Histórico
2 junio 2010Jesús Camacho

Mundial 1950: ‘Maracanazo’ para ahuyentar la guerra

Año 1946, han transcurrido ocho convulsos años desde aquel instante en el que Meazza elevó al cielo parisino la Copa Jules Rimet, cuando Luxemburgo acoge una histórica reunión de la FIFA en la que se retoma la organización del Campeonato del Mundo. Mientras Europa cicatriza lentamente sus heridas de guerra, Sudamérica representa la opción idónea para la celebración y puesta en marcha nuevamente del citado evento. Brasil se ofrece como único país candidato y un año más tarde se confirma como país organizador fijando como fecha el año de 1950.

Hasta esa fecha Brasil y la Confederación Brasileña trabajan duro empleando todos los medios físicos y económicos a su alcance. Para ello y como pilar básico de su gran proyecto construyen el estadio más grande que la humanidad ha conocido: MARACANÁ. Una obra faraónica que no llega concluida a la cita pero que acoge en su espectacular estructura circular a 200.000 personas. Todo apunta a una gran fiesta del fútbol en la que Brasil se postula como vencedor pero este ni será un Mundial al uso, ni vivirá una final tradicional.

Y es que a diferencia de los anteriores, el sistema de torneo ha cambiado, el vencedor no llega al éxito a través de la eliminación directa de rivales sino por sistema de puntuación. Dispuestos en cuatro grupos cada ganador pasa a una ronda final en la que una liguilla por puntos corona al equipo campeón, sin partido final. Por ello esta no fue una final al uso porque al partido decisorio llegó Uruguay con la necesidad de victoria para salir campeón y Brasil con la necesidad de un solo punto para poner la guinda a la fiesta de Maracaná. Y digo fiesta porque Brasil hasta ese momento del torneo había impuesto su torrente ofensivo y demostrado su potencial, especialmente con sendas goleadas a Suecia y España. Por todo ello la previa al encuentro se vivió bajo un ambiente eufórico y festivo en el que los discursos loaban la para ellos cantada victoria de Brasil. Angelo Mendes de Morais, prefecto de Río de Janeiro, comenzó su discurso así: “Ustedes, que en una horas serán los campeones del mundo…”.

Los torcedores por su parte celebraban el título por las calles, la locura se instaló en la memoria colectiva del país, llegaron a venderse más de 500.000 camisetas con la inscripción de: “Brasil Campeao 1950”, y Maracaná abarrotado por unas 220.000 personas recibió a la seleçao con pancartas que decían: “Homenaje a los Campeones del Mundo”. Todo ello sin haberse disputado un solo segundo de partido ante la Uruguay de Obdulio Varela. El partido se disputó un 16 de julio de 1950 y el encargado de dirigir el partido fue el árbitro inglés George Reader.

En un lado de la cancha Brasil, dirigido técnicamente por Flavio Costa, un señor equipo con un sistema táctico dispuesto con un 3-4-3 llamado “la diagonal” que cuenta con un ataque realmente de ensueño, con Ademir en figura (había marcado nueve tantos en cinco partidos del campeonato), con Bauer, con el Maestro Zizinho, con Chico y con Jair, en defensa también contaban entre otros con Juvenal y Augusto. Pero el jugador clave es Zizinho, y para él, Ondino Vieira y Juan López -técnicos encargados de la celeste- tienen reservado un plan especial llamado Tejera. Y es que los técnicos conocen a la perfección que las conexiones de juego de la ‘seleçao’ pasan todas por las botas del Maestro.

Y en el otro lado Uruguay dirigido técnicamente por Ondino Vieira y auxiliado por Juan López -gran conocedor del fútbol brasileño- un equipo que sigue fiel a su viejo esquema que le hizo campeón en 1930. Dispuestos sobre el terreno de juego con una pareja de centrales que cierran cualquier hueco, un volante defensivo con la misión de neutralizar al delantero centro rival, y dos laterales adelantados que relevan cada salida de sus compañeros. En el apartado de liderazgo el “Negro” Obdulio Varela no tiene parangón, y en el apartado defensivo Tejera es el poder de aquella selección. Ofensivamente destacan Pepe Schiaffino, killer impenitente, Alcides Gigghia, un extremo muy veloz, Óscar “Palomo” Míguez y “Gambetta” Schubert. En definitiva un lobo con piel de cordero en toda regla, inquebrantable anímicamente con jugadores como Obdulio Varela y Gambetta Schubert, el primero el ‘jefe’ y el segundo gran futbolista, uno de los que tiró de la celeste en aquel partido. Como les dijo su técnico en la previa, una selección con un huevo en cada zapato.

Maracaná presenta un ambiente ensordecedor y la presión es tremenda, cualquiera pero en el terreno de juego hay un tipo que permanece ajeno e impasible ante semejante ambiente. Su nombre Obdulio Varela, el alma del equipo que ya en el inicio y al ver la nube de periodistas que rodeaban a la ‘seleçao’ exclamó: “Vénganse, que los campeones están acá…” Brasil salió dispuesto a solucionar pronto el partido pero con el paso de los minutos las tres líneas defensivas dispuestas por Uruguay con Varela y Pérez, en la segunda Tejera y Andrade, y en el fondo Matías González y Gambetta empezaron a incomodar al equipo brasileño.

Ni Jair, ni Bauer podían llevar la manija y Zizinho estaba desaparecido con el marcaje de Tejera. Ademir sufría la constante persecución de Obdulio Varela y la multitud presiente que el partido será diferente a todo lo vivido hasta esa fecha. Llegan al descanso con tablas en el marcador y en la reanudación Brasil sale a tumba abierta a ganar su Mundial, y lo cierto es que en los primeros minutos consiguen poner la primera piedra. A los dos minutos de juego un excelente balón de Jair habilita al extremo Friaca, que en posición dudosa cruza la pelota magistralmente y provoca el delirio en las gradas y en todo Brasil.

Parece que todo se va encaminando pero el gol de Friaca abre paso al partido paralelo de Obdulio Varela. El capitán del equipo uruguayo estalla ante la concesión del gol, agarra el balón lo acoge bajo su brazo y entabla una acalorada charla con el colegiado inglés Mr. Reader, demorando el juego casi cinco minutos. Una acción inteligente con la que mete presión al colegiado, templa los ánimos de sus compañeros, frena la euforia brasileña y logra enfriar el ensordecedor ambiente. La goleada se da por segura pero nunca llega puesto que Uruguay se sobrepone con autoridad a ese primer mazazo.

Con Morán y Míguez abren el campo mientras que Gigghia y Schiaffino empiezan a poner en dificultades a Bigode y Danilo (sus marcadores). Así se llega al minuto 66 en el que Gigghia hace varios regates pegado a la línea de córner, cede atrás y el “Pepe” Schiaffino suelta un zapatazo que va a la escuadra de un sorprendido Barbosa. El empate sube al marcador y Maracaná reacciona con gritos de aliento sabedores de que con el empate también son campeones.

Brasil reacciona y pone cerco a la meta de Máspoli pero las fuerzas están justas y los uruguayos más enteros y con el empuje de Obdulio Varela empiezan a hacer temblar los cimientos del recién inaugurado estadio. Así llegó el fatídico momento para el que he elegido un párrafo del libro titulado “Momentos del Deporte ” en el que se describe a la perfección todo lo que se vivió: “Pérez con el balón en un estilo muy bonito lo alarga para Gigghia (puntero derecho), este tipo es escurridizo amigos, ahí va Gigghia, elude magistralmente a Biggode, amaga para entrar y Barbosa se adelanta para esperar en el centro, Gigghia inteligentemente ve el hueco y “GOLLLLL” se van arriba los Uruguayos (2-1), los fanáticos de Brasil están en “mutis” no pueden creer lo que está pasando”.

El partido se encontraba ahora 2-1 Uruguay, gozando. Con este gol el estadio de Maracaná se convirtió en un cementerio, cuentan que en ese instante pasaron más cosas que en diez años en Brasil, por ejemplo Ary Barroso, el músico autor de Aquarela do Brasil, que estaba transmitiendo el partido a todo el país, decidió abandonar para siempre el oficio de relator de fútbol. También desde aquel mismo instante Alcides Gigghia se convirtió en el hombre que silenció al Maracaná. Con el pitido final el volante Schubert Gambetta toma el balón con ambas manos ante la recriminación de casi todos sus compañeros. “¡¿Qué hacés?!”, le grita Ghiggia, queriéndose morir. “¡Terminó, hermano, terminó!”, le respondió Schubert sin poder contener las lágrimas. La debacle se consuma, Uruguay es campeón del Mundo en Maracaná y Jules Rimet solo acierta a pronunciar la siguiente frase mientras entrega la copa a Obdulio: “Sois los campeones”.

Así se cierra la derrota por excelencia, con el recuerdo de Gigghia, con su histórica frase: “solo tres personas han logrado callar al Maracaná: El Papa, Frank Sinatra y yo”. Una tragedia nacional para Brasil, hubieron suicidios, infartos y ataques de locura. Nadie lo entendió, la gente salió a llorar a las calles, fue como un velatorio de 50 millones de personas. Y el culpable tenía nombre propio: Moacyr Barboza, un portero que vivió estigmatizado para el resto de su carrera. Cuentan que el histórico guardameta brasilero acabó trabajando como empleado de mantenimiento en Maracaná, se encargaba del buen estado del césped. Con el paso de los años se decidió cambiar las ya vetustas porterías y al parecer cuando se produjo el reemplazo, Barboza pidió aquella en la que le hicieron el fatídico gol. Me pregunto ¿Que haría con esos vetustos maderos?, ¿los quemó? como señal de rencor.

Paralelamente y a muchos kilómetros en la avenida 18 de Julio de Montevideo una marea celeste entronizaba a sus nuevos mitos y héroes futbolísticos: “Leónidas” Obdulio Varela y sus otros diez espartanos del Río de la Plata. Para la historia queda ya la mítica formación uruguaya con: Máspoli, González, Tejera, Gambetta, Varela, Andrade, Gigghia, Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán.

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