Marcel Lory estaba acostumbrado a convivir con la presión. Combatió en la Primera Guerra Mundial, fue secuestrado por la ejercito alemán y crió a dos hijas tras la muerte de su esposa, pero esta vez la situación le superaba. Su hija Alice acababa de sufrir una hemiplejía y él tendría que encargarse de los cuidados de su pequeño nieto, pero no se encontraba capacitado para ello. Las heridas de guerra y los años le pesaban demasiado. No se veía capaz de atender tanto a su hija como a su nieto, así que tomó la decisión que le pareció más coherente por mucho que le doliera. Envió a su nieto a Colmar, donde se alojaría en casa de unos conocidos suyos.
Sin embargo, ese niño no necesitaba ningún techo. O no aparentaba necesitarlo. Un balón le bastaba para ser feliz. Siempre que podía se escapaba para seguir con fervor al equipo de fútbol local, el humilde Sports Réunis Colmar. Lloviese, tronase o nevase, el chaval, de no más de diez años, acudía al campo y sin mediar palabra se colocaba detrás de la portería que defendía Pierre Angel para presenciar la sesión de principio a fin. La devoción de este pequeño aficionado conquistó a los jugadores del SR Colmar, que le consiguieron un puesto como recogepelotas en la temporada 1948-49, la única en la que el equipo jugó en la primera división francesa. Inquietado por el hecho de que un niño sintiera tal amor por Les Verts, Pierre Angel se acercó al chaval y no tardó en descubrir que lo que el Sports Réunis Colmar representaba en su mente era lo que la vida le había quitado demasiado pronto. Para él, ese equipo era su familia. Ese niño se llamaba Guy Roux. Seguir leyendo…


























