Histórico
3 junio 2011Francisco Ortí

Freddy Adu: El niño que fue producto

adu_campbellsA los más puristas nos cuesta reconocer que el fútbol está cada día más lejos de ser el deporte que dignificaron nombres que suenan a leyenda para convertirse en un producto con el que llenarse los bolsillos. Florentino Pérez es uno de los que más claro lo tiene y explota el lado más marketiniano de su galáctica superproducción -en términos coloquiales, un equipo con muchos jugadores famosos-, pero si hablamos de vender un producto los mayores especialistas los encontramos en Estados Unidos.

La industria del espectáculo estadounidense está acostumbrada a convencer al cliente para que compre un producto mediocre como si fuera la panacea gracias a campañas publicitarias abrumadoras. Yo mismo, aunque he logrado resistirme, me he sentido tentado de ir al cine para ver Transformers aún sabiendo que me saldría más rentable tirar el dinero directamente a la basura. Lo peor es que este canto de sirena publicitario no sólo vende películas con efectos especiales, libros de autoayuda, o cuchillos capaces de degollar al líder Decepticon (la primera parte de Transformers sí que me la tragué), sino que también es generar un efecto similar con personas que dejan de serlo para convertirse en un producto. La política es el terreno favorito de este tipo de prácticas y el ejemplo más claro es el matamoscas más locuaz del mundo.

El universo fútbol no escapa a la estrategia publicitaria, con futbolistas llevados al estrellato por sus vidas extradeportivas o por un físico deslumbrante. En algunos casos el marketing aporta un gran beneficio como es el caso de David Beckham, en otros, produce un profundo daño y, a veces, irrecuperable. Ahí encontramos a un niño que perdió su infancia para convertirse en un producto con el que promocionar un deporte en el imperio del soccer naciente.

El fútbol no tenía un gran calado en los hombres de Estados Unidos, que preferían el basket, el football, el baseball o el hockey, y un chaval de 12 años se convirtió en la manera ideal de inyectar en los estadounidenses un deporte que reinaba en todo el mundo. El valor que aportaba realmente este niño era el de victoria, el gran déficit del soccer en una sociedad como la estadounidense acostumbrada a ganar. De origen ghanés, llegó a Estados Unidos con dos años y se convirtió en un ciudadano más (primera victoria) y al mostrar ciertas virtudes con el balón se le vendió como el futuro mejor futbolista del mundo y que llevaría las barras y las estrellas a la primera página del fútbol mundial de una vez por todas.

Este niño es Fredua Korateng Adu, mundialmente conocido como Freddy Adu y este miércoles será rival de España en la semifinal de la Copa Confederaciones si Bob Bradley le concede algunos minutos. A sus 20 años, Adu es un futbolista con un buena base y proyección para aspirar a alcanzar en Europa mayores cotas que sus compatriotas, pero ni de lejos para convertirse en el mejor futbolista del mundo, como así lo venden en Estados Unidos desde que tenía 12 años. Ese es el principal problema con el que debe luchar Adu.

Llevamos tantos años escuchando que Adu será el Jordan del fútbol que cuando uno le ve por primera vez espera ver un derroche de virtudes que no existen, decepciona y, como consecuencia, se le infravalora. Recuerdo que antes del pasado Mundial Sub’20 disputado ante Canadá le pregunté a un internacional español por varias de las estrellas con las que se enfrentaría. El jugador mostró admiración y respeto por todos los nombres que le expuse, pero cuando en la conversación apareció el nombre de Adu su reacción fue una risotada.

Sin la parafernalia que le rodea y todas las esperanzas infundadas que se levantaron a su alrededor, Adu estaría mejor considerado en el mundo del fútbol porque cualidades no le faltan. Afortunadamente, el Adu producto no ha infectado al Adu persona a pesar de haberle privado de su infancia. Freddy trasmite una humildad alejada de su categoría de mesías del soccer. Su paso por Europa en las filas del Benfica y el Mónaco ha provocado que el jugador se dé cuenta de que tiene mucho trabajo por delante si quiere llegar a ser un referente en el fútbol de primera nivel y parece decidido a trabajar duro para llegar lejos, aunque antes deberá desprenderse de la condición de producto que le lastra. Gran parte del futuro del soccer en Estados Unidos depende de que lo consiga.

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