Histórico
30 enero 2011Jesús Camacho

Aragao el juez ‘artillero’

Francis Picabia, pintor francés nos regaló uno de sus instantes de genialidad al pronunciar la siguiente frase: “Nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección”. Una frase en la que creo queda resumida la increíble pero verídica historia que a continuación os voy a relatar. Y es que la misma basa su guion histórico en la esfericidad, el pensamiento y la dirección, pues al protagonista de la misma un pesado pensamiento de inoportunidad  le invadió un instante después de cambiar la trayectoria de aquel objeto esférico que una tarde de octubre de 1983 marcó para siempre su carrera deportiva:
9 de octubre de 1983, estadio Morumbi.

Sobre el terreno de juego dos equipos con gran peso histórico en Brasil, de un lado el Santos y del otro Palmeiras, blanco sobre verde. Dos equipos con el peso histórico sobre sus espaldas del “Ballet Blanco” de Pelé y la Primera Academia Verde de Julinho y Ademir da Guia respectivamente. Todo un clásico del Torneo paulista, en el que ambos perseguían al por entonces líder Corinthians, y que según las crónicas de la época resultó tremendamente vibrante e igualado.Un destino que sufrió una alteración crucial con la agónica y genial acción del santista Lino, que con un remate sensacional al ángulo clavó el 2 a 1con el que logró alterar el luminoso de Morumbi. Aquel tanto rescató de su letargo a la afición de Santos, que estalló de alegría y lo celebró a modo de Carnaval. Para ese momento el encuentro parecía liquidado, todos aguardaban el pitido final, con él, el regreso a casa, la derrota, la victoria. El instante en el que Morumbi apagaba sus luces y quedaba vacío mostrando su cemento impregnado de recuerdos, ajeno al inminente juego del destino, que aquella tarde le tenía reservado uno de sus caprichosos giros. Una de aquellas jugadas en las que en fracciones de segundo se tambalean las historias deportivas de todos y cada uno de los actores principales que intervienen en la citada representación esférica.

Y es que cuentan las crónicas de la época que aquel gol de Lino reactivó un encuentro que parecía dormido. Palmeiras reaccionó y salió a por el empate a la desesperada, apurado por las típicas prisas a las que la inexorable carrera del reloj hacia el minuto 90 te empujan inevitablemente. Así el conjunto verde comenzó a lanzar centros al área del Peixe, acciones que los defensores del Santos resolvieron sin ningún tipo de problemas, hasta la llegada del alargue y aquel fatídico minuto 46 -91- de partido.

Un alargue de tres minutos decretado por un trencilla que sin saberlo acababa de citarse con la historia y su destino personal. Y es que en una de sus últimas embestidas, Palmeiras botó un corner desde la izquierda. Un corner botado a primera vista sin problemas para la zaga de Santos, puesto que el balón salió muy bombeado y alto para que Marcio -defensor de Santos- despejara. El zaguero despejó pero la pelota fue a caer a los pies de Jorginho, delantero de Palmeiras que le pegó como venía. La trayectoria del esférico tomó y mostró entonces un rumbo inequívoco, alejado de las inmediaciones del arco. Fue un imperceptible microsegundo en el que la afición de Santos respiró aliviada, la victoria parecía confirmada, pero para desgracia suya en aquella trayectoria hacia la nada, el esférico se encontró con la alargada figura de negro de José de Assis Aragao.

Colegiado de profesión que pegado al palo, con un pie dentro y otro fuera del terreno de juego intentó esquivar la trayectoria, con tan mala suerte que fue justo a golpearlo con la punta de su bota para cruzarlo perfecto al otro palo. El portero de Santos no daba crédito a lo que veían sus ojos. Aragao le acababa de hacer un golazo en el último minuto pero Aragao era el árbitro. En aquel fatídico instante Aragao pensó: “tierra trágame”, pero como juez tuvo que tomar una decisión y tras respirar hondo no pudo hacer otra cosa que señalar con su dedo el centro del campo. Y es que no tenía opción puesto que el reglamento contempla al árbitro como “aire” sin influencias en las jugadas pero aceptando las consecuencias que de esto se deriven.

Los jugadores de Santos encolerizados se lo querían comer, mientras los de Palmeiras festejaban aquel golazo de su inesperado aliado, al que incluso con mucha sorna algún componente verde se acercó para celebrarlo. Involuntariamente Aragao entraba en la historia del fútbol por una acción que le estigmatizó para el resto de su carrera, de su vida…

“Si había un pozo en el Morumbí, con certeza me habría metido ahí y no salía más. Estaba tan mal que cuando el partido terminó, abandoné el campo dispuesto a dejar el arbitraje, me fui convencido de que no iba a seguir dirigiendo. Pero el presidente del Santos, Ernesto Vieira, me persuadió para que continuara, me dijo que dejar sería una gran tontería”.

El colegiado tuvo que salir escoltado con una avalancha de insultos e improperios lloviéndole sobre su cabeza, con el paso de los años fue entrevistado sobre el citado hecho y además de lo anteriormente citado declaró en referencia a la concesión del gol: “El gol no me lo anoté a mí, je. Se lo anoté a Jorginho, que fue el que pateó. Sin dudas hacer un gol fue lo más increíble que me pasó en un partido”.

Aún así Aragao se siente orgulloso de haber sido colegiado, fue un incidente puntual pero trascendental en su carrera que sin embargo no le impidió disfrutar de su profesión: “El arbitraje me dio grandes satisfacciones. Me permitió conocer todos los países sudamericanos; visitar Europa, y en especial el Vaticano, donde fui recibido por el Papa Juan Pablo II. Fue una carrera maravillosa en la que hice muchos amigos”.

Y es que José de Assis Aragao, o Canarinho, como le decían en las calles de su barrio, fue un chico que creció soñando con jugar al fútbol pero emulando a los Barbosa, Yashine, Zamora, Banks y compañía pero que acabó ingresando en la Asociación Nacional de Árbitros de Fútbol Brasileña en la que se convirtió en colegiado, juez, y en aquella ocasión también parte

Una historia increíble y absolutamente verídica, incuestionablemente involuntaria por la forma en la que se produjo, aunque sobre la figura de Aragao siempre sobrevolará la metáfora de una duda: La posibilidad de convertirse en héroe y a su vez villano, sentir la emoción de anotar un gol en un Morumbi abarrotado y la explosión de la hinchada cantando su gol. Desde aquel día José de Assis Aragao pasó a la posteridad como el “Juez artillero”.

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