Histórico
26 julio 2010Jesús Camacho

Mundial 1962: Brasil se corona sin O’Rei

El Mundial disputado en Chile en 1962 estuvo marcado por varios aspectos que marcaron el desarrollo del torneo, el primero el esfuerzo del pueblo andino para acoger en sus fronteras el séptimo evento deportivo de estas características de la historia, un país que dos años antes había sufrido un devastador terremoto, el segundo la lesión de Pelé en el primer encuentro, el tercero la excesiva dureza con la que se emplearon las selecciones y el cuarto la consagración definitiva de Mané Garrincha.

Y para llegar al histórico 17 de junio de 1962, en el que Brasil sumó segunda corona mundial repasaremos algún que otro hecho histórico que marcó el camino de los por entonces vigentes campeones, -con hasta ocho futbolistas de la anterior cita de Suecia- que fruto de la veteranía de muchos de sus componentes exhibieron un fútbol menos fluido pero letal en el aspecto ofensivo.

El conjunto dirigido técnicamente por Aymoré Moreira tuvo como elementos determinantes a Zagallo y Mané Garrincha, dos auténticos puñales, uno por la izquierda y el otro por la derecha, especialmente Garrincha icono de un triunfo que se recuerda como el Mundial de Mané.

Lo suyo fue de otro planeta, en semifinales completó una actuación estelar marcada por el severo seguimiento del chileno Landa, que se empleó al borde del reglamento con Mané y provocó la reacción del genial extremo brasileño, que harto de las patadas y al recibir la advertencia del colegiado peruano explotó y le insultó gravemente, dicen que tras ver los rasgos orientales de Arturo Yamazaki.

Por ello Garrincha fue expulsado y de no ser por la intervención directa del primer ministro Tancredo Neves, el genio de Pau Grande se hubiera perdido la final ante los checoslovacos. Afortunadamente esto no fue así y las 60.000 almas que se dieron cita en el Estadio Nacional de Santiago de Chile pudieron disfrutar con la magia y coronación mundial de “Alegría do povo”. Con el arbitraje de Nikolai Latishev de la Unión Soviética, Brasil y Checoslovaquia se jugaron el título en un partido sin demasiado brillo pero marcado por las individualidades y los errores puntuales del meta checo Schroif.

Checoslovaquia era Joseph Masopust, por él transitaba todo el juego checo, organizador, recuperador y maestro del dribling, un jugador adelantado a su época, con unos conceptos técnicos muy elevados y una preparación física notable que le permitía la omnipresencia en todos los aspectos del juego. El equipo checo contaba también con un notable entramado defensivo en el que brillaron de forma especial el lateral zurdo Ladi Novak, mejor defensor del torneo, el central Svatopluk Pluskal y el excelente lateral diestro Jan Popluhar. En el aspecto creativo y ofensivo además de Masopust destacaba el veloz extremo Tomas Pospichal.

El equipo brasileño por su parte mantenía la base del Mundial de Suecia, pero la veteranía pesaba un tanto en los Gilmar, Nilton Santos, Djalma Santos, Zito, Didí, Zagallo, Vavá y Garrincha. Por ello el juego brasileño era menos fluido, además la baja de Pelé se hacía notar aunque Garrincha -que no tenía la misma velocidad- seguía manteniendo intacta toda su magia. Aún así seguía siendo una selección extraordinaria, con unas alas imparables y la notable aportación de Amarildo, que aprobó con nota la tremenda responsabilidad de suplir a Pelé.

Así comenzó  una final en la que el equipo checo salió con las ideas muy claras, imponiendo un alto ritmo de juego con la intención de neutralizar la superioridad técnica del seleccionado brasileño. Un derechazo a los quince minutos de juego de Masopust tras una veloz internada de Pospichal, reflejó la arrolladora salida de los checos y obligó a Brasil a emplearse a fondo.

Solo dos minutos más tarde una brillante acción de Amarildo sorprendió a Schroif, que no pudo reaccionar al envenenado centro chut enviado por el sustituto de Pelé. Aquel gol hizo tambalear un tanto la moral y fortaleza del combinado checo, que se sobrepuso y consiguió controlar y reconducir el partido por los cauces de juego iniciales, con la selección checa imponiendo su táctica y los brasileños sin encontrar la fluidez necesaria como para imponer su superioridad técnica.

De esta forma se llegó al descanso pero en la reanudación las alas del conjunto dirigido por Aymoré Moreira comienzan a marcar diferencias. Zagallo y Garrincha ponen en aprietos a Popluhar y Novak, mientras Zito irrumpe desde la segunda línea con su habitual potencia. Fruto de ello llega el segundo gol brasileño, un centro de Amarildo es rematado por Zito al fondo de la meta de Schroif en el 69 de partido.

A partir de ese momento Brasil impone su calidad y pone la directa hacia el título pero unas manos de Djalma Santos están a punto de reabrir el camino a la esperanza eslava, que se disipa con la decisión del colegiado soviético Latchev, que no observa voluntariedad en la acción del lateral brasileño. Un hecho este que precede a la acción con la que Brasil cierra el partido gracias a un regalo del guardameta Schroif, que falla en un blocaje y sirve en bandeja el tercer gol a Vavá en el minuto 78.  La derrota de los pupilos de Rudolf Vytlacil se consuma, Brasil se corona por segunda vez campeón del mundo y la plantilla en bloque le dedica el título a Pelé, que ha sufrido todo el torneo desde la grada.

Chile 1962 pasa a la historia como el Mundial de Mané, un Garrincha menos veloz pero igualmente genial, la clave quizás radicada en el inigualable talento de aquellas piernas arqueadas al extremo y como contó Mané en aquellos duros defensores que quisieron pararle por el camino equivocado. Y es que a Garrincha le gustaban esos defensores que salían a darle patadas, porque son los que menos saben jugar al fútbol y peor defienden. Y en aquel mundial todos cayeron en la trampa y los engaños del genial futbolista de Pau Grande, “O Anjo de pernas tortas”, aquel ángel negro al que Vinicius de Moraes acabó convirtiendo en soneto.

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