junto a jugadores como Carlos Bossio, Claudio París, Juan Sebastián Verón y José Luis Calderón. Palermo, hizo 6 goles en 8 partidos y a partir de ahí nadie le pudo parar, se convirtió en figura de Estudiantes y cambió su larga melena por un peinado corto de color plata con el que estableció su primer puente hacia la leyenda. Una leyenda que se inició allá por 1997 cuando Maradona que estaba a punto de retirarse recomendó su fichaje junto a los hermanos Barros Schelotto. Un año más tarde llegaba a la dirección técnica Carlos Bianchi, y el círculo se cerraba entorno a su figura y a la de un jovencísimo talento llamado Juan Román Riquelme. Con Carlos Bianchi, que le definió para la historia como el optimista del gol, se consagró como un símbolo para la afición bostera, convirtiéndose en su máximo goleador histórico con la friolera cifra de 227 goles.

Cayeron los títulos individuales y Palermo se abrió paso entre la historia de la azul y oro a través de sus goles, sus cabezazos. Aquellos con los que contribuyó a que Boca viviera un bendito año 98, en el que Bianchi construyó un gran equipo en derredor de la columna vertebral constituida por Riquelme, Guillermo Barros Schelotto y Martín. El Titán, como también fue conocido, dejó para la inmortalidad actuaciones cumbres, su primer gol en un superclásico, un cabezazo con el que dio la victoria a su equipo y que la revista El Gráfico calificó como una puñalada que atravesó el corazón de River en el minuto 67 de partido. Así, un 25 de octubre 1997 iniciaba su romance con La Doce. Aquella que vibró con los dos grandes goles marcados al Real Madrid en la Final de la Copa Intercontinental del 2000, donde fue elegido el mejor jugador.

Cuatro Aperturas, tres Clausuras, dos Libertadores, dos Copas Sudamericanas y tres Recopas Sudamericanas atestiguan su idílica relación con Boca Juniors, una vinculación que se vio interrumpida en el año 2000, cuando Palermo vivió su aventura europea en el fútbol español. En Villarreal, Alavés y Betis, donde su rendimiento generó sensaciones encontradas: la certeza de que un peculiar futbolista, pero gran goleador, había pasado por nuestro fútbol sin dejar demasiada huella.

Por ello en 2004 regresó a casa con la sensación de que debía seguir luchando, especialmente con el pensamiento de que si las lesiones no habían podido con él, aquello tampoco podría hacerlo. La Bombonera le esperaba de nuevo y Palermo aún les tenía reservado un buen puñado de goles históricos para grabar en la memoria de los hinchas bosteros. Seguramente visteis muchas clases de delanteros, delanteros con mucha clase y delanteros con un don, pero solo uno como él, delantero bastante tronco, de 1,87 m de estatura, gran cabeceador, capaz de lo mejor y lo peor, de mentalidad fuerte y excéntrica, pero sobre todo de alma pura y todo corazón. Ahora que ya sabemos que “El Loco” se marcha, que el obrero del gol dice adiós, podemos asegurar sin miedo a equivocarnos que Palermo quedará para siempre en la memoria azul de La Doce como un perfecto recuerdo. Aquel que demostró que la imperfección es bella y que la feliz locura unida al sufrimiento puede llegar a ser genial.

Como cantó Sabina:

le toca a Palermo tocar el balón,
“la doce” se altera,
le toca al gallego tocar este son…
para una bostera
el año que Boca salió campeón,
en la Bombonera…

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