Histórico
24 septiembre 2010Francisco Ortí

Las lágrimas eternas de Julio Sergio

Si hay un lugar en el mundo que siempre será capaz de sorprenderse esa es Roma. En parte porque nunca he logrado entender ni a la ciudad ni a sus habitantes. Sólo la he visitado por motivos de trabajo y durante escasos periodos de tiempo, pero creo mi capacidad de comprensión no sería mejor si residiera allí durante un año entero.

Roma, me refiero al centro storico, es un caos que respira por sus estrechas calles de tortuosas aceras y suena gritos de vendederos y bócinas de la inmensa horda de Mini Coopers y Vespas que circulan sin criterio alguno. Pero Roma también es la belleza que exhalan sus plazas, sus fuentes, sus ancestrales construcciones e historia eterna. La Roma del caos es también la ciudad eterna que esconde rincones inmortales, como aquella librería que reposaba en el subsuelo de una típica tienda de souvenirs.

La descubrí por absoluta casualidad. Tanto que en mis sucesivas visitas he sido incapaz de encontrarla de nuevo. Después de visitar el Coliseo entré en una tienda de regalos y entre el gentío intuí unas escaleras. A nadie le parecía importarle que existiera esa escalera, pero mi curiosidad me obligó a bajarla, y eso es lo que hice tras cruzar una mirada complice con el dependiente. Allí me encontré con montañas de libros abandonados que en mi mente era la sucursal italiana del Cementerio de libros olvidados que describe Carlos Ruiz Zafón en la Sombra del Viento. Extasiado me sumergí en recopilaciones de periódicos deportivos de los años 40 -conservo una como oro en mi casa- y me sorprendió que la mayoría de portadas estaban dedicadas a patadas o acciones defensivas, en lugar de a goles o celebraciones.

Y es que el fútbol no escapa a las contradicciones de la ciudad. El gusto por el Catenaccio convive con la adicción a la estética y con incomprendidos artistas como Francesco Totti. Y esta semana se sumó otro ingrediente más con una escena inaudita repleta de belleza y dolor durante el transcurso del partido entre la Roma y el Brescia. Julio Sergio Bertagnoli fue el protagonista que una imagen que será eterna y que te atraviesa por su sentimiento. En los últimos minutos del partido el portero realizó una fuerte entrada en la que resultó herido, sufriendo una grave lesión de tobillo.

Hasta ahí todo normal. El problema surgió al ver que no podía abandonar el terreno de juego. Claudio Ranieri, técnico giallorosso, ya abía realizado los tres cambios y el equipo ya contaba con un hombre menos por la expulsión de Mexes, y Julio Sergio se vio obligado a quedarse en su portería pese a que sufría un “dolor insoportable“, como él mismo lo describió poco después. Y entonces llegó el instante que será eterno. Torturado por el dolor y la impotencia, Julio Sergio rompió a llorar en un llanto descontrolado que silenció al Mario Rigamonti, a Brescia, a Roma y a toda Italia. Aguantando en pie a duras penas gracias a la ayuda del palo y con un vendaje por encima de la bota, Julio Sergio vivió los cinco minutos más largos de su carrera.

El partido concluyó con una nueva derrota para la Roma que deja contra las cuerdas a Ranieri, con una “torcedura del ligamento peroneo-astrágalo anterior del tobillo derecho y una infracción ósea de la región mediana del astrágalo” para Julio Sergio, y unas lágrimas inolvidables. Roma siempre consigue sorprender, pero nunca igualará en esa capacidad al fútbol, que impredecible hasta para los más expertos. Este miércoles tuvimos un ejemplo de ello con las lágrimas eternas de Julio Sergio.

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