Histórico
15 agosto 2010Jesús Camacho

Argentina 1978: Una alegría ‘Monumental’

Khalil Gibrán, poeta, pintor, novelista y ensayista libanés comenzaba de la siguiente forma una de sus magistrales composiciones en la que abordaba dos de los grandes sentimientos del ser humano, la Alegría y el Dolor: “Entonces, dijo una mujer: Háblanos de la Alegría y del Dolor. Y él respondió: Vuestra alegría es vuestro dolor sin máscara. Y la misma fuente de donde brota vuestra risa fue muchas veces llenada con vuestras lágrimas”.

Unas líneas que podrían dar comienzo a la paradoja vivida en el Mundial de Argentina de 1978, acontecimiento deportivo que como muy bien dice Menotti no debería ser utilizado para recordar a la dictadura -que si que utilizó el citado evento a nivel propagandístico- sino para enmarcar la esencia de lo experimentado por el maltrecho pueblo argentino en aquel histórico Campeonato, pues el fútbol en medio del horror no fue otra cosa que una excusa para ser felices.

En todo caso no podemos permanecer ajenos a la historia subyacente, a ese dolor, tampoco a la polémica, pues no sería la primera ocasión en la que la trayectoria de un país anfitrión en su Mundial, era cuestionada bajo sospechas de ayudas adicionales -por lo sucedido en aquel Argentina 6-0 Perú-, pero de lo que no queda la más mínima duda es de lo acontecido en la histórica final, en la que a mi juicio Argentina fue vencedor de un partido limpio en el que pudo ganar cualquiera.

Una final y mil historias, la del discurso previo de César Luis Menotti: “Nosotros somos el pueblo, pertenecemos a las clases perjudicadas, nosotros somos las víctimas y nosotros representamos lo único legítimo en este país: el fútbol. Nosotros no jugamos para las tribunas oficiales llenas de militares sino que jugamos para la gente. Nosotros no defendemos la dictadura sino la Libertad’”.

Palabras dirigidas a aquellos chicos que tan solo pretendían hacer felices a la gente y saltaron al Monumental bajo una majestuosa lluvia de papelillos. Un marco histórico para una final de leyenda, con una selección argentina en la que primó la idea de equipo de Menotti por encima de otras cuestiones, incluyendo las significativas ausencias de jugadores de la talla de Carlos Bianchi, Osvaldo Piazza,  Rubén Ayala, Enrique Wolff, Carlos Babington, Ricardo Bochini, y un joven de 17 años llamado Maradona, pero en cambio una selección con la que se identificó la mayoría de argentinos por su pluralidad geográfica además de por su calidad.

Dispuestos por “El Flaco” con un dibujo táctico en 4-3-3, con Ubaldo Matildo “Pato” Fillol en la portería, siempre ágil, de grandes reflejos y determinante para su equipo, con una pareja de centrales compuesta por Galván y el capitán Daniel Passarella, el carácter de aquella selección, escoltados en ambos flancos por Olguín en la derecha y Tarantini por la izquierda. En la media Gallego, acompañado por el talento y la movilidad de Ardiles, y abiertos Ortiz y Bertoni. Arriba Luque, siempre al acecho y como referencia Mario Alberto Kempes, “El Matador”, potencia, corazón y gol, que se ganó a toda Argentina y acabó convirtiéndose en el hombre del Mundial.

Enfrente una prolongación de la “Naranja Mecánica”, aunque sin la presencia de su director y su actor principal -Michels y Cruyff-, en todo caso un extraordinario equipo que conceptualmente e ideológicamente seguía regido por el “Fútbol Total” aunque con algunos matices técnicos del pragmático Ernst Happel. Fútbol eléctrico, ofensivo, de  rápidas contras pero reforzado con un buen trabajo de contención.

Un equipo formado por Jongbloed; Krol; Jansen, Brandts, Poortvliet; Haan, Neeskens, Willy van de Kerkhof; Rep, René van de Kerkhof y Rensenbrink, con la base de aquella gran selección  del Mundial de 1974, que como principales diferencias con respecto al mismo encuentra en su formación a los gemelos Van de Kerkhof. En el caso de René, un futbolista de enorme clase, un delantero jugando de medio escorado a la derecha y en el caso de Willy, un futbolista ofensivo pero un delantero de diferentes cualidades a las de su hermano.

El encargado de dirigir el partido el italiano Sergio Gonella, que tuvo una actuación no determinante pero un tanto permisiva con acciones puntuales del equipo local. Una final más emocionante que vistosa por su juego, marcada por un inicio inquietante para los intereses argentinos, pues Holanda comienza asustando con un remate de cabeza de Rep que deja clavado a Fillol. Acción que provoca la reacción de la albiceleste, que avisa con un cabezazo de Daniel Passarella y se acerca al gol con una gran ocasión errada por Luque. Luego la respuesta de Holanda, a los 25 de juego cuando el extremo Jonny Rep pone a prueba a Fillol con una volea que neutraliza fenomenalmente “el Pato” sacando una extraordinaria mano.

Así hasta llegar al minuto 37, momento en el que estalla el Monumental gracias a una acción que arranca en las botas de Ardiles, continúa en las de Luque y acaba en las de Mario Kempes, que aparece por primera vez para infiltrarse entre dos defensores y definir ante la salida de Jongbloed.

Medio tiempo disputado y Argentina que se acerca al sueño, por delante toda una segunda mitad en la que la tónica de juego sigue siendo la misma y en la que un cabezazo de Dick Nanninga -que había sustituido a Rep- hace estallar el miedo en las gradas del Monumental. Minuto 36 de la segunda mitad, Holanda ha conseguido el empate, comienzan así  nueve minutos eternos para el pueblo argentino y la atestada tribuna de militares con Videla, Massera y Agosti a la cabeza, que viven al borde del colapso aquella última jugada ‘orange’. Internada de Rensenbrink que se filtra por detrás de Olguín, enfrenta a Fillol y, supera con su golpeo al meta argentino. Segundos interminables en los que los corazones y las miradas de 70 mil personas enmudecidas acompañan la trayectoria y el vuelo esférico de un balón que acaba estrellándose en el palo de la meta defendida por Fillol.

Luego, la historia que acompaña a la leyenda, la prórroga, el minuto 105 repleto de rebotes, rebosante de corazón y de historia tejida entre las largas piernas de Kempes, que aparecen siempre en el camino del gol. El 2 a 1 que abre la sentencia de una prórroga en la que Holanda ha cedido y cae fulminada con el 3 a 1 definitivo de Bertoni en el minuto 116. Preludio al pitido final del italiano Gonella, que ejerce como notario de una Argentina campeona mundial.

Como dijo Menotti una excusa para ser felices en medio del horror, Daniel Passarela elevando al cielo bonaerense la Copa Jules Rimet, con el técnico argentino festejando de incógnito a pie de calle -como había soñado-, dando la vuelta en el Obelisco cantando entre una multitud que acaba reconociéndole y entre la que desaparece tal y como apareció.

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