Histórico
6 julio 2010Jose David López

Ernie Brandts, el holandés auto-goleador

Forman la cara antiestética del fútbol. Una acción, para muchos inmoral y siempre polémica, que levanta irritación en quien lo recibe y burlesca alegría para los rivales, ha dejado su irónico sello a lo largo y ancho de la historia. Los hay absolutamente incomprensibles, de bochornoso error, de manera reiterativa en apenas 90 minutos y, desde luego, suscitan toda clase de comentarios y debates. Grandes salvadores de los programas de zapping a pesar de su total legalidad bajo el reglamento futbolístico, los goles en propia puerta han logrado catapultar a la fama o hundir al más profundo de los barrancos, a sus improvisados protagonistas.

En Sudáfrica 2010 han vuelto a aparecer y, quizás ayudados por la inseguridad que crea el controvertido Jabulani, lo han hecho en masa, superando la media mundialista de dos auto-goles y siendo tan determinantes como siempre. Robert Green tiene 50 millones de enemigos desde su fatídico error ante Estados Unidos, la pareja Poulsen-Agger empezó a despedirse del Mundial cuando compartieron deméritos ante Holanda y los oranjes volvieron a salir beneficiados cuando Felipe Melo peinó sin querer un cabezazo que superó a un sorprendido Julio Cesar. Goles lícitos, poco ortodoxos pero culpables de arrastrar a sus intérpretes a las estadísticas oscuras. Todos sufren su penitencia pero ninguno será jamás tan recordado como el polifacético Ernie Brandts.

No fue muy amigo de la pelota por unos problemas de espalda durante su infancia pero siempre se le veía por las calles de Nieuw-Dijk (ciudad casi fronteriza entre Holanda y Alemania) ataviado con la ropa deportiva adecuada para una ‘pachanga’ improvisada. Le gustaba morder, presionar e intimidar a los compañeros con los que jugaba, algo que le facilitó entrar en el humilde equipo local y al cumplir la mayoría de edad, marcharse al De Graafschap, dominador más cercano a su ciudad natal. Su gran aportación en las dos campañas de estreno en el primer nivel tras un ascenso meteórico, le llevaron rápidamente a un ‘gigante’ como el PSV Eindhoven, donde iba a encontrar un acomodo a su altura y una institución donde crecer profesionalmente. Sin embargo, ese remarcado carácter competitivo le colocó con tan sólo 22 años, en una encrucijada mundialista de histórica resolución.

El azar de una tarde calurosa en el Monumental de Buenos Aires contra un gigante como Italia, no quiso que el icono fuera mediático y decidió que un semi-desconocido cambiara el transcurso de un partido clave. No iba a ser el día de los hermanos Van De Kerkhof, Neeskens, Krol o cualquiera de las estrellas Azzurri, Scirea, Gentile o Rossi, sino el del joven defensor holandés, el menos afamado de cuantos poblaban el césped bonaerense. El empate bastaba para que los Oranje pasaran a la final y fue la necesidad italiana la que pronto dominaba el partido a base de ataques directos e intentos a espaldas de la defensa holandesa, conocida por entonces por sus constantes movimientos para dejar a los delanteros en fuera de juego (ya lo hizo famoso en el 74). Un falso movimiento de líneas dejó un carril a Bettega, que llegaba en solitario con fuerza. Cuando el juventino iba a disparar, Brandts se opuso, estiró la pierna y su ligero toque bastó para batir la salida de Piet Schrijvers. Italia se adelantaba y el zaguero había cometido el error de su aún corta carrera.

Pero aquél carácter competitivo, luchador y ambicioso que había mostrado en las ‘pachangas’ callejeras, salió a relucir en el momento adecuado para entrar en la historia no por ser el primer holandés en anotarse en propia puerta, sino por marcar un auténtico golazo. Ya en la segunda mitad, tras el acoso italiano, Holanda estaba obligada a buscar la portería del gran Dino Zoff y, sin ideas, apenas un par de ocasiones alteraban al meta bianconeri. En un balón dividido, desde más allá de la frontal del área y con una ejecución veloz y milimétrica por el poco margen de movimiento existente, Brandts disparó medio trastabillado pero la potencia y colocación del misil, se coló sin oposición. Ernie, desde el suelo por el golpe recibido tras su ‘punterazo’, no se levantó pues sus compañeros, alucinando con semejante gol, le rodearon emocionados.

Fue el principio del fin del combinado de Bearzot, eliminado por completo tras el 2-1 definitivo de Arie Haan (más lejano su disparo y por el palo contrario) que metió en la final a la Holanda de Ernst Happel. Se habló del final de un mito como Zoff, del momento clave en la historia del fútbol holandés y de la dolorosa ausencia de Cruyff que hubiera facilitado más las cosas. Sin embargo, aquella tarde pasará a la historia por ser el primer partido donde un mismo jugador anotaba un gol para cada equipo. Ernie Brandts (ahora técnico que incluso colocó tercero en la Eredivisie al modesto NAC BREDA hace tres años) sigue siendo pionero pues aún hoy, nadie ha sido capaz de imitarle.

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