Histórico
25 octubre 2010Jose David López

Feyenoord: Un niño ‘feyenoorder’

Tenía 8-9 añitos. Los problemas son una imaginación del futuro y la felicidad se consigue casi sin querer, como producto de la propia inocencia de un niño tremendamente inquieto (hiper-activo le diagnosticaron después). Ya por entonces, la pelota, dichoso elemento en la vida de un hombre y único compañero fiel de por vida si existe conexión-cariño, había ‘calado’ en los pensamientos diarios de ese aspirante a futbolista (a esa edad el sueño nunca es otro). El camino al colegio era relativamente corto y cada lunes, cuando tocaba regresar a casa para comer antes de volver por la tarde (por entonces existía jornada partida), el único objetivo era llegar cuanto antes. No se trataba de angustiosa hambre ni tampoco había dejado deberes sin hacer, pero allí, en el salón, y sólo en aquella televisión de uso casi exclusivo de fin de semana (siempre se comía en la cocina), se captaba la señal de Eurosport. Este canal, ahora clave para mi trabajo, sólo se podía ver en el salón y sólo allí emitían la causa de mis carreras y prisas del lunes, los Eurogoles.

Este programa, que jamás podré olvidar y que actualmente sigue en activo, resumía lo acontecido en ligas europeas menores y yo ya había sido captado por la llamada del fútbol internacional. Ellos tienen la culpa de que mi madre me riñera continuamente por llevarme la comida al salón, también por haberme caído varias veces en aquellas repentinas carreras rumbo a casa y, desde luego, por ocupar el lugar de aquél repaso previo al examen que tenía poco después. Sin embargo, siempre fueron agradecidos. A cambio, me enseñaron lo grande que es el mundo del fútbol, que el balón también rodaba con pasión en otros países y que los jugadores de nivel no estaban solo en España. Pero, sobre todo, se convirtieron en culpables de mi amor por unos colores porque, de aquellos programas, de aquellos goles y de aquellas sensaciones, nació mi enfermedad por el Feyenoord. Me había convertido en un feyenoorder.

Probablemente, aquél niño había quedado prendado y abducido por la camiseta rojiblanca de singular diseño. Observar que ese equipo siempre estaba respaldado por un ambiente espectacular en las gradas y normalmente lograba goleadas sobre sus rivales, ayudó a exagerar ese sentimiento. Recuerdo que allí se inició mi relación pro Larsson, ese jugador de interminables y curiosas ‘rastas’ rubias en la cabeza que no paraba de meter goles. A su lado estaba un clon pero negro, Gaston Taumend. También recuerdo al nigeriano Obiku, al zurdo Ruud Heus y al portero ‘bigotiudo’ Ed De Goeij. Esa mezcla me llevó a rebuscar entre mis humildes fuentes de investigación. Conocí que mi Feyenoord había sido campeón de Europa, que un día los Van Duivenbode, Rinus Israel, Willem Van Hanegem u Ove Kindvall, dominaron el mundo con la Intercontinental y que en De Kuip seguían proliferando estrellas que más tarde tendría como referentes (Pierre van Hooijdonk, Robin van Persie, Jon Dahl Tomasson, Dirt Kuyt). Así nacen los sentimientos que culminan en nuestra razón de ser, de actuar y de amar ciertas cosas que cualquier otro ser despreciaría o ignoraría. Yo soy del Feyenoord (algo que sólo se ve superado por el United) y allí se gestó ese amor incondicional.

Desde entonces, un viaje a Holanda se convierte en una guía de Rotterdam y un plan para un puente es poner rumbo a The Kuip. Aunque ciertamente, aquel Feyenoord goleador, potente y capaz de competir cara a cara con los grandes equipos continentales, dejó de existir hace mucho tiempo. Las estrellas emigraron con mayor facilidad, la economía dejó de mantener un equilibrio que permitiera seguir reforzando la plantilla y mientras los rivales mantenían el tipo a nivel nacional (porque en Europa Holanda ha perdido su hueco a nivel de clubes en la última década), el Feyenoord se fue hundiendo poco a poco. Dejó de pelear el título, más tarde sus sufrimientos llegaban para ser capaz de pelear por zona Champions y desde hace un par de años, el reto es no perder mucho margen incluso con equipo que antes eran rivales menores como Twente, Utrecht o Heerenveen. La falta de recursos ha obligado a la dirección deportiva a actuar contra la lógica, despidiendo técnicos con una pasmosa facilidad, buscando a ilustres para los puestos más importantes de la entidad (Leo Beenhakker, por ejemplo es el director deortivo) y, sobre todo, ajustando la economía gracias a la cantera, que ahora es fruto exclusivo para completar la primera plantilla. No se puede aspirar a títulos, sino a evitar el descenso que, sobre todo desde la humillante derrota de este domingo ante el PSV (10-0), es la única meta posible y el trofeo a levantar.

Mario Been, el técnico que decidió ocupar el puesto de Erwin Koeman (uno de los entrenadores que más daño hizo a la entidad en su etapa en el banquillo), explicó con sonrojantes sensaciones que la dolorosa derrota iba a tener consecuencias y que para él era un lastre sin igual en su carrera. Pero, por desgracia feyenoorder, no es una noticia tan inesperada. Cierto es que diez goles son una ventaja increíble para un clásico de la Eredivisie pero no menos real es que a día de hoy podía suceder. Van Dijk defiende la portería a sus 42 años por falta de opciones para contratar a un sustituto de mayor nivel. La defensa hace aguas desde hace muchos años con el liderazgo del que seguramente sea el peor zaguero que haya jugado en la historia del club (Bahía) y secundado por veteranos de guerra como De Cler o jóvenes inexpertos como De Vrij. No existe un líder real en la medular porque todo depende de la inspiración del aguerrido Fer, del talentoso Wijnaldum o del futuro goleador Castaignos, seguramente estrellas dentro de unos años pero incapaces de dar la talla hoy en día en un nivel mayor. En ataque, hemos pasado de glorias y killers de área a depender del acierto de un ruso semi-desconocido como Smolov, que llega cedido porque no jugaba en el Dinamo de Moscú. Lesionado Tomasson (al que tampoco se puede pedir ser el salvador) y con una dinámica negativa cuando toca acudir al mercado (ya que Cissé, Schaken o El Ahmadi deberían ofrecer algo más porque para eso se les contrató), la situación es absolutamente caótica.

Supuestamente estas temporadas suponen un paso temporal entre crisis y recuperación, porque desde Rotterdam siguen apoyándose en un futuro espléndido donde sus canteranos asuman el protagonismo del proyecto y el nuevo estadio (Nuevo Mosa), con sus más de 110.000 espectadores, devuelva el potencial económico y deportivo al club. Mientras, la única realidad es que De Kuip se ha convertido en una pequeña guardería de promesas con la amenaza de foguearse en segunda división porque desde ya, el reto número uno es no descender. Apoyando y buscando empujar desde la distancia, seguiremos esperando nuevos días de gloria. Pese a todo y ante todo, ¡Go Feyenoord¡

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