Histórico
5 septiembre 2010Jesús Camacho

Matthias Sammer, el coronel pelirrojo (1996)

El 16 de noviembre de 1989 no fue un día más en la carrera deportiva de Sammer, aquel día cambiaba para siempre la historia de un pueblo partido y sellado por la vergüenza, por un muro levantado por la RDA con el único objetivo de impedir la huida de los ciudadanos de su propio Gobierno, en este caso la dictadura comunista, a la que estaban sometidos de facto desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El Muro de protección antifascista con el que les encarceló la Stasi, conocido por el pueblo berlinés como “Schandmauer” cuyo significado literal es “Muro de la Vergüenza”. Término también utilizado fuera de las fronteras germanas y portada de la revista estadounidense Time en 1962.

Aquel día con la caída del muro se ponía punto y final al oprobio sufrido durante 28 años por todo un pueblo. Oprobio sufrido también en el ámbito deportivo y el fútbol, en la controlada DDR-Oberliga, en la que jugadores como Lutz Eigendorf  ‘el Beckenbauer del Este’, Matthias Müller, Peter Kotte, Gerd Weber… llegaron a ser considerados apestados y perseguidos por la Stasi, tras su intentona de huida y salto a la libertad. Y es que hablar de represión y fútbol en la RDA es citar de forma ineludible al Dynamo Dresde, el club de la Stasi pues tradicionalmente la citada entidad deportiva estuvo controlada por el estado policial de Mielke. Un control que en la extinta RDA llegó a ser de tal calibre, que se cuenta que uno de cada diez habitantes era un chivato de la Stasi, a los que se conoció popularmente como “trabajadores informales de la Stasi”.

Precisamente en el punto de ebullición de esta historia surgió la figura de un gran futbolista llamado Mathias Sammer, nacido en Dresde y criado futbolísticamente con el inestimable apoyo de su padre Klaus en el club de la localidad. Un futbolista en la línea sucesoria de Jurgen Sparwaser, – héroe odiado por aquel gol que hizo en Hamburgo en 1974 y jugador más relevante de las cuatro décadas de existencia de la RDA- que jugó tres temporadas en las filas del Dynamo Dresde, donde además de conquistar dos Oberligas, una Copa y una Supercopa, fue objeto del espionaje de uno de aquellos “trabajadores informales de la Stasi”.

Práctica habitual con talentos emergentes y un hecho comprobado que trascendió con el paso de los años, cuando así fue reconocido por Frank Lieberam compañero de club: “Mi función era la de controlar especialmente a Matthias Sammer”. Por ello cuando en 1989 se produjo la tan esperada noticia, la vida de Sammer cambió para siempre, aquel día dejó de sentir aquella controladora presencia a sus espaldas. La noticia le llegó en mitad de su carrera y pese a haber jugado en 23 ocasiones con la selección de la RDA, las fronteras del mundo se abrieron a su paso cuando tuvo la posibilidad de seguir el camino iniciado por su compañero Ulf Kirsten, -primer alemán oriental en pasarse a la Bundesliga-.

De esta forma comenzaba de nuevo y elegía al Sttutgart para desplegar el amplio repertorio de virtudes que lo adornaban. Las de un futbolista que encarnó la vitalidad germana, las aptitudes físicas, tácticas y técnicas que le permitieron primero convertirse en uno de los medios conductores más eficientes del fútbol alemán y luego en uno de los mejores defensores libres del fútbol europeo. Una primera etapa en el Sttutgart que se saldó con una Bundesliga y le sirvió como trampolín para dar el salto a Italia, a las filas del Inter por donde pasó de puntillas en 1992. Año paradójicamente muy relevante en su carrera puesto que a su regreso a Alemania integró las filas de un equipo en el que marcaría época partiendo unos metros más hacia atrás.

Ese equipo era el Borussia Dortmund, club en el que Sammer se doctoró como futbolista y en el que formó parte de un ‘Fuego amarillo’ que dejó su sello en la Bundesliga y Europa. Un éxito fraguado tras la conquista de dos campeonatos de la Bundesliga consecutivos, en la 94/95, 95/96, 1 Champions League, en la 96/97 al superar en la final a la Juve 3-1, (convirtiéndose en el primer equipo alemán en conquistarla tras la puesta en marcha del nuevo formato) y la Copa Intercontinental en 1997, venciendo en la final al Cruzeiro brasileño.

Conjunto que bajo la dirección técnica de Ottmar Hitzfield y una base constituida por Steffan Klos, Reuter, Jurgen Kohler, Mathias Sammer, Steffan Freund, Paulo Sosa, Andreas ‘Andy’ Möller, Karl-Heinz Ridle y Steffan Chapuisat, provocó la combustión de un ‘Fuego Amarillo’ que fue cada vez más arrasador. Su ciclo triunfal se basó en el trabajo y la calidad de sus hombres, posiblemente no fuera un conjunto cargado de rutilantes estrellas pero sí cuajado de excelentes futbolistas. Y de entre ellos brilló de forma especial Sammer, defensa libre de aquel equipo, un excepcional y polivalente jugador alemán que tanto en la posición de defensa libre como en la de centrocampista, imponía su calidad, colocación y fortaleza física.

Clase, potencia y mentalidad ganadora al servicio del Borussia y del fútbol alemán, uno de sus buques insignias en los 90, nombrado mejor jugador de la liga alemana dos temporadas consecutivas en las que su equipo obtuvo el título de liga. Y dos años antes de que una grave lesión de rodilla le obligara a retirarse en 1998, le llegó el momento para recoger todo lo sembrado durante su carrera, todo un aluvión de reconocimientos y éxitos en forma de campeonato de la Bundesliga, campeonato de la Eurocopa con Alemania y como mejor colofón a un muy buen futbolista, el Balón de Oro al mejor futbolista europeo del año. El primer defensa en recibir el premio desde aquel año 1976, cuando otro alemán, Franz Beckenbauer, recibió su segundo Balón de Oro.

Junto a Ulf Kirsten, uno de los dos únicos futbolistas que llegaron a ser internacionales con ambas ‘Alemanias’, medio o defensa central libre que por su profesión vivía constantemente tirando la línea del fuera de juego y que por experiencia personal le tocó vivir al filo del ‘Muro de la vergüenza’.

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