Histórico
5 enero 2011Jose David López

El fin del Rangnick-heim

La pérdida de confianza es, quizás, uno de los males endémicos que arrastra el mundo global en el que vivimos. Se ejemplifica, por ejemplo, en quien representa nuestro papel como ciudadanos de una conglomeración urbana, incapaces de mantener un status regular donde todo sea lícito y en valor de la virtud. También en aquellos que nos rodean familiarmente o en los que lo hacen desde un prisma profesional. Cuando la relación de estabilidad se desnivela, cuando surgen dudas en torno a quien te  guarda las espaldas o existen pruebas contundentes sobre una falta de protección en el cimiento clave, todo salta por la borda.

En tierra de altas tecnologías, Hoffenheim, donde la automoción es un lujo humilde y la informática un oasis más hacia el crecimiento global, nació margen para la ilusión, los milagros cumplidos y las emociones consolidadas. Todo, por una pelota y por el protagonismo de una ciudad de poco más de 3.000 habitantes, marcando el paso en el creciente fútbol alemán. Sin embargo, también existe oquedad para el desencanto, la decepción y la falsedad, la celada mortal donde se vio atrapado el proyecto más revolucionario del fútbol europeo en los últimos años, el ya extinto Hoffenheim de Ralf Rangnick.

Hace ya cuatro años, él fue el atrevido que optó por remangarse y coger un proyecto pionero con muchas vías hacia el fracaso, aunque con el resolutivo valor del dinero. El plan de un millonario de la zona, el aún presidente y omnisciente Dietmar Hopp. Un mecenas cofundador del gigante europeo de software SAP que, aficionado al fútbol y enamorado del club de su aldea desde la niñez, provocó el caos en las divisiones inferiores del fútbol germano. Lo que nadie pensaba es que sus euros, cosechados a base de remolacha, carbón y caracoles de viña (vendidos posteriormente a los restaurantes de la zona cuando era un niño y aportaba dentro del oficio paterno), iban a llevar el nombre de la pequeña población norteña a lo más alto. Su TSG (Turn- und Sportgemeinschaft, siglas del Hoffenheim) se convirtió, en tiempo record, en el club más admirado desde los rincones románticos de este deporte, logrando ascender consecutivamente desde la Regionalliga Sur a la Bundesliga. No contento con ello, estabilizó el proyecto siendo líder y equipo revelación en su primera campaña y club a seguir desde entonces.

Rangnick pasó a ser un ídolo intocable en la ciudad y un nombre referente en el fútbol alemán de nueva hornada, ése que le premiaba tras fracasos en Stuttgart o Schalke durante sus primeros años como entrenador. Hopp planeaba el futuro con la estabilidad de una plantilla que, retocada con cuatro o cinco jóvenes con proyección cada campaña, estaba logrando concretar su puesto como club poderoso capaz de torpedear la historia de otros que ahora lo miran desde abajo. Las bases estaban implantadas, tal y como demuestra la construcción del moderno estadio Rhein-Neckar-Arena, el premio de la DFB (Federación Alemana de Fútbol) a la mejor escuela de élite, la proliferación de centros de alto rendimiento para jóvenes y, desde luego, la ya lograda autofinanciación, el gran objetivo del propio Hopp desde que entró en esta aventura.

Pero pese a todas estas grandes premisas y éxitos en una manera de entender el deporte rey, la pérdida de la confianza en una relación profesional, desemboca en tragedia. El todopoderoso Bayern de Múnich, siempre inmerso en cualquier batalla dentro del fútbol alemán, ha desestabilizado uno de los pilares mejor amurallados del TSG, la relación técnico-mecenas de Rangnick y Hopp. El gigante bávaro, siguiendo su dinámica histórica de reforzarse a costa de debilitar a sus enemigos de la Bundesliga, preguntó excesivamente por Luis Gustavo, una de las debilidades personales de esa distinguida apuesta por la juventud semi-desconocida. El mediocentro brasileño, clave en los esquemas del míster, se dejó querer, los muniqueses rápidamente vieron opciones de comprar al que ya parece ser el sustituto de Van Bommel y la directiva accedió a dar luz verde a su fichaje. Nada extraño para los del Allianz ni para la larga lista de traspasos que repiten el mismo patrón, pero sí un punto irreconciliable para Rangnick, que había pedido públicamente y en privado, la continuidad de su destructor.

“Es el único caso de un jugador que es vendido sin que el entrenador haya sido directamente informado, eso provocó mi decisión, explicó Rangnick. Las divergencias son claras pero más allá de la pérdida de confianza, Dietmar Hopp sabe que ha dejado escapar a una leyenda irrepetible para su club (“El único éxito de nuestro progreso a la máxima categoría irá siempre ligado a Ralf Rangnick”, apuntó), que empieza una nueva etapa de dudas, venta de estrellas vinculadas a su técnico y retoques en el plano deportivo. Es el fin del Rangnick-heim.

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