Histórico
18 diciembre 2010Jose David López

Buscando el Schalker Kreisel II

El Schalke continúa su participación en la Champions League 10-11. Aprovechando que tenemos allí a tres españoles y que ha sido designado como el rival del Valencia en los octavos de final, analizamos su situación y recordamos al que fue el mejor equipo de su historia con un post que publicamos a comienzo de temporada.

Gelsenkirchen jamás ha podido esconderse ante las renovaciones sociales de su situación geográfica. Epicentro de la Revolución Industrial del S.XIX, progresó de manera espectacular gracias a la extracción de carbón, lo que provocó que su población se multiplicara drásticamente. Los nuevos mineros echaron raíces en la zona y una de sus mejores costumbres se convirtió en pasión, la que sentían cada vez que se acercaban al destronado Glückauf-Kampfbahn. Allí, en el extinto aunque coqueto estadio del Schalke (35.000 espectadores hasta la aparición del Veltins), se exhibía el fútbol más vistoso, vertical, ofensivo y mágico de Alemania. Los analistas que lo disfrutaban, pronto le dieron nombre, pues aquella obsesión por el pase corto, movimientos constantes y profundidad aseada, renovó el concepto futbolístico germano, dotándolo de sentido y atractivo. Fue, el Schalker Kreisel (el rondo del Schalke).

Sus creadores, los culpables de aquellas pasiones desatadas vestidas de azúl, fueron dos cracks de la época poco reconocidos por la historia del fútbol alemán. Ernst Kuzorra fue el motor goleador, el pundonor y la pegada de un club poderoso técnicamente y su ‘hermano’ Friedrich Sczepan (fue su mejor amigo y se casó con la hermana de Kuzorra), ponía la inteligencia, el toque sutíl y la asistencia para los highlights. Los dos se unieron al Schalke con apenas 18 años, consiguieron seis títulos consecutivos, dominaron el fútbol alemán con un estilo jamás visto y regalaron al club el caché y la magia que hoy desprende entre sus aficionados. Un favor único que fue en aumento y que hoy en día se refleja cada semana en el Veltins Arena, donde 60.000 leales hinchas esperan recuperar aquellas sensaciones históricas. Hoy, pese al gasto, la fidelidad y la gigantesca masa del club, nadie ignora que el Schalke está a años luz de su mejor momento y el segundo año de Felix Magath vira en esa dirección, la de renacer aquél Schalker Kreisel.

Y es que la ansiedad de la Marea Azul es tremenda pues desde 1958, cuando levantaron por última vez el título nacional, la sequía no ha cesado. 42 años más tarde, tras una larga travesía donde su única semi-alegría fue la UEFA en 1997 (vencieron al Inter en los penaltis), existían ingredientes para pensar que el proyecto ganador que construía Magath, tomara la forma definitiva de campeón. Y ese moldeo se convirtió en ilusión cuando el mercado regaló un icono mundial como Raúl González, fruto de la necesidad del eterno madridista para demostrar que aún le quedan goles por sumar y de la saneada economía de un club que, ante todo, gasta sin demasiada lógica cada verano. El delantero era el aire fresco del campeonato, de la ciudad que más vive el fútbol en toda Alemania y, sobre todo, el impulso que necesitaba la dirección deportiva para dar un salto. Quizás esas sensaciones fueron demasiado exageradas porque, sorprendentemente, se abrió la puerta a jugadores que habían representado al club en los últimos tiempos con un buen rendimiento. No se entendió la venta de Rafinha, que ha dejado sin dueño de cartel el carril diestro o la de Westermann, quizás el comodín más rentable de toda la Bundesliga (además vendido a un rival directo como el Hamburgo). Sin olvidar, desde luego, a dos veteranos que habían liderado las áreas, pues Bordon firmó su retiro dorado en Arabia y Kuranyi decidió que marcar goles sin premio (por aquello de la ignorancia de Joachim Low hacia sus números) ya no suponía un reto, sino un peso teniendo en cuenta los ceros de las nóminas que le ofrecían en Rusia.

Demasiadas bajas sensibles para un equipo que tenía una base bien estructurada, por más que su estilo no acabe de encajar con la alegría del campeonato alemán y por más que siempre desprenda falta de inteligencia táctica. Y es que el Schalke, que tuvo opciones de título el pasado curso, sigue siendo un club lento en transición, apático de ideas creativas y con un tapón enorme en tres cuartos de campo, pues su mayor deseo ofensivo es el balón largo hacia la movilidad de sus delanteros. Más allá de todo lo que representa la figura de Raúl, que va a necesitar tiempo para entender este fútbol directo sin control, la nueva base la forman jóvenes con galones de veterano.

Neuer es ya el portero internacional, capaz de grandes paradas y de noches dubitativas. Howedes es uno de los centrales germanos de mayor futuro aunque tiene que progresar en movimientos laterales. Rakitic es más necesario que nunca por su capacidad técnica y asistente, algo que aún tiene que explotar para bien de sus compañeros, que esperan una versión mejorada de lo que ha mostrado hasta ahora. Jurado, su clon en esta plantilla, debe ser su competencia y a poco que logre adaptarse, le arrebatará el puesto. Y Farfán, veloz pero alocado, sigue siendo la mejor esperanza ofensiva hasta la llegada de Huntelaar, el killer al que este Schalke le va que ni pintado. El holandés siempre rinde en números, por más que cueste encajarle en algunos esquemas.

Una mezcla sin razonamiento a largo plazo, sino con urgencias en el mercado veraniego. Tres derrotas ligueras ante equipos teóricamente inferiores, una imagen demasiado golpeada para los hinchas que presagiaban una campaña de éxito y, sobre todo, una plantilla corta y vacilante para afrontar tres torneos de máxima exigencia. Ya no hay un Kuzorra ni un Sczepan. El Schalker Kreisel seguirá subsistiendo en el pasado.

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