Histórico
9 septiembre 2010Jose David López

Martin O’Neill, el que se marcha sin molestar

A la sombra de los cheques internacionales del jeque Mansour, alejado aún del glamour vanguardista del Bridge de Abramovich y habiendo evitado un descalabro desproporcionado como el de la familia Glazer, Randy Lerner vive en su burbuja millonaria desde el sillón presidencial del Aston Villa. El afamado empresario estadounidense, es dueño de los Cleveland Browns (NFL) y en 2006, este abogado con visión estratosférica para los negocios, creyó ver oro en los pasillos del Villa Park, donde había mucho que invertir y poco que rascar. Incapaz de entender la filosofía del fútbol inglés, decidió rodearse de gente que supiera qué hacer con un equipo a la deriva, necesitado de un empujón global para recuperar su caché.

Su única referencia al deporte rey en Europa era, según dijo en su momento, algún recuerdo de un familiar irlandés suyo que había visitado Escocia para ver al Celtic de Glasgow. Por ello, cuando llegó a Birmingham, divisó el césped y entendió lo que el Villa significaba para sus seguidores, no dudó en recordar su única conexión futbolística mirando al sector ‘católico’ de la ciudad escocesa. De allí había salido días antes uno de los considerados mejores técnicos de las Islas, el icono del último gran Celtic, el entrenador emblema de Irlanda del Norte y un trabajador nato que iba a liderar esa urgencia de estabilidad que anhelaban los villanos: Martin O’Neill.

Criado en Kirlea, una pequeña villa donde el IRA campaba a sus anchas, estuvo obligado desde muy pequeño a saber juzgar el bien y el mal pero, sobre todo, a cuidarse de sí mismo. Su familia, formaba por ocho hermanos, se disgregó a muy temprana edad pero con tantos compañeros para jugar con la pelota desde pequeño, casi todos encontraron su refugio en el fútbol. Martin fue el más afortunado pues su fiereza, carácter y trabajo diario, le hicieron un hueco en el Nottingham Forest (donde más triunfó pese a haber jugado en Norwich y haber fracasado en el Manchester City), tras ser observado por un ojeador cuando disfrutaba en el modesto Lisburn Distillery norirlandés. Su ambición le bastó para ganarse la confianza de Dave Mackay o Allan Brown pero, sobre todo, de Brian Clough, que encontró e él a un feroz centrocampista para la medular que se consagraría dos veces campeona de Europa.

Tras esa experiencia única y tomando buena nota del auténtico fenómeno que había tenido como entrenador, Martin O’Neill no tardó en enamorarse de la profesión para la que parecía pre-destinado. Su liderazgo, su auto-exigencia, una intocable manera de expresarse ante los que le rodean y la capacidad de trabajo diario como base de éxitos a largo plazo, cambiaron la cotidianidad allá por donde pasó. Ascendió al Wycombe, hizo lo propio para ‘colar’ al Leicester en Premier, asentarlo hasta ganar la Carling Cup e dos ocasiones y meterlo en Europa pero, sobre todo, salió de un clásico como el Celtic idolatrado por sus tres Scottish Premier League, tres Copas y una final de la Copa de la UEFA.

Fue entonces cuando Lermer acudió a él como salvador para una institución sin rumbo, falta de motivaciones y que había quedado mermada respecto al crecimiento global de la Premier. El norirlandés se presentó asegurando que había que “intentar volver a la gloria europea 25 años después” puesto que, como mínimo, él no iba a “poder dormir tranquilo sin pensar que lo intenta cada día”. Superó el record de partidos invicto del club en una campaña (2008), se convirtió en el equipo menos goleado de la historia de la entidad (2006-07), regresó a Europa y alcanzó el prestigio que había perdido años atrás con la mala administración de sus recursos. Esos que le permitieron trabajar con la cantera como salvavidas al tiempo que creaba un equipo competitivo sabiendo sacar partido a jóvenes en desarrollo como Milner, Agbonlahor o Young. Rechazó al Liverpool, un regreso millonario al Celtic y hasta la selección inglesa (antes de que entrara Fabio Capello) pero nunca aguantaría un desplante sin sentido de la lógica.

Y este, por enésima vez en su carrera, apareció. Los principios de todo profesional son intocables e inalterables, con lo que O’Neill, ejemplo de trabajo e inteligencia deportiva, decidió abrir la puerta y marcharse de repente de Villa Park. Hace ya dos semanas, apenas cinco días antes de que sus chicos empezaran el baile de la Premier, se sentó, escribió su despedida sin crear polémica ni palabras altisonantes y se marchó cuatro años después. Sin que aún se hayan destapado sus motivos, es más que evidente que Randy Lerner le retó al vender a James Milner al Manchester City para aligerar la deuda que arrastra el club, cifrada en unos 52 millones de euros. Ese giro en lo previamente pactado con el míster y en un verano sin refuerzos para el club, dolió al técnico, que como siempre, no aguantó una falta de compromiso hacia su dirección. Un golpe anímico para el vestuario, el proyecto y la afición, que pierde a su líder, aquél que les renovó el crédito y el que nunca ha sido cesado (en todos y cada uno de sus aventuras se fue por su cuenta), sino que siempre se marchó sin molestar.

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