Histórico
3 enero 2011Jesús Camacho

Xavi y el ‘Tarzán’ Migueli

Un potente recuerdo inundó mi memoria al ver al hijo de Migueli hacer el saque de honor junto a su padre en el Nou Camp, uno de aquellos flashes del tiempo que te transportan a aquellos instantes de niñez que por una u otra razón quedan marcados para siempre en el importante puzzle vital que constituye nuestra infancia. De uno de ellos mantengo muy presente y vivo el recuerdo de un encuentro que quizás nos marcó a mí y mi hermano. El encuentro con la que para mí representó una imponente figura que generó en mí sensaciones encontradas de inquietud y curiosidad.

En cambio en el rostro de mi hermano mayor se podía retratar la feliz cara de la ilusión, él en cambio se encontraba con el ídolo al que hacía entrega de uno de aquellos cromos antiguos de los años setenta para que el citado personaje le regalara su preciado autógrafo. Aquel gigante me era conocido, sobretodo porque su aspecto físico coincidía con el del cromo que mi hermano portaba en sus manos, pero a mis seis años -sin levantar apenas un palmo del suelo- estuve en todo momento más preocupado por su inquietante e intimidatoria presencia que por cualquier otro tipo de cuestión.

Aún así cuando aquel hombre de pelo largo y bigote se despidió de nosotros tocando nuestras cabezas pregunté raudo a mi hermano: ¿Quién es?

- Es Tarzán Migueli, central y capitán del Barcelona. Respondió con emoción.

En efecto aquel tipo gigante era Miguel Bernardo Bianchetti ‘Migueli’, ceutí de nacimiento, ex jugador del Cádiz y futbolista consagrado del Barcelona que solía visitar cada cierto tiempo un taller mecánico situado a escasos metros de nuestra casa sita en la calle Celestino Mutis de Cádiz.

Al verle recordé aquel instante de nuevo y comprendí por fín lo experimentado por todos y cada uno de los delanteros que se las tuvieron que ver con él en aquellos años setenta y ochenta. Posiblemente experimentaron una sensación parecida a la de aquel niño de seis años que se encontró con el gigante. Un gigante que fue dueño de la zaga azulgrana durante dieciséis años, con unos fundamentos futbolísticos basados en la fortaleza, la colocación, la intimidación, la dureza y la contundencia, que le valieron para ganarse el cariñoso apelativo de “Tarzán Migueli” por parte del genial Héctor del Mar.

Dueño y señor de los galones del equipo hasta 1989, cuando a la edad de 38 años puso punto y final a su carrera como blaugrana dejando para los libros de la historia del club la casi inalcanzable marca de 549 partidos. Pocos podían imaginar en aquel entonces que veintiún años después, un tipo de pequeña talla  física, gran talla técnica y unos fundamentos futbolísticos diametralmente opuestos a los de Migueli le iba a igualar y batir aquella marca. Su nombre Xavi Hernández y como muy bien dijo Migueli “A Xavi le deseo lo mejor. Me superará un campeón del mundo, un chico de la cantera y para mí es un elogio. El mérito no es sólo llegar a 549 partidos, sino superarse cada día, entregarse al club que uno aprecia”.

Xavi lo ha conseguido y quizás en su figura queda referenciado el evidente cambio producido en la política deportiva del club. Un tipo pequeño en estatura acaba de batir el registro de un gigante, casi inalcanzable, jugando al fútbol desde su altura, pero sobre todo desde su grandeza e inteligencia. Y es que bajo mi punto de vista -sin olvidarnos de Puyol que se acerca más al perfil Migueli- Xavi merecía ser el primero en llegar porque ese cambio de estilo solo podía quedar personificado de forma tan fiel en la figura del futbolista de Tarrasa.

Es por ello por lo que ayer cuando vi al genio de Tarrasa abrazarse al Tarzán Migueli tuve la sensación de que la diferencia de altura había dejado de ser trascendente para siempre. Un mito del barcelonismo le cedía el testigo a otro, especialmente orgulloso de que Xavi fuera su sucesor en los libros de historia azulgrana.

Una historia que ahora se escribe con X de Xavi, y se inició el 3 de octubre de 1998, cuando doce temporadas atrás, Van Gaal le hizo debutar ante el Valencia. Aquella que propició la imagen que generó en mí el poderoso recuerdo con el que comencé a perfilar los primeros retazos de uno de los flashes temporales de mi niñez.

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