Histórico
10 febrero 2011Jose David López

Wolfsburgo: Un error llamado Steve McClaren

La posición estrategica del distrito de Fallersleben (Baja Sajonia), la llevó a adquirir un gran poder durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las extensas redes del gigante automovilistico Volkswagen, tomaron importancia política. Tanto, que las fábricas se multiplicaron para acoger a miles de trabajadores, que vivían en las dimensiones donde ejercían sus labores y que construían con celeridad equipos militares por órden del mismísimo Adolf Hitler. El líder germano, pronto visionó un enclave determinante, por lo que decidió levantar en la zona una estación de tren que sirviera para mejorar las comunicaciones con la ciudad, renombrada Wolfsburgo. Desde ese momento, pasó a ser epicentro general de la industria alemana, proporcionando una riqueza inmensa a la aún hoy potente Volkswagen.

El centro de Wolfsburgo, diferente al de cualquier otra ciudad, carece de edificios históricos y lugares de interés turistico, pero aglutina construcciones modernas. Un entorno absolutamente vanguardista, muy unido a la tecnología y al alto standing de muchos de sus habitantes, que desde el final del conflicto bélico en 1945, unieron a sus lujos el fútbol, ya que la omnipresente multinacional automovilística, fundó su propio equipo. Nunca se buscó éxito financiero, pero la pasión de sus hinchas y el compromiso del pueblo con sus colores, llevó a Volkswagen a promocionar su línea futbolística con inversiones cada vez más importantes. Hoy, aquél enclave militar, se ha convertido en un devorador de un fútbol en alza y la guerra, otrora introducida en sus venas, está instalada en el vestuario, siendo Steve McClaren el primero en ‘explotar’.

El inesperado título de hace dos campañas, cuando el Wolfsburgo (cuyo presidente es curiosamente el español Francisco Sanz) simplemente estaba progresando en sus objetivos de aspiraciones europeas, supuso un golpe anímico importante para los inversores. Un par de retoques de mercado, una gran elección en el banquillo con Felix Magath y un arranque de campaña con resultados motivadores, elevaron las expectativas muy por encima de lo previsto, conquistando por vez primera la Bundesliga. El espectacular registro de Dzeko, la eficacia anotadora de Grafite, los dotes de mando de Josué, las arrancadas de Riether o las buenas intervenciones de Benaglio, agruparon un proyecto convincente que podría ir a más. Se estiró el sueño con la llegada de la Champions pero aquellos campeones que sorprendieron a toda Europa y que lastraron a un Bayern todopoderoso, jamás volvieron a encontrar regularidad ni prestaciones como aquellos días liderando la Bundesliga. La marcha de Magaht, las intenciones de huída de algunos de sus cracks y la falta de consistencia en Armin Veh (un técnico de fuerte carácter), liquidaron esa progresión.

Un año de transición con devaluación de muchos de sus jugadores pero con la mentalidad institucional intacta por la fuerza financiera que les secunda. Por ello, se confió en un técnico imprevisible como Steve McClaren, capaz de alcanzar una final continental con un club menor como el Middlesbrough, derrocar a la selección inglesa o renacer en el Twente. Ese estilo calculador, defensivamente poderoso y de grandes alardes técnicos, atrajo al Wolsfburgo, convencido en recuperar su crédito con un proyecto renovado en el banquillo y en la plantilla, reforzada con jugadores en crecimiento como Kjaer (considerado central revelación en el Palermo), Friedrich (zaguero de reputación nacional) o Diego (la pieza angular que haría crecer al global). El míster inglés, enamorado de sistemas con un solo punta y privando alegría a sus carrileros, se ganó enemigos casi nada más aterrizar, pues Grafite pasó a un plano secundario, otorgó más liderazgo a sus bregadores (Josué-Hasebe) y la conexión defensiva perdió efectividad. Enormes problemas a balón parado y múltiples errores en concentración, debilitaron la moral del grupo, incapaz de elevar sus resultados desde que arrancara la temporada y destinado a un suplicio eterno hasta que el curso finalice.

Antes de ello y viendo la depresión general, la directiva volvió a entrar con fuerza en el mercado invernal, fichando hasta seis jugadores (algunos interesantes como Helmes, Mbokani o Tuncay) pero el vestuario se había sublevado a las teorías de su entrenador. El sábado, en el derbi sajón ante el Hannover, se consumó una nueva derrota y se prolongó una racha de once partidos con una sola victoria. Diego hizo caso omiso al mandato de McClaren en una pena máxima (no debía lanzar el brasileño sino Helmes) y encima lo falló. Un pulso directo hacia un míster que tenía las horas contadas y que este lunes fue cesado. “Ya no estamos convencidos de que podemos terminar la temporada con la estabilidad necesaria para trabajar con Steve McClaren. Tratamos de remar juntos hasta lo último. Lamentablemente hemos perdido la fe”, dijo Hoennes. Un error en busca de una ambición excesiva, de un deseo de superación que tendrá que esperar y que quizás recale ahora en brazos del singular Rangnick. McClaren vuelve a las andadas.

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