Histórico
12 julio 2010Jose David López

Casillas, el héroe llorón

Tengo una increíble capacidad para sobrellevar aquellos momentos difíciles en mi vida. He pasado por problemas familiares, complicaciones laborales y, desde luego, días donde lo personal supera cualquier asunto externo. Todos ellos, sin excepción, me pusieron a prueba pero, sobre todo, buscaban limar una personalidad fuerte y con confianza eterna en unos principios. Uno de los rasgos que mejor ejemplifica esta fuerza interior es mi absoluta incapacidad para llorar, pues jamás (ni en las peores faenas) he exteriorizado mis sentimientos con esa estampa que yo siempre asociaba a la tristeza. Tanta, que cuando veo a alguien llorar, me derrumbo sin más. Pero si un país entero, si mi gente, mi mundo futbolístico y mi querido trabajo se unen para satisfacer todos esos sueños de infancia, cualquier alma se desploma y ese que jamás había arrancado a llorar, hoy es un grifo abierto incapaz de frenar sus sentimientos.

Y todo por culpa de un gol y de un partido memorable imposible de olvidar. Una noche, una alocada noche que dejó ver la verdadera persona que llevamos dentro. Esta España es campeona del mundo, es el mejor colectivo del fútbol actual y, ante todo, un grupo unido en torno a la humildad. Porque sólo así se explica que Iniesta se acuerde de su amigo Jarque cuando tiene el mundo a sus pies, que Del Bosque sólo lance un apretón de manos desde el último lugar de un banquillo que ya explotaba o que Torres sea capaz de brincar cuando se había destrozado la pierna en su última arrancada mundialista. Son humanos, son terrestres y llorones, sobre todo el capitán, el ídolo de España, el crack de un Mundial que él mantuvo vivo. Lágrimas del héroe español: Iker Casillas.

Porque Iker arrancó el Mundial con un debate sobre su titularidad, sobre su momento de forma y sobre su capacidad para ser el líder espiritual de esta selección. Superó el primer golpe ante Suiza, mejoró en la fase de grupo y, desde entonces, él ha sido el salvador. Clave ante Portugal, definitivamente salvador ante Paraguay, poderoso ante Alemania y el rey de la sabana africana en la finalísima ante Holanda. Dos mano a mano ante Robben, sobre todo el primero que hubiera destrozado el sueño de la Roja, frenaron los impulsos oranjes y mantuvieron la moral intacta sobre un grupo que, cuando mira atrás, ve a una máquina verde incontestable bajo palos. Una actuación sublime que, como los grandes mitos, le superó cuando Iniesta provocó el mayor estallido que se recuerda en nuestro país. El manchego anotaba e Iker, ya desde ese instante, empezó su contrariedad.

Abrazos, saltos, liberación y lágrimas, muchas lágrimas. No le bastó el abrazo solidario con un Puyol soberbio en su interpretación de lo que debe ser un compañero de equipo, tampoco con el manteo a un Del Bosque que él, como capitán promovió y ni siquiera un momento dulce con sus más allegados pudo aliviar su desconsolado llorar. Vulnerable, abatido, rompió a llorar. Y así, luchando por mantenerse en pie, subió cada peldaño hacia el palco del Soccer City con la mirada puesta en una copa brillante, un título que tantas veces acaparó su infancia y que ahora es suyo. La imagen de la victoria final es la de un capitán modesto, respetuoso y humilde. Jamás un icono de semejante magnitud nos dejó una percepción tan cercana (alejada de la soberbia que emana el fútbol actual), lo que dignifica mucho más su liderazgo y amplía los horizontes de esta gesta.

Desde hoy, esas lágrimas siempre irán acompañadas de alegría, la de 47 millones de españoles que vibraron en la noche más importante de sus vidas y que no podrán olvidar que un 11 de julio se sintieron más españoles que nunca. Uno de los culpables, el líder, lloraba como uno más. Lágrimas de campeón. Las suyas. Las mías. Las de todos.

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