Histórico
31 mayo 2010Jesús Camacho

Mundial 1938: Italia repite antes de la guerra

Mientras España se desangra a medida que la libertad va exhalando sus últimos hálitos de vida, la Guerra sino-japonesa deja cientos de miles de víctimas por el camino. En otro punto del planeta se cumplen tres meses desde que las tropas alemanas invadieron Austria y anexaron su territorio al Tercer Reich, en un operativo llamado “Anchluss”. El mundo está a punto de estallar en pedazos y Jules Rimet vive en el en el estadio de Colombes, ante un marco de 50 mil espectadores la que cree puede ser la última final de una Copa del Mundo.

Una final y un Campeonato por el que Rimet ha luchado denodadamente con la intención de que el deporte triunfe sobre la política y todo transcurra con normalidad. Intentando en todo momento obviar el boicot de las selecciones sudamericanas –excepción hecha de Brasil-, e ignorar el autoritario mensaje del Ministro de Propaganda de Hitler, Goebbels que difundió la idea que para el pueblo alemán, “una victoria de su selección era más importante que la conquista de algún pueblo del este”.

Una selección esta con toda la simbología nazi sobre su camiseta, remendada con pedazos de Wunderteam, abucheada y recibida por los aficionados galos con la Marsellesa. Preludio del inminente destino, hechos históricos de un Mundial en el que un genial futbolista llamado Leonidas marca un gol descalzo y brilla con la camiseta de Brasil, a la que su técnico Adhemar Pimenta, condena al tercer y cuarto puesto por la no alineación de tres de sus estrellas en semifinales ante Italia.

La Italia abucheada, la del saludo fascista, la que juega para agradar a ‘Il Duce’ pero también la Italia de Pozzo, dueña de este mundial, que de forma limpia y justa se coronaría campeona en buena lid sobre el terreno de juego. Aquella gran selección que jugó la final bajo la presión de un telegrama recibido en vísperas y enviado desde Roma por Aquiles Starace, secretario general del Partido Fascista firmado por “Il Duce” que comienza con la siguiente misiva: -“Debemos ser campeones para demostrar lo que es el ideal fascista…” y concluye con la contundencia y el autoritarismo del que hace mal uso del poder: “Vencer o Morir”.

La lucha de dos estilos futbolísticos, de un lado el “Método” de Pozzo, su evolución del 2-3-5, el corazón italiano del “Charrúa” Andreolo en la media, el peso de dos grandes interiores como Giuseppe Meazza y Giovanni Ferrari que llevan el juego y surten de balones a los extremos Colausi y Biavati y a “Piernas Largas”, Silvio Piola, centrodelantero italiano que formó una sociedad letal junto al legendario Meazza (único superviviente del anterior Mundial).

Y del otro la Hungría de Karoly Dietz, que basa su fútbol en la condición técnica, la improvisación, el talento y la calidad individual del “Doctor” Gyorgi Sarosi, para muchos el mejor delantero de su época y de György Szucs, el conductor del juego húngaro. También de la eficacia y contundencia en el disparo del puntero Pál Titkos y el joven delantero Gyula Szengeller, que acaba como segundo máximo goleador del torneo con 7 tantos.

Actores principales de una final que arranca con el silbido del colegiado francés George Capdeville y que en solo quince minutos vive el posiblemente más apasionante inicio de la historia. Con tres tantos, el primero a los seis minutos, tras una jugada en la que el balón pasa de banda a banda, por las botas de Serantoni, Biavati y Meazza, y acaba a los pies del extremo zurdo Colaussi, que bate a Szabo de forma inapelable. Tremendo comienzo, preludio de la siguiente y genial acción, en la que el “Doctor” Sarosi desparrama a tres italianos, y manda un pase ‘marca de la casa’ a Pal Titkos, que libre de marca bate a Olivieri y pone el empate en el marcador. Un empate fugaz, porque tan solo cinco minutos después, una demoledora pared entre Meazza y Piola, vuelve a poner tierra de por medio entre ambas selecciones.

La mortífera conexión entre “Piernas Largas” y “Peppino”  Meazza, entre un goleador incontestable y uno de los ‘calciatoris’ más queridos de antes de la Segunda Guerra Mundial. El díscolo Meazza, delantero o interior al que sus vivos ojos le delataban, y que tras su aparente fragilidad, escondía a futbolista de época.

Sin duda un comienzo loco, fuera de control para Pozzo, que reordena tácticamente a su equipo y a partir de ese momento va diluyendo paulatinamente los chispazos geniales del juego húngaro. Cediendo la posesión del balón pero con todo el rigor táctico y la máxima concentración como para salir a la contra de forma letal. Tal y como hicieron el minuto 35, cuando un certero pase largo de Meazza, finaliza con el segundo gol del centelleante Gino Colaussi y el tercero de Italia, que impone su superioridad colectiva en los primeros 45 minutos.

La superioridad de un fútbol austero pero demoledor, tan solo alterado en el minuto 24 de la segunda mitad, con otra acción de genio del “Doctor”, un arranque de genialidad de Sarosi que inquieta el equilibrio táctico de Italia pero no resquebraja los sólidos cimientos de aquella selección. Aquellos sobre los que descansan y emergen dos futbolistas de leyenda como Meazza y Piola. “Piernas Largas”, el futbolista que acabó con la ansiedad italiana y puso cierre al partido tras un buen taconazo de Biavati. Un gol que puso el 4 a 2 y cerró una final y un campeonato conquistado limpiamente.

Una victoria que encumbró a Meazza, a Pozzo y a Italia por segunda vez. “La Fiesta Excepcional” que una vez más fue utilizada para la exaltación del ideal fascista, pero que bien pudo haber concluido de otra forma según se desprende de las palabras del portero húngaro Antal Szabo, que a la conclusión del partido y entre lágrimas declaró: -“Nunca me había sentido tan feliz por perder. Al menos, encajando cuatro goles, salvé la vida de 11 futbolistas…”.

Palabras que esbozaba mientras que con el rabillo del ojo veía a Meazza alzar al cielo parisino la Copa Jules Rimet, aquella que permaneció doce años en el olvido por los “Señores de la Guerra” y la condición humana.

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