Histórico
2 julio 2010Jose David López

Brasil, Dunga y la soledad del resultado

Las ruedas de prensa del Mundial están dejando todo tipo de comentarios, muchos de ellos, hermanados con lo anímico de quien las vierte. Nadie ignora que ya en la recta final de Sudáfrica 2010, las tensiones se exageran y los temores se multiplican entre los más débiles, provocando ataques de histeria o egocentrismo. Unos prefieren ir de víctimas, otros adoptan el papel protocolario para tranquilizar el entorno y los más atrevidos lanzan una vez tras otra dardos envenenados contra quienes buscan intimidar desde la distancia. En esta última prole, defendiendo su terreno y sus ideas por la fuerza mental que le otorgaban los resultados, ha estado durante meses Dunga.

Un técnico estricto en su ideal de crear una selección brasileña muy similar a la que logró el Mundial de USA 94, donde el capitán respondía a su nombre. Mucha solidez defensiva, tremenda calidad técnica en tres cuartos de campo y enorme pegada para finiquitar por la vía rápida los partidos. Levantó la Copa América, la Copa Confederaciones y lideró el grupo sudamericano de acceso al torneo sudafricano. Experiencia atrás y enorme sensación de control en cada partido que igualmente se reflejó durante el Mundial. Sin embargo, cuando el fútbol se convierte por un giro sorprendente en ese deporte fiel a su imprevisibilidad, esas premisas cuyo único don es el del resultadismo, quedan en la nada más absoluta. Hoy, Dunga está solo. Le abandonó su único aliado.

Y el guión de la pesadilla canarinha no tenía ni mucho menos un inicio prudente. En quince minutos Brasil ya había anotado en fuera de juego, había desarbolado varias veces la malherida (por la lesión de Mathijsen) defensa holandesa y la superioridad sobre el rival era aplastante cuando Robinho les puso por delante. Al descanso, nadie era capaz de prever un síntoma de reacción oranje porque Brasil estaba manejando el que probablemente era su mejor partido hasta la fecha. Aparecía Kaká, Robinho estaba muy metido, los zagueros habían mostrado su jerarquía y hasta Bastos, marcando a Robben, aguantaba como podía al extremo.

Pero tanta autoridad se disipó en dos chispazos. Ninguno de ellos fruto de la clarividencia o lucidez ofensiva de una Holanda que sigue sin deslumbrar como se preveía, pero sí de fallos defensivos impensables y que se convirtieron en trascendentes. Dos centros laterales donde Julio César, Melo y una falta de concentración global a balón parado, trastocaron el guión, golpearon anímicamente el concepto brasileño y mostraron el rol más salvaje del mediocentro juventino, expulsado casi a continuación mientras interpretaba al doble de Conan en plena barbarie esquizofrénica. Y recalco la auto-expulsión de Melo porque fue el lastre definitivo que impidió a Brasil reorganizarse ante el varapalo recibido.

En esa coyuntura se apreciaron aquellas críticas del pueblo a la lista de Dunga porque, por vez primera en el campeonato, la sensación de recibir un gol solicitaba un cambio de ritmo y de estilo. Era el momento de buscar alternativas que, desde luego, no existían. Muchos se acordarían por entonces de Ganso, de Neymar, de Ronaldinho y hasta de Pato (aunque me parece ventajista), pero al míster sólo le quedó alentar a Nilmar para buscar un milagro y rezar para que algún momento dubitativo le diera vida. Fue un castigo mayúsculo para un bloque creado exclusivamente para ganar el campeonato y que probablemente lo hubiera ganado en un alto porcentaje pero, ante todo, una despedida. Sin lograr la imagen deseada, con más robustez que talento y con la idea de una Brasil sólida creada desde la seguridad defensiva, Dunga (que dimitió justo después) se quedó sin aliados, sin su único compañero de faenas. Fue, la soledad del resultado.

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