Histórico
18 noviembre 2010Francisco Ortí

España y la penitencia del campeón

La victoria se conjuga dulce en el presente, pero inicia un futuro repleto de amargas exigencias. Esa es la realidad en la que vive actualmente la Selección española de fútbol después de proclamarse campeona del mundo en Sudáfrica. Con el triunfo ante Holanda, la Roja asumió el reto mantener el nivel, y también en convertirse en un reto para sus oponentes. Todos quieren destronar al mejor y esa es España, como lo corrobora la estrella dorado que duerme sobre su pecho.

Por ello, para la Selección de Vicente Del Bosque ya no existen los amistosos. O, lo que es lo mismo, no existen en la mente de su rival. Lo que se presenta como un partidillo sin nada en juego para los españoles, es un duelo histórico para el enemigo, una oportunidad para sanar un orgullo herido. España lo sufrió ante Argentina, en crisis tras la marcha de Maradona, y este miércoles volvió a ser víctima de la penitencia del campeón ante la nueva Portugal de Paulo Bento.

La derrota en El Monumental contaba con las excusas de que la temporada acabada de comenzar, que los jugadores continuaban resacosos del triunfo en Sudáfrica, o que el largo viaje hasta Buenos Aires les había desgastado demasiado. Se aceptan todas. Para lo de Lisboa, en cambio, no se encuentra defensa posible. Bien es cierto que las derrotas se producen en partidos amistosos, que no cuentan para nada, pero duelen. Y duelen no sólo por lo abultado del resultado, si no por la imagen ofrecida por unos jugadores que hace menos de cuatro meses se coronaron bajo el cielo de Sudáfrica.

España cayó sin paliativos ante Portugal con un sonrojante 4-0. El estadio Da Luz se convirtió en una fiesta para mofarse de los vecinos y cerró el encuentros entre Olés y “campeões, campeões“. “Peor no podemos jugar”, reconoció Vicente Del Bosque tras el pitido final. Fue una actuación indigna de una campeona del mundo cuyos éxitos de los últimos tiempos se han caracterizado por valores como la humildad y modestia. El lado positivo es que las derrotas no han llegado fruto de una pérdida de esa característica sencillez, si no a la ingenuidad de quienes confían en que un amistoso no es más que un amistoso.

Para Argentina no lo fue y para Portugal tampoco. Y ambas han sanado sus heridas a costa de España. La albiceleste ganó oxígeno para el nuevo proyecto de Sergio Batista, y los lusos hicieron lo mismo para Paulo Bento, en la transición tras el traumático paso de Carlos Queiroz por la Selecçao. Dos goleadas que deben servir a España como revulsivo, como muestra de que la estrella que luce cosida encima del escudo es algo más que un premio, también es una obligación. La obligación de afrontar cada encuentro, oficial o no, como una final, porque para el rival ya lo será.

Las dos humillantes goleadas, pese a todo, no deben marchitar el prestigio ganado a base de fútbol ni empañar el gran año que ha firmado una selección que ha hecho sentir orgullosos a todos los españoles. El batacazo en Lisboa ha sido doloroso, pero España debe levantarse y recuperar su filosofía para encarar una nuevo reto: la Eurocopa 2012 de Ucrania y Polonia.

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