Histórico
30 agosto 2010Jesús Camacho

España 1982: Italia, reina por sorpresa

El Mundial de España lo vivimos intensamente todos, en mi caso de forma especial porque en aquel verano del 82 mi memoria se inundaba de flashes de niñez que disparaban retazos de un pasado en el que una alargada figura surgía de una maraña de piernas y rebotes para hacer un gol bañado en un mar de papelillos cuatro años atrás. Un torneo este de 1982 que a diferencia de lo sucedido en Argentina y por edad, guardo un vivo e intenso recuerdo. Naranjito se convirtió en un buen zumo pero de variado dulzor, puesto que el Mundial español fue un torneo en el que soñamos con lo que pudo haber sido pero acabamos comprobando lo que realmente fue.

Lo que pudo haber sido si Maradona no hubiera recibido la terrible marca de Gentile o no se hubiese sentido impotente ante ‘la Brasil de Telé’. En esa línea me pregunto qué hubiera sucedido si ‘la Brasil de Telé’, -que jugaba al fútbol como los dioses- hubiese tenido arriba a un verdadero estilete y no a Serginho, o si la magia de los Zico, Sócrates, Cerezo, Eder y Falcao no se hubiera topado con la estela goleadora de Paolo Rossi. O en su caso si en el camino de la Francia de Platini y Giresse no se hubiera cruzado Alemania. Algo similar a lo experimentado por la selección polaca de Lato y Boniek, que sucumbió ante la inspiración de Pablito, que los mandó a casa con dos goles. De la misma forma me pregunto que hubiese sucedido si la selección española hubiera estado a la altura de su condición de anfitrión.

Y comprobamos lo que fue porque el espectáculo y el buen juego sucumbieron ante la competitividad, la fortaleza y la eficiencia de dos selecciones que rentabilizaron al 100% sus cualidades y protagonizaron una final muy europea. Esto no quiere decir que no fuera merecido sino que la emoción y la épica llevaron la Copa a manos de Sandro Pertini, mientras que el talento y el buen juego quedaron para siempre en nuestros sueños. En mis retinas quedaron grabadas exhibiciones de fútbol de cracks de la talla de Zico, Platini, Lato, Falcao… y los chispazos de magia de un salvadoreño llamado Jorge González que emergió de un chaparrón de goles ante la selección de Hungría.

En todo caso lo que quedó para la historia fue aquella final disputada en el Estadio Santiago Bernabéu el 11 de Julio de 1982, en la que dos bicampeones se retaron en duelo por la propiedad de la copa mundial, el poder ante la eficacia, Alemania ante Italia. De un lado un equipo italiano dirigido por Enzo Bearzot, conjunto en el que Pablito Rossi -apuesta personal del técnico- comenzó jugando de forma irregular para luego convertirse en el futbolista más determinante del Campeonato.

Oportunismo y eficacia en estado puro el de Rossi, el que coronaba la pirámide de un equipo que yendo hacia atrás encontramos en su apoyo a Graziani desprendiéndose, junto a ellos a la derecha, el talento y la clase de Bruno Conti. La zona media basada en la incansable misión de contención de Oriali, a su lado Marco Tardelli, medio también defensivo pero dotado de gran llegada. Y en misiones defensivas más madera, un por entonces joven lateral diestro de 18 años llamado Bergomi, la clase de Scirea junto a la solidez de Collovatti, la grandeza de Antonio Cabrini en el lateral zurdo y la impenitencia y dureza de Claudio Gentile, implacable marcador. En la meta toda una leyenda, Dino Zoff, muy veterano pero extraordinario, sobrio, alejado de las estridencias y la espectacularidad.

La Squadra de Bearzot, que superó una tras otra todas las críticas y vicisitudes por las que tuvieron que pasar durante la preparación y el desarrollo del torneo -especialmente en la fase de liguilla-. Conjunto que usaba como nadie las contras, que dentro de su concepto defensivo no dejaba en el olvido la creatividad y que durante aquel mundial solía jugar con un 4-3-3 con la aportación creativa de Antognoni y el talento de Alessandro Altobelli.

En el lado contrario la selección alemana dirigida técnicamente por Jupp Derwall, antiguo ayudante del legendario Schöen, un técnico también cuestionado pero continuador de un estilo propio del fútbol alemán en el que la fuerza se impone pero en el que la clase y el talento proponen. Un equipo que basa su fuerza en la solidez de la zona media y la potencia y capacidad resolutiva de sus atacantes. Con Harald Toni Schumacher en la portería, un meta de peculiar carácter, felino y cercano a la estridencia, a la espectacularidad. En defensa Manny Kaltz, majestuoso lateral diestro del Hamburgo de tremenda eficacia y recorrido, con la pareja formada por los Forster en el eje central de la zaga, ambos del Stuttgart -Karl y Bernd-, en el lateral zurdo Hans Peter Briegel, un poderoso tren de mercancías que sube y baja de forma incombustible. Apoyados en misiones de defensa libre por Stielike. La zona media es para el legendario Paul Breitner y Dremmler, que trabajan apoyados por las arrancadas de Kaltz por la derecha y Briegel por la izquierda.

Y arriba Pierre Littbarski, un extremo pequeñito, rápido y de una tremenda calidad junto a  Karl Heinz Rummenigge, Balon de oro, uno de los mejores delanteros del mundo de la época que enlaza con el ariete Klaus Fischer. En el banco y entre otros a la espera Felix Magath, talento y organización y el gigantón Horts Hrubesch, un monstruo en el aire que resultó crucial en momentos puntuales para el conjunto de la RFA en aquel mundial.

Por tanto dos grandes equipos que protagonizaron una final dirigida por el colegiado brasileño Arnaldo Coelho. Choque que se inició en su primera mitad con un arranque demoledor de Alemania, que con sendas acciones de Pierre Littbarski y Rummenigge pusieron cerco a la meta defendida por Zoff. Paso previo a unos minutos en los que lo más destacable fue la lesión de Graziani tras choque con Wolfgang Dremmler, una acción que provocó su retirada del terreno de juego y la incursión al mismo de Sandro Altobelli. Así hasta el minuto 23 de partido en el que aparece la figura de Bruno Conti para darle emoción al partido. En una maniobra inteligente Conti a pase de Altobelli logra encarar a Briegel y este le derriba haciéndole penalti, decretado de forma inmediata por el colegiado brasileño.

Antonio Cabrini se encarga de coger el balón pero quiere ajustar el esférico demasiado y manda el balón fuera lamiendo el poste de derecho de Schumacher. Oportunidad perdida que quizás puso en alerta a ambos equipos, que posiblemente pensaron más en no encajar gol que en arriesgar hasta el término de los primeros 45 minutos de juego.

La segunda mitad en cambio fue distinta, había que jugársela y los alemanes impusieron un ritmo más alto de juego. Como respuesta el conjunto italiano comenzó a hacerse dueño del centro del campo de forma paulatina. Así el juego pasó a estar controlado por los azzurri que pronto dieron su primer golpe. Corría el minuto 57 cuando una falta cometida sobre Conti y botada de forma inteligente -mientras los alemanes reclamaban al colegiado-, dio paso a una internada por la banda derecha de Gentile, que libre de marca aprovechó para mandar un centro que conectó el omnipresente Paolo Rossi con un cabezazo a la red que puso el 1-0 en el marcador.

Primera explosión de júbilo de los italianos y el partido que pasó a jugarse a otra velocidad. A partir de ese momento Alemania abrió líneas, Derwall dio entrada a Hrubesch, que tuvo su oportunidad con un cabezazo que no logró dirigir adecuadamente.

Y luego aquel legendario minuto 69 en el que pudimos contemplar una de las celebraciones más intensas de la historia de los campeonatos mundiales. Festejo que culminó una bonita jugada de la squadra italiana, una contra trenzada que arrancó en las botas de Gaetano Scirea, pasó por Altobelli, que tras regatear a Briegel conectó con Rossi. ‘Pablito’ muy inteligente se percató de la carrera de Scirea, y le pasó el esférico para que este resolviera con una acción de tremenda clase, un taconazo para Rossi, que en el área le devolvió la pared para que Gaetano habilitara la llegada de Marco Tardelli. El medio de la Juve que cayendo conectó un zurdazo con toda su alma y desde unos 17 metros que se clavó cerca del palo derecho de la meta de Schumacher.

Éxtasis absoluto en la celebración, Tardelli se lanza sobre sus rodillas y toca el cielo con su expresión, Sandro Pertini estalla de alegría, olvida el protocolo y hace reír al Rey, e Italia parece decantar la final. Pero con alemanes en la pelea nunca se puede afirmar que el resultado es definitivo y la selección italiana tiene que luchar hasta el final.

La confirmación de la victoria llegó en el minuto 81, con el tanto de Altobelli, que en otra contra iniciada por Conti y en una bonita acción, estableció un 3 a 0 maquillado dos minutos más tarde por Breitner, que cerró el partido y abrió el pasillo de honor. La gloria es para Italia que lo merece y se convierte en el segundo seleccionado de la historia en coronarse tres veces campeón del mundo, pero el sueño roto será siempre para Brasil.

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