Histórico
10 julio 2010Jose David López

Gio, el mestizaje y las botas colgadas

En la movilidad espacial de las personas y las creaciones culturales se establecen las condiciones para el fenómeno del mestizaje. La enorme amalgama de procedencias ha generado una fusión que ha hecho posible una sociedad pluricultural, diversa y, en la mayoría de los casos, satisfecha de sí misma. Raro es el país que en pleno Siglo XXI no presenta un alto nivel cultural. Sudáfrica 2010 es, por el simple hecho de celebrarse en un país marcado eternamente por las heridas del apartheid, el escenario idóneo para que ese mensaje de unión llegue con fuerza desde el siempre valioso impacto del fútbol.

Prueba del éxito de esta fusión social es la selección alemana (una generación cosmopolita como pocas) pero, sobre todo, Holanda. Finalista, vencedora en todos sus partidos, con ingredientes marroquíes, latinos, indonesios o antillanos y una tremenda capacidad para no mostrar fisuras en el sueño de conquistar su primer título universal. Dentro de ese vestuario, la voz cantante la lleva Giovanni Christian Van Bronckhorst, emblema e icono de lo mundano que colgará las botas tras la finalísima de este domingo ante España.

Gio, de padre indonesio y madre de las Islas Moluca (epicentro de luchas en el Siglo VX por sus famosas especias), conoce perfectamente lo que es ser inmigrante y ciudadano internacional por encima de todo. Sus rasgos, llamativos aún hoy, no fueron un problema cuando su familia emigró a Rotterdam (hay versiones que no aclaran que naciera ya en Holanda pero la oficial es que sí es ciudadano neerlandés), donde el joven comenzó a practicar ese deporte que jamás hubiera disfrutado sin el choque cultural que le había tocado vivir. Apenas tenía seis años cuando su padre le llevó a unas pruebas del gigante de la ciudad, el Feyenoord, donde entraría un año después y donde permanecería con éxito juvenil (ganó el campeonato en 1991) antes de intentar el asalto al primer equipo. Sin opción, decidió marcharse al humilde RKC Waalwijk, que le permitió coger experiencia sin dejar la ciudad ni la familia. Un año sirvió para que el Feyenoord le ‘repescara’ y en apenas dos temporadas se convirtió en dueño del carril izquierdo.

Meses después, recibió el mejor regalo posible cuando Guus Hiddink le convocó para representar a su país en un amistoso nada menos que ante Brasil en el recién edificado Ámsterdam Arena. Desde entonces, catorce años de llamadas internacionales, 105 convocatorias, tres Mundiales y tres Eurocopas. Números que le permitieron seguir su aventura por el mundo del fútbol en cualquier rincón del planeta, algo que siempre ha disfrutado ya fuera en Glasgow defendiendo al Rangers, en Londres como un Gunner más en el mejor Arsenal de Arsene Wenger o en Barcelona como un culé más para levantar la Champions 06. Cuando su físico le pidió reposo entendió que era el momento de regresar a ‘casa’ para capitanear a un agónico Feyenoord en los últimos años de su carrera.

Antes de la fase final de Sudáfrica, la directiva feyenoorder decidió volver a confiar en él lanzándole una oferta de renovación pese a que su rendimiento y edad (35 años) ya no han sido los de antaño. Sin embargo, su mente, despejada e inteligente consigo mismo, ya había decidido colgar las botas cuando Holanda fuera eliminada (pasará a ser asistente de categorías inferiores tanto en el Feyenoord como en la Selección Sub 21). Bert van Marwijk, que le conoce tras su paso por Rotterdam, le mantuvo el brazalete, le hizo dueño de su banda izquierda y no le ha retirado ni un solo minuto en lo que llevamos de campeonato. Un golazo desde 35 metros ante Uruguay (el mejor gol de esta fase final), encarriló su pase a la gran final de este domingo ante España. Su último partido (al igual que sucediera con Zidane en 2006), desvelará si su adiós llega con la primera corona mundialista de Holanda en sus manos o con el sabor amargo de una histórica derrota.

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