Histórico
24 agosto 2010Jose David López

Sampdoria: Champions nel quartiere Marassi

“Fue una época realmente interesante, había un ambiente de esperanza y pensaba que construir edificios era algo mágico. Génova es un sitio muy especial, allí no se echa nada a la basura”. Son palabras del arquitecto italiano Renzo Piano, un habitante más de Génova durante su infancia y un fiel reflejo de la pasión y exaltación que emanan sus habitantes. Cercado por el curso del río Bisagno, cuya explotación fue clave para la subsistencia de miles de familias en la posguerra, el humilde suburbio de albañiles y obreros al noreste de Génova, generó entre sus habitantes un ambiente expansivo y sociable. Todos luchaban por lo mismo, todos unían fuerzas y creían en la solución de sus problemas en base al trabajo diario.

Antes del recrudecimiento de la situación política-bélica, la ciudad tomó protagonismo portuario con la construcción de túneles, astilleros y el desarrollo metalúrgico, lo que inyectó de cierto dinero las arcas de la ciudad. En 1911, parte de esos ahorros y gracias al socio del Genoa Musso Piantelli, que donó el solar contiguo a su mansión, se invirtieron en levantar el Estadio Municipal de Génova, que inició una larga lista de rivalidades entre Génova y Sampdoria. Para los rossoblu, equipo más arcaico, cuyos hinchas están situados en el centro de la ciudad y dueños iniciales del terreno, recibe el nombre de Luigi Ferraris en honor a su gran capitán muerto como teniente en la Primera Guerra Mundial y enterrado cerca de la grada norte del estadio. Para los blucerchiati, procedentes de barrios periféricos y que estacionaron más tarde (en 1946 por problemas económicos del Genoa y por presiones del régimen fascista a que fuera cedido al Ayuntamiento), el escenario donde juega su club es precisamente el nombre del famoso barrio albañil donde está situado. Sea cual sea su etimología, Génova es fútbol y ahora quiere ambiente Champions.

Marassi (perdonadme los hinchas del Genoa pero soy un sampdoriano más), despierta en mí todas esas sensaciones que el fútbol vetusto aún es capaz de resistir a la modernidad. Es el estadio más inglés de cuantos se construyeron en Italia puesto que su puerto dio accesibilidad a todo tipo de navegantes, entre ellos, muchísimos ingleses que mostraron su deporte rey a todo aquél que se encontraban por el camino. El faro (lanterna en italiano, por ello el duelo entre ambos clubes de llama el ‘Derby della Lanterna’) que reina la ciudad, guió a barcos donde, teóricamente, se dio cobijo eterno a dos genoveses de pro, Andrea Doria y Cristobal Colón (rivales dentro y fuera del mar que hoy crean amores contrapuestos también en el césped). Y así, insertado entre las casas del barrio, con una fuerte connotación urbana y una geometría lineal que sigue el perímetro del rectángulo de juego, Marassi creó una aureola especial en todos aquellos que lo visitaban.

Su cara cambió en 1943, cuando se convirtió en estadio mundialista, albergando un partidazo entre España y Brasil. Su aspecto vetusto fue reformado, en parte y sin perder su esencia singular, en 1989, de nuevo con motivo del Mundial, para el que acogió tres partidos. Con el nuevo siglo, se renovó aún más para adecuarlo a una serie de medidas de seguridad introducidas por la federación italiana. Pese al lavado de cara, todos estos proyectos contaron con cientos de problemas derivados de un entorno densamente urbanizado, que obligaba a los arquitectos a mantener la nueva intervención dentro de los límites del área ocupada por el inmueble precedente y también por la presencia de un torrente, el Bisagno, en el lado occidental.

Existe un claro respeto arquitectónico por el entorno, pues los bastidores que definen la forma rectangular del estadio, forman ángulos para dejar espacio a las fachadas (su máxima peculiaridad), lo que da una sensación de épocas pasadas y robustez. Esas cuatro torres, de 44 metros, albergan los sistemas de acceso al segundo nivel de las gradas y desarrollan una importante función estructural. En el interior, sus 40.000 espectadores pueden disfrutar, entre otras cosas, de gradas superiores con una pendiente acentuada que presiona aún más al rival y que obliga a adentrarse en el partido.

No he estado allí, ya tengo organizado un viaje para disfrutarlo pues la Samp, al menos si los planes no se tuercen, dejará Marassi en unos años para tener su propio estadio. Un epicentro de la historia del fútbol italiano, genovés y europeo, que vivió a principios del siglo pasado el dominio del Genoa (también los Scudettos de los años 20) así como el batallador campeón samdporiano en los 90, capaz de levantar el título, la Recopa y rozar la Copa de Europa. Ahora, tras muchos titubeos, las cuatro torres de Marassi esperan la musiquilla de la Champions. Este martes, test final. Toca remontada ante el Bremen. Toca un recuerdo más.

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