Histórico
30 septiembre 2010Jose David López

Goles y decepciones en Leverkusen

Hay un campeonato europeo (Bundesliga) que, debido al equilibrio y equidad entre sus participantes, se ajusta muchísimo al actual formato de la Europa League. Ambas comparten un don especial por ver crecer a equipos con diferentes problemas que les apartan de la élite, han buscado renovaciones en su organización y planteamientos buscando una mayor aceptación (van por el mejor de los caminos posible) y son el trampolín especial de aquellos jugadores ensombrecidos por los focos de la máxima competición continental. Les une esa clase B, esa simpatía desprendida por quienes apenas tienen quince minutos de gloria pero, ante todo, son competiciones con mucha libertad ofensiva. Unos porque no tienen nada que perder, otros porque están cada vez más cerca del sueño de jugar la ‘hermana’ mayor y los candidatos serios, porque no cumplieron expectativas una temporada antes para acceder a la Champions. Esa mezcla tan heterogénea provoca partidos abiertos, muchas ocasiones ofensivas y goles con suma facilidad.

Y cumpliendo el cánon de club con capacidad para crecer año tras año, ambicioso como para increpar a cualquiera y no romper numerosos esquemas si fuera capaz de alcanzar la gloria en forma de títulos, está el Bayer Leverkusen. Perfecto exponente de una Europa League que ha disputado más que nadie, agitador ante los favoritos, supervivente de gestas como la del 88 (saliendo campeón ante el Espanyol) y soñador en ese casi maravilloso año 2002 (donde perdió todos los títulos que tenía en su mano en apenas unos días y se gestó el Neverkusen).

Hoy, siempre alternativa en Bundesliga y en Europa, la proyección de sus jóvenes sigue siendo su mejor exponente hacia la brillantez, ésa que tantas veces le dio la espalda y que aún supone el mayor lastre a sus pretensiones. Tiene salud financiera, una directiva alejada de las excentrecidades e incluso un técnico veterano de guerra (Jupp Heynckes) capaz de serenar cualquier altercado pero, sobre todo, tiene gol, mucho gol, exactamente 23 en nueve partidos (media de 2.9).

El Bay Arena se acostumbró hace tiempo a vivir en la delgada línea que separa el éxito de la decepción pero jamás decae en sus ambiciones. Saben que el equipo no mantiene la regularidad de los grandes, pero no se cansa en su objetivo y se levanta cada vez que recibe un ‘palo’. Es capaz de encajar un alucinante 3-6 ante el Gladbach hace más de un mes ante su público pero también de no perder desde entonces. Funciona a impulsos, a chispazos de constancia y trabajo en una dinámica aliada del gol.

Atrás, con un René Adler muy valorado por los analistas pero que particularmente nunca me convenció, un Hyppia veterano y lento pero imponente por alto y con dos carrileros destinados a profundizar para buscar alternativas que acaban siendo eternos problemas de repliegue para el resto (Castro y Kadlec). Adelante (sobre todo tras la marcha de Kroos), con tres puñales gigantescos en recursos de remate, los registros jamás se ven debilitados. Ya sea el potente suizo Derdiyok, el ‘niño bonito’ Kiessling o el resolutivo Helmes, las cifras siempre alcanzan cotas muy atractivas cada temporada.

Entre todos, 80 goles en las tres últimas temporadas o, lo que es lo mismo, 20 por cabeza. Derdiyok es quizás el más imponente. El helvético tiene pegada, un poderoso juego aéreo y la facilidad para adaptarse a varios planteamientos pues es complemento con otro compañero y ‘killer’ cuando le toca actuar como islote. Kiessling es el movimiento puro, aparece y desaparece pero sus números cada campaña le han curtido hasta colocarle la etiqueta de imprescindible y jugador internacional eterno en el banquillo de la selección alemana. Helmes iba a ocupar justamente ese rol cuando apareció como una exalación con sus goles en Colonia y su debut con 21 cuando el Leverkusen lo ató hace ya tres cursos.

Tres jugadores diferentes, rematadores pero capaces de adaptarse a cualquier planteamiento que encare su guión desde una base atrevida. Son la esperanza para salir de la sombra que siempre les acompañó, instalado casi eternamente a merced de Bayern, pero esperando su momento (el año pasado acabaron campeones de invierno). Un destino que llegará. Una meta a puro gol, el mejor bálsamo y casi el único, para una larga lista de decepciones.

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