Histórico
19 octubre 2010Jose David López

McGeady y Alex, apacible talento en Moscú

“Es una ciudad cosmopolita donde nadie nos conoce, es imposible que te molesten por la calle y todo el mundo está concentrado exclusivamente en sus tareas sin increpar la vida de los demás”. Tan sosegada cita no procede de una estrella de cine ni de un gobernador americano, sino de dos futbolistas semi-desconocidos para la gran élite del deporte rey que, por su carácter moderado y su amor por la serenidad, decidieron cambiar de aires su hiperactiva vida deportiva. Dejaron atrás el liderazgo que tenían en los clubes donde habían explotado, olvidaron el estrés que tal rol les demandaba y buscaron el cobijo de una urbe gigantesca donde, pese a todo, encontraron la paz interior que para muchos supone ser futbolista de primer nivel en Rusia.

Siendo capaz de olvidar el frío, entendiendo que la vida de un futbolista es a veces demasiado tensa como para disfrutarla y siempre condicionado favorablemente por la idea de que tu estatus social facilita cualquier problema, vivir en Moscú puede ser reconfortable. Eso pensaron dos ídolos de Glasgow y Porto Alegre, de personalidad estable y talante reposado, cuando decidieron romper con su brillante pasado personal para aventurarse al Luzhniki y su frialdad. Hoy, representan una especie en extinción. No por su cambio de aires, sino por el motivo real de tan gigantesco giro a sus carreras, notablemente consagradas allí donde eran venerados y tan secundarias allá donde ahora respiran plácidamente. Aiden McGeady y Alex Maschini (que por desgracia no estará este martes ante el Chelsea por lesión de última hora) son forasteros en el Spartak de Moscú, tierra de rublos y personalidades apacibles.

El ADN de todo irlandés respira paz y placer por sus costumbres cotidianas, quizás aquellas ‘pintas’ que ahora tanto eche de menos McGeady en la capital moscovita. El extremo irlandés (aunque nació en Glasgow decidió siempre unirse internacionalmente a sus raíces irlandesas), siempre estuvo muy vinculado al verde de su bandera y al del Celtic, ya que toda su familia defendía ancestralmente a los ‘católicos’. Rechazó marcharse al Arsenal con sólo 10 años y logró hacer realidad su sueño con apenas 16, cuando Martin O´Neill le hizo debutar en Celtic Park vestido de Hoops. Meses después, siendo un niño, también se vestía de corto como un irlandés de pro. Seis años cumpliendo el que había sido su reto infantil, su objetivo como adolescente para tu vida profesional, le endiosaron de por vida como icono del club. Zurdo aunque con la capacidad para jugar en cualquier posición de la medular, eléctrico, de velocidad exagerada, desequilibrante y muy técnico para ser un irlandés más, sus cualidades lo situaron rápidamente como la estrella nacional de la última hornada. Cuando apenas era niño, su primer entrenador le llamó ‘aidinho’ pues su talento, más propio de un brasileño, evidenciaba que marcaría una época. Su garra y sacrificio como británico, le suman además un ‘plus’ de competitividad y sólo su mal fario con las lesiones, impidió mayores alegrías.

Entre churrascos y chimarraos (parecido al mate argentino) al atardecer de Porto Alegre, disfrutando de un sol constante y con la idiosincrasia que ser jugador de élite en Brasil significa, Alex pasó cinco años (un dato que refleja la estabilidad del jugador y su idea de tranquilidad profesional) de gloria con el Colorado. Tres gaúchos, una Recopa, una Copa Sudamericana, una Copa Libertadores y hasta un Mundial de Clubes, honraron su presencia en el Beira-Río, donde formó (sobre todo en 2008), un tridente espectacular junto a D’Alessandro y Nilmar. Un llegador tozudo, potente, con la capacidad de anotar 56 goles (pese a que empezó jugando de lateral y hasta fue internacional en esa posición) y la frialdad de no querer ser elogiado por ello. Especialista en lanzamientos desde media distancia o a balón parado pero también un divo en su remanso de paz, alejado siempre de la noche, los excesos y la polémica.

Uno y otro, irlandés y brasileño, Arien y Alex, son compañeros en el Spartak de Moscú. Un día, uno cualquiera, se cansaron del estrellato de quienes le rodeaban y de las incomodidades que ser deportista reconocido les generaban. Dos zurdos, jugadores creativos y desequilibrantes que otorgan al club más nacionalista de Rusia un punto de exotismo pero también de talento contrastado. No será suficiente para competir con el poder de Zenit, Rubin o CSKA en la Premier Rusa pero sí para marcar diferencias en Champions, donde ya han sido capaces de vencer al Marsella (su verdugo en semifinales de 1991) y cumplir ante el Zilina. Hoy llega el Chelsea, favorito, mediático y arrollador, justo aquellos focos que ignoraron en su momento los dos cracks del Luzhniki.

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