Histórico
31 julio 2010Jesús Camacho

Mundial 1966: Charlton contra Beckenbauer

30 de junio de 1966, el mítico estadio de Wembley acoge por primera vez una final de un campeonato del Mundo. Sobre la ‘sabia hierba’ del estadio de Las Torres Gemelas dos grandes selecciones: ‘la Inglaterra de Charlton’ y ‘la Alemania de Beckenbauer’. Dos equipos excelentes, de las mejores versiones de la historia que han podido gozar sus respectivas aficiones, partiendo de un estilo muy parecido en la concepción del juego, con una defensa sólida, un buen director de orquesta y un ataque rápido y eficaz.

El equipo dirigido por Alf Ramsey dispuesto sobre el terreno de juego con un 4-4-2 dinámico, con una leyenda en la portería llamada Gordon Banks, para mí el mejor portero de la historia del fútbol inglés, con una defensa de cuatro formada por Wilson y Cohen, en los laterales, más Bobby Moore y la Jirafa Jackie Charlton en el centro. Destacando de forma especial la figura de Bobby Moore, el gran capitán, para muchos el mejor defensa inglés de la historia al que además de adornarle todas las virtudes de  un gran defensor había que sumarle su enorme sentido táctico y su desbordante clase. Por delante Nobby Stiles un tipo duro donde los haya, con un juego sistemáticamente basado en el arte de la intimidación.

Una sólida línea defensiva que posibilita el brillo de los estilistas de los pross y en especial de Bobby Charlton, el futbolista del que colgaba esta selección, la cabeza pensante, un latino dentro de un cuerpo inglés. Junto a él dos falsos extremos, Allan Ball y Martin Peters y arriba Roger Hunt y Geoffrey Hurst, este último la revelación de aquel equipo que dirigía Alf Ramsey. Y digo revelación por la sencilla razón de que no partía como titular ante Johnny Greaves, pero que acabó siéndolo con sus decisivos goles, la más firme y mejor apuesta del viejo Ramsey. De Hurst no hay más que decir que era un delantero centro puro, prolongaciones, dejadas, buen disparo, goles… Con estos mimbres dejaron k.o. en cuartos a ‘la Argentina de Rattin’ en un polémico partido y en semifinales a ‘la Portugal de Eusebio’, la gran sensación del torneo.

La ‘Mannschaft’  tampoco se quedaba atrás, su alto ritmo de juego y su habitual poder físico estaba sazonado con dosis de talento de primer nivel. Hans Tilkowski era todo un seguro en la meta para un conjunto que tenía en todas sus líneas excelentes futbolistas. En defensa un central grandioso como Schnellinger y junto a él un joven llamado Beckenbauer comenzaba a crear desde la posición de defensa libre que patentó; en la media Wolfgang Overath y Helmut Haller hacían sociedades y pasillos a las subidas del Kaiser. En los extremos,  Sigi Held y Emmerich actuaban como cuchillas para el rival y arriba una leyenda, Uwe Seeler, puro veneno, un tipo bajito que era capaz de vivir en el aire y convertir en gol cualquier ladrillo que le llegaba por sus inmediaciones. Eliminaron a Uruguay en cuartos en un partido tremendamente duro y polémico, mientras que en semifinales dieron buena cuenta de la URSS con goles de Beckenbauer y Haller al mítico Yashin.

Así y con el arbitraje del suizo Gottfried Dienst -que se convertiría en el centro de la polémica- dio comienzo una final en la que dos hombres jugaron un papel esencial en el desarrollo de la misma: Bobby Charlton y Franz Beckenabuer. Y es que Schöen tomó una decisión que para muchos marcó el signo de aquella final, pues el técnico alemán ordenó a Beckenbauer un marcaje individual sobre Charlton. Cuentan que fue el partido en el que Sir Bobby Charlton tocó menos balones de su carrera. Fue un trabajo defensivo modélico, limpio, de un jugador que tenía botas de terciopelo, que demostró un entendimiento casi telepático con Helmut Haller pero que en aquella final no lo pudo explotar debido a su exclusivo trabajo de marcaje sobre Charlton. Schöen consiguió anular a la estrella inglesa pero perdió la creatividad ofensiva de Beckenbauer.

Bajo estos condicionantes se pudo ver una primera mitad equilibrada, que en cambio comenzó de forma muy movida. A los doce minutos de juego, salta la sorpresa: un balón bombeado por Held, es aprovechado por Haller para batir por raso a Banks, que no puede hacer nada ante la indecisión de la defensa inglesa. Tremenda pero efímera alegría para los alemanes, que solo seis minutos después encajan el gol del empate. Hurst -que comienza a entrar en la leyenda- aprovecha un buen lanzamiento a balón parado de Bobby Mooer para batir a Tilkowski.

Comienzo vertiginoso y empate a uno que provoca una fase de partido aletargado, sin demasiadas ocasiones en la que se impone el entramado defensivo inglés con Nobby Stiles como apoyo en la media. Tan solo una buena ocasión de Emmerich a la que responde Banks con una gran parada, hace tambalear el equilibrio con el que se llega al final de los primeros 45 minutos.

En la reanudación ambos equipos salen tomando demasiadas precauciones por miedo a perder, la táctica de Schöen parece dar resultado puesto que su equipo no pasa apuros. Y aunque a costa de sacrificar a Beckenbauer, Charlton no acaba de aparecer como es habitual en él. Todo permanece así hasta el minuto 78, cuando en un saque de esquina Inglaterra desnivela la balanza a balón parado. Peters bate de forma inapelable a Tilkowski tras recibir una buena prolongación de un inspirado Hurst. Parece el final y posiblemente así hubiera sido en el caso de cualquier otro rival, pero no con Alemania, como históricamente se ha demostrado.

Corría el minuto 89 de partido con media Inglaterra cantando la victoria cuando una falta botada por Emmerich, fue envenenándose hasta rebotar y caerle a Weber, que pasaba por allí para empujarla y conceder a Alemania una nueva oportunidad en la prórroga.

Y en la prórroga hubo tiempo para todo, para la leyenda por la memorable actuación de Geoff Hurst, que hizo dos goles más con los que completó un histórico hattrick, y para la polémica porque el gol que hizo a los 101 de partido se convirtió en el gol fantasma más famoso de la historia. En un reverso centelleante Hurst soltó un zapatazo descomunal que superó a Tilkoswki, se estrelló con violencia contra la madera y rebotó al borde de la gloria y el abismo de la línea de gol. Un tanto concedido por Dienst previa consulta con su línea Bakhranov y que fue tan rápido que únicamente y tras posteriores avanzadas técnicas de moviola pudo certificarse que no traspasó la línea de gol.

Polémica servida y una segunda mitad de la prórroga en la que Alemania se lanza a tumba abierta a por el empate sufriendo continuos contragolpes del seleccionado inglés. En uno de ellos y en el 120 de partido con el campo parcialmente invadido, Hurst logra el definitivo 4 a 2 con el que cierra la final y una actuación memorable.

Inglaterra es campeón por primera vez y Bobby Moore “el Gran Capitán” alza al cielo londinense la Copa del Mundo. A pocos metros un abatido Franz Beckenbauer declara: “Inglaterra ha ganado hoy porque Charlton fue un poco mejor que yo”.

Una histórica final para dos grandes equipos y un mundial nuevamente cuestionado por polémicas decisiones arbitrales que pusieron en tela de juicio la limpieza del mismo. Nunca he sido partidario de resucitar viejos fantasmas ni alimentar polémicas absurdas que ya no pueden cambiar la historia y sí en cambio de apostar por la naturaleza humana del error de los colegiados o en su caso censurar su bajo nivel. Por ello con en estas líneas solo pretendo ejercer como notario de la historia reflejando una teoría conspiratoria que marcó este mundial y que apunta a una trama dirigida y encabezada por Stanley Rous para que Inglaterra fuera campeón del mundo en su país.

En todo caso aquel Mundial no debe ser recordado solo por ello, y menos aún recurrir a viejos fantasmas para especular con la razón por la cual la final fue disputada por dos equipos europeos, pues para llegar a una conclusión acertada habría que estudiar profundamente los condicionantes que intervinieron.

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