Histórico
9 julio 2010Jose David López

La sonrisa de una Alemania inocente

Compactos, fuertes, organizados, eficientes hasta la saciedad y pragmáticos, son adjetivos que siempre han estado fuertemente ligados a la cultura y sociedad alemana, y como no podía ser de otra manera, el fútbol no es una excepción en este caso. Famosos son los axiomas que dicen que el fútbol brasileño es alegre, que el futbolista italiano es tosco, duro y batallador, que el argentino es el más pícaro sobre el terreno de juego, o que los ingleses son refinados y caballerosos. Fieles reflejos de cada nación que cada día que pasa tienen menos veracidad.

La nueva generación alemana no se corresponde con su canon histórico y ese boceto no refleja un ejército de obreros, sino una aglutinación de talento, calidad y velocidad ofensiva. La Mannschaft está formada por un escuadrón de arquitectos que lanza diseños preciosistas con la escuadra y el cartabón de su imaginación. Tras la ley Bosman, muchos jugadores salieron del país, lo que mermó el producto nacional y la aparición de foráneos sin talento que actuaron de tapón para los jóvenes valores. Tras una restructuración admirable y ayudados por el Mundial 06, la Bundesliga ha resurgido. Se encontraron bases dentro de una organización ejemplar y la sonrisa profesional de un semi-desconocido Joachim Löw se encargó de explotarlo al primer nivel.

Este ex monaguillo, de carácter sociable sólo con aquellos que realmente le conocen y vergonzoso con los medios, se enamoró de la pelota en su juventud, cuando tras varios años buscando suerte en equipos menores, el Friburgo (donde ahora vive) llamó a su puerta. Fue internacional Sub 21 y a pesar de sus once temporadas en la Bundesliga y sus 78 goles firmados, no alcanzó su sueño de ser internacional absoluto. Parte de culpa la tuvo Ray Clemence, que le frenó en seco con una entrada brutal que le cerró el camino del césped y le abrió el de los banquillos. Jogi, como ahora es conocido en su país, se estrenó en el Stuttgart con buena nota pues en su segundo año logró la Copa Alemana y en la tercera campaña logró llegar a la final de la extinta Recopa (perdió contra el Chelsea).

Sin embargo, no recibió ninguna llamada de la Federación Alemana por sus méritos como entrenador en destinos tan dispares como Fenerbahce, Adanaspor, Tirol Innsbruck (con el que fue campeón en 2002) o Austria de Viena. Refleja poca autoridad y los que le conocen aseguran que en el vestuario deja mucha libertad a los jugadores, pero que todos le respetan por lo profesional de sus trabajos y por la capacidad psicológica que les imprime. Tantas experiencias y aventuras extranjeras crearon un arqueotipo singular, una personalidad peculiar que aprovecharía con los años. De repente, Jurgen Klinsmann se cruzó en su vida. El ex seleccionador le conoció en un cursillo de técnicos donde, al parecer, quedó impresionado con sus técnicas y capacidades psicológicas, algo que le hizo pensar en sus servicios cuando la Selección Alemana requirió su ayuda en el Mundial del 2006.

Los dos, unidos y enfrascados en la etiqueta de germanos elegantes, se ganaron el respeto con el tercer puesto y las sensaciones fueron tan agradables que tras la renuncia de Jurgen, Löw tuvo el suficiente respaldo popular como para ocupar su cargo. Siempre se defendió que Klinsmann se encargaba de poner el carisma de cara al aficionado pero el que realmente trabajaba era Löw. Cuatro años más tarde, la Mannschaft ya no es un fiel reflejo de una sociedad, si no de un seleccionador: tranquilidad, sobriedad y ante todo, elegancia, esos son sus nuevos adjetivos. Es capaz de no lavar un jersey azul por ser talismán o acudir a Sudáfrica 2010 sin contrato en vigor (oficialmente su acuerdo con la federación se cumplió el 30 de junio tras problemas que evitaron rubricar su prolongación) en un gesto de máxima auto-confianza. Hoy, Alemania disfruta con un nuevo estilo, con una generación cosmopolita y con la sonrisa de unos jóvenes inocentes que saben que el mañana será aún mejor. Low está seguro de ello.

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