Histórico
11 noviembre 2010Jesús Camacho

Francia 98: Zidane supera a Platini

12 de julio de 1998, pasan ya sesenta años desde que Francia no acoge una final de la Copa del mundo, en aquella ocasión el Estadio Olímpico de Colombes de Paris ejerció como escenario de la tercera final de la historia con Italia y Hungría como protagonistas. La participación gala en aquella final de 1938 -excepción hecha del público francés que asistió al evento- se redujo a la dirección arbitral del colegiado George Capdeville. Circunstancia diametralmente distinta a lo acontecido sobre el majestuoso estadio de Saint Denis, que copado por 75.000 personas fue testigo de la coronación de una excelente generación de futbolistas franceses liderados por Zinedine Zidane, el nuevo emperador del fútbol.

Pero esta es la resolución de la historia pues aquella final comenzó a jugarse mucho antes, en las habitaciones de los hoteles en los que Francia y Brasil velaron armas para la batalla definitiva. En el hotel de la selección francesa, donde Laurent Blanc -que no podía jugar la final por sanción- arengaba a sus compañeros y se acercaba a la habitación de Zizou consciente de la importancia que tenía el genio marsellés en el futuro de su selección, que vivió dicho momento de la siguiente manera: “Recuerdo perfectamente que la víspera Laurent Blanc vino a mi habitación y me lanzó este discurso: -“Hasta ahora, has jugado bien, todo el mundo está de acuerdo. Pero te debes a ti mismo destacar, marcar en un partido. Y qué mejor ocasión que la final”. Esas palabras se me quedaron para siempre grabadas en la memoria”.

En cambio en el hotel en el que descansaba la expedición brasileña se vivió una situación de enorme tensión y confusión: Ronaldo, el futbolista más determinante de aquel equipo junto a Rivaldo pasó por momentos muy delicados. Y es que el delantero se sintió mal la madrugada del domingo 12 de julio, a pocas horas de jugarse la final. Después del almuerzo sufrió dolores de cabeza y estómago, mareos, escalofríos y convulsiones que obligaron a llevarlo a un hospital.  El propio Ronaldo lo vivió así: “Me fui a dormir y luego tuve un ataque de convulsiones que duró unos 30 segundos. Luego desperté y me dolía todo el cuerpo, pero con el tiempo el dolor fue disminuyendo y pude relajarme un poco. Tuve un miedo terrible. Perdimos el Mundial pero yo gané otra copa, la de la vida”.

La confusión que se vivió en el seno de la expedición brasileña fue tremenda, compañeros suyos como Edmundo y Roberto Carlos al ver el estado físico del ‘fenómeno’ temieron por la vida del futbolista. Obviamente en estas condiciones Ronaldo no debería haber jugado y aunque lo hizo fue totalmente mermado tanto en el aspecto físico como psicológico. Así y pocas horas después arrancó la que fue posiblemente la final más clara en cuanto a superioridad desde la grandiosa exhibición de Brasil en México 1970, o la clara diferencia de Italia sobre Alemania en España 1982,  puesto que Francia superó amplia y merecidamente a la selección brasileña.

La Francia de Aimé Jacquet descansaba obviamente en la genialidad y el liderazgo de Zinedine Zidane, pero en derredor suyo había construido un conjunto muy sólido que permitía el brillo de la estrella marsellesa. Basta citar una línea defensiva compuesta por Lilian Thuram y Desailly en el mejor momento de sus carreras, también al extraordinario Blanc o los magníficos Le Bouef y Lizarazu. Una media con un doble pivote defensivo desempeñado por Petit y Deschamps -también por Karembeu y Vieira- y una línea creativa de ataque con futbolistas del talento y la efectividad de los Henry, Trezeguet, Djorkaeff, Guivarch, Dugarry… En definitiva un selecto grupo de artistas arropados por un bloque y un sistema táctico muy sólido y definido.

Por su parte la Brasil del legendario Mario Lobo Zagallo, descansaba en gran medida en la inspiración de sus grandes estrellas, especialmente en el talento de Ronaldo, Rivaldo y Roberto Carlos, más la aportación de otros futbolistas en el tramo final de su carrera como Bebeto y Dunga, este último aportando solidez en el medio campo junto al trabajo de César Sampaio o Emerson. Mientras, en defensa resultaba esencial el aporte del excepcional Aldair y el central Junior Baiano, dejando las bandas para los no menos espectaculares Cafú, Roberto Carlos o Leonardo. En la portería Taffarel se mostraba como uno de los grandes porteros de la historia de la seleçao.

Bajo estos condicionantes y con arbitraje del marroquí Said Belqola arrancó la decimosexta final de la Copa del Mundo de la historia, que desde su inicio fue controlada por aquella nueva Francia con la que algún que otro extremista no se identificaba porque constituía la representación ideal de la pluralidad de su país. Y así con aquella pluralidad racial, física, táctica y técnica se impuso a Brasil, que nunca encontró su sitio y fue testigo de la neutralización de sus estrellas.

Además del buen funcionamiento táctico del equipo de Jacquet, con el balón hacían grandes cosas, pues de las botas de Zizou no podía brotar otra cosa que no fuera buen fútbol. Aunque paradójicamente el desequilibrio de aquella final llegó a través de una de las suertes del remate que menos ponía en práctica Zidane. Y es que a la media hora de juego Zizou desequilibró la balanza con un inapelable y certero remate de cabeza, acción con la que el futbolista galo de ascendencia argelina se ganaba de forma definitiva el corazón de su país, que era testigo de la emersión de una selección a la que el fútbol le pagaba antiguas cuentas pendientes de generaciones precedentes.

En esta ocasión con una selección francesa que representó la integración racial y aunque pueda parecer demasiado osado que para mí contribuyó con una granito de arena a ello, cada gol de aquella final lo fue y el segundo de Zizou en el minuto 46 al filo del descanso, con otro testarazo calcado al anterior no fue menos. Les Bleus habían conseguido poner tierra de por medio y la segunda mitad fue de puro trámite, pues Brasil no tuvo poder de reacción ante un equipo sólido y tremendamente organizado que consiguió que Fabien Barthéz no fuera más que un mero y privilegiado espectador de la victoria de su equipo en una final de la Copa del Mundo. Ronaldo, la gran amenaza no apareció y deambuló por Saint Denis por lo que tuvo que posponer su coronación mundial para dejar paso a Zinedine Zidane y a la gran Francia que redondeó su victoria con el tercero de Petit en el minuto 92 de partido.

Lo vivido por Francia en aquel año de 1998 se resume en dos instantáneas, el gesto de inmensa felicidad de Didier Deschamps alzando al cielo la Copa Jules Rimet y la inmensa faz de Zinedine Zidane proyectada sobre el Arco del Triunfo parisino, que vistiendo la imagen de un genio hizo honor a su leyenda. Aquella con la que Napoleón edificó y escenificó su histórico discurso tras la Batalla de Austerlitz (1805): “Volveréis a casa bajo arcos triunfales”. El Arc de Triomphe, que por un día se convirtió en el Arc de Zidane…

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